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La teoría del intruso y el tiro por la culata

04/12/2015 Sin Comentarios
Daniel Corbo – El Observador
Se han dedicado a levantar muros a su alrededor y en su interior solo admiten a los de su rebaño. Adentro estamos la “gente como uno”, se dicen para ellos. Afuera, “gente de mil raleas”. En palacio impera el monismo, de ahí que solo hablan con los que comulgan con sus mismas ideas, con los que escuchan la música que ellos tocan, con los que cuentan historias donde ellos mismos son los héroes. Más allá de los muros están los “otros”, los que tienen otras historias, los que miran desde otro lugar, los que creen en otras creencias, los que caminan por otra vereda donde, desde hace un rato, no calienta el sol. Esos, son los intrusos.
Algunos dentro de muros se ufanan de ser “intelectuales orgánicos”, aunque ya hace un rato que se quedaron amarrados a lo orgánico y se despidieron de las ideas críticas, se les perdió el país de la utopía y se desamoraron. Antes querían cambiar el mundo, ahora solo pelean para que no les saquen la poltrona. Se acomodaron a lo muelle y se olvidaron de la fatiga del camino y su aventura. Nadie se siente responsable por las calamidades que resultan de sus actos y siempre tienen una “herencia maldita” a la que echar mano y traer a cuento. Tienen mala memoria o cultivan la desmemoria para urdir un relato donde la historia empieza cuando ellos llegaron. Ellos vinieron con sus sueños como hacedores de la historia, con un libreto de que todo cambia, pero en algún lugar extraviaron la conciencia de a qué venían. Ahora, confundidos, se erizan ante toda idea renovadora y se empecinan en dar cuerda al reloj de un sistema de educación que no da para más. Muy risueños juegan a que no hay apuro, si total, en la enseñanza no hay crisis. Algunos intelectuales tienen la fantasía de que estos son reformadores “incrementales”, pero se les perdió la cuenta de que hace más de 10 años están en esa faena y todavía no empezaron y, más bien, retrogradaron. A los que realmente querían impulsar el cambio los desbancaron, los mandaron para sus casas, y ya no los dejan entrar a palacio. Mientras, los incrementalistas ahí están, siempre iguales a sí mismos, gastándole al país el sueño de que se puede.
Los de intramuros gustan de hacer discursos de la escuela vareliana, pero poniéndose serios con lo que les es propio, envían a sus hijos a colegios “de pro”. Tal vez por esa razón se quedan impertérritos cuando sus socios sindicalistas paralizan la enseñanza, un día sí y otro también. No se hacen cargo de que los hijos de los trabajadores quedan sin escuela y sin liceo por semanas, empujados los más vulnerables a la desafiliación y otros con aprendizajes anémicos. Es la tragedia de los muchachos sin oportunidades y sin esperanza: ellos no están en el centro de las preocupaciones de los sindicalistas y tampoco de los responsables de la educación que nunca se la juegan por ellos. Hacen gárgaras con la educación pública pero cada día la debilitan a los ojos del pueblo.
En palacio, no conformes con la retranca que a toda transformación educativa oponen los sindicatos, decidieron darles más poder y los sentaron en la mesa misma donde se toman las decisiones. Ahora tienen que negociar con ellos de igual a igual, institucionalmente, cada resolución. En la dirección de la educación pública disminuyeron la representación ciudadana y reforzaron la expresión corporativa. Tan conformes quedaron con este paso en palacio, que se decidió que no se necesitaba el control de la oposición, que el control que querían era el de los compañeros sindicalistas elegidos por sus pares, los docentes. Se impuso la visión de una educación capturada por el monopolio de un partido y de una postura ideológica, que solo habla con ella.
Olvidaron que la historia del país desde 1917 es la historia de una democracia pluralista y consensual. Volvimos a la perimida política de partido, a prácticas exclusivistas. Los campeones de la autonomía de la enseñanza, que ellos no crearon (fueron los nacionalistas y batllistas en el artículo 100 de la Constitución de 1918, cuando la izquierda estaba en pañales en el país), no se enteraron de que durante todo el siglo que transcurrió desde entonces, las autonomías se rigieron por Consejos autónomos de composición políticamente plural. Tampoco en palacio se enteraron de que la cosa pública es un asunto de todos, en la que las diversas expresiones del país tienen derecho a participar e influir. La educación, que es la de todos nuestros hijos, los de uno y otro color y los de sin color, fue privatizada a la conducción de un único partido.

Pero el tiro les salió por la culata. Contra todo lo previsto, los intrusos se les metieron en palacio de la manera menos pensada, a través de la votación de los docentes. Y ello dice muchas cosas. Primero, que va a la conducción de la educación pública un experto como lo es el Dr. Robert Silva. Se trata de un hombre de reconocida trayectoria, que fue durante dos administraciones secretario general del Codicen y que, en consecuencia, conoce a fondo el sistema y posee indudables capacidades de gestión. Con él ingresa a la dirección educativa esa mitad del país que vive fuera de palacio. Su presencia devuelve a la educación la esperanza de la pluralidad de voces, el ejercicio del contralor, pero también el espíritu de iniciativa, la cultura consensual y constructiva de los que hasta ayer éramos intrusos, porque también tenemos cosas para aportar a la ventura común. Pero junto a ello hay otra señal, no menos fuerte y significativa. Tanto en las elecciones de las ATD como en la elección de los miembros docentes de los Consejos, el voto en blanco y anulado superó largamente el voto de las listas sindicales y fue la verdadera mayoría. Este mensaje es claro, habla de la disconformidad de los docentes con la política educativa que se lleva adelante, grita su bronca contra la acción sindical, habla de rebeldía y desconfianza. Adviene otro tiempo. El proyecto político del gobierno está agotado y adviene el tiempo de su superación, no para seguir dividiendo, no para para continuar con la lógica dicotómica, de “nosotros” y los “otros”, sino para pensar de nuevo un proyecto país, un proyecto de todos, sin intrusos ni excluidos.

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