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La batalla cultural

16/10/2015 Sin Comentarios

Jorge Grünberg, diario El País

La sociedad uruguaya está viviendo un prolongado enfrentamiento cultural. Las diferencias no son pasajeras y se están profundizando. Parte de la sociedad uruguaya valora el esfuerzo individual, la responsabilidad personal, la gobernancia representativa y aspira a un país integrado en el mundo.

 Otra parte valora el colectivismo, la gobernancia corporativa, concibe al Estado como motor, regulador y protector de la sociedad y prefiere un país replegado sobre sí mismo. No se trata de divisiones partidarias. En cada una de nuestras coaliciones partidarias existen, en distintas medidas, estas diferencias culturales y cuando están en el gobierno causan dificultades internas y perjuicios públicos.

Estos enfrentamientos culturales se están produciendo bajo distintas formas en todo nuestro continente. Pero una diferencia ominosa para nosotros es que hemos elegido nuestro sistema educativo como campo de batalla para dirimirlos. Las consecuencias pueden ser muy costosas porque la democracia es difícilmente sostenible sin oportunidades de movilidad social y las oportunidades dependen de la calidad de la educación. En Corea del Sur, Finlandia o Canadá (por citar algunos países con excelentes resultados) existen divisiones culturales pero también un consenso social para preservar el sistema educativo, los docentes y en especial los alumnos de los enfrentamientos. Incluso países como Perú o Ecuador con importantes diferencias políticas internas han puesto en marcha reformas educativas consensuadas y sostenidas a lo largo de varios años. En esos países, las políticas educativas se elaboran y modifican en base a la evaluación de resultados y al mejor conocimiento científico disponible. No están sujetas a los vaivenes electorales o a los equilibrios de poder inter o intrapartidarios. Los problemas técnicos no se resuelven políticamente ni viceversa. Politizar la gestión del agua potable o la permanencia en las negociaciones TISA, no han llevado a buenos resultados. Debemos evitar esto para la educación.

Un ejemplo es la “reforma Rama”, la reforma educativa más ambiciosa de las últimas décadas. Fue abandonada sin evaluación ni fundamentación pública y en profundidad, por autoridades que años después opinaron que tenía elementos valiosos. El punto no es si las reformas introducidas por la administración Rama eran beneficiosas (en lo personal tengo acuerdos y discrepancias) sino que fueron víctimas de nuestras “guerras culturales” y no evaluadas objetivamente en el marco de una política educativa. Promejora es otro ejemplo. Fue una reforma menor en profundidad y en escala, también discontinuada sin mayor exposición de motivos. Otra vez el punto no es si Promejora era una reforma potencialmente valiosa (en lo personal no la conozco lo suficiente) sino que se corta por razones no explicadas, no educativas o ambas. Estas iniciativas discontinuadas de esta manera constituyen un desperdicio de aprendizaje ya que no se puede aprender de lo que no se evalúa como explican los teóricos de la innovación. La reforma Valeriana fue realizada hace casi 150 años y todavía continúa vigente en sus postulados básicos. Mucho del Uruguay moderno se basa en que los pilares de esa reforma no se transformaron en blancos legítimos de las guerras culturales que devastaron muchos otros aspectos de nuestra sociedad a partir de la década de 1950. Por el contrario, la reforma de Figari de la educación técnica de hace un siglo quedó trunca y hasta hoy sentimos los efectos de la subvaloración de la tecnología en nuestra educación superior y en nuestra producción.

En nuestro país, las visiones educativas se cristalizaron en posiciones extremas creando lo que los ingenieros llamamos “deadlock” o “abrazo mortal”. En estas situaciones cada parte necesita algo de la otra, que la otra no puede o no quiere aportar y el funcionamiento queda bloqueado. Una de las posiciones es que lo esencial es aumentar el presupuesto educativo. La otra es que lo esencial es mejorar los sistemas de gestión, los métodos de enseñanza y los contenidos curriculares. Ambas posiciones son correctas e incorrectas. Su problema no es lo que proponen, sino que lo proponen como una respuesta total. Los que las proponen las perciben como antitéticas pero en realidad son interdependientes. Aumentar el gasto no es suficiente y posiblemente perjudicial sin reformas previas o concomitantes. Reformar sistemas, métodos y contenidos sin recursos adecuados no es factible. Solo una síntesis entre ambas posiciones permitirá salir del “abrazo mortal”.

Los problemas de nuestra educación son conocidos y se toman en serio. Todos los gobiernos han aumentado el gasto educativo y actualmente supera los 10 000 millones de dólares por período de gobierno, solo en ANEP. Los cambios que debemos realizar también son conocidos. La experiencia internacional y los expertos locales tienen un alto grado de consenso. Nuestro reto estratégico para lograr mejoras sostenibles de nuestra educación es lograr un “armisticio”. Nuestros líderes deberían declarar la educación en todos sus niveles “fuera de límites” para los guerreros culturales. A partir de este acuerdo, los proyectos y presupuestos serán gestionados profesionalmente, evaluados científicamente y sostenidos por los plazos necesarios para alcanzar sus objetivos. Las autoridades serían elegidas por su experiencia y su conocimiento. Los derechos de los alumnos a aprender serían considerados un imperativo moral a cumplir en toda circunstancia. Tengo la convicción de que existiría un amplio apoyo a un acuerdo de “zona libre de ideología” para la educación.

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