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Palida Mors

18/09/2015 Sin Comentarios

Roel Bottari

A Lincoln Maiztegui lo conocí en el año 2011 en una charla que dio en el Centro de Estudios Miradores, a pocos meses de presentar su primer libro de Caudillos. Desde ese momento nos unió una Amistad y las visitas a su casa fueron casi mensuales, hasta unos meses antes de su partida.

Era un hombre nocturno y aprovechando su gusto por las noches es que tengo el “récord” de once horas seguidas de tertulia (de 20hs a 07am). Era un libro abierto. Filosofía, historia, política y hasta en algún momento guitarreadas.

Siempre rodeado de jóvenes; ex alumnos del Preu y de las Universidad de Montevideo; que lo respetaban, admiraban y querían al punto de considerarlo su amigo. También sus ex amigos del Ajedrez.

En algún momento discutimos sobre izquierdas y derechas y se autodefinió como un Lacallista de izquierda. Lo primero era obvio, lo segundo: nunca me convenció…

Hombre polémico. No le tembló la voz ni un poquito en repudiar pública y vehementemente el decreto de Tabaré Vázquez sobre la prohibición del tabaco. Todos lo conocemos y recordamos como un fumador empedernido. En sus últimos años fumador de la marca de Habanos de pitillo King Edwards.

Quizás fue el único historiador o recopilador -ya que ha este no le gustaba que lo definieran como historiador- que hizo suyo el estilo de Pivel Devoto, es decir de equilibrar la historia escrita por blancos y colorados. Muchos lo “resongamos” por haber “escrito bien” de algún colorado, siendo él abiertamente blanco. A la vista está que se transformó en uno de los últimos en la materia en reivindicar a figuras como Fructuoso Rivera o Jorge Pacheco Areco.

En su casa hay muy pocos retratos pero todos ellos muy significativos. Uno en el cual se lo ve con no más de diez años leyendo un discurso o un poema en fecha patria cuando asistía al Colegio Pío de Colón, otro ya en su años mozos tocando la guitarra en Canal 5, uno de su madre a quién tanto amó. Otro de Saravia y por último uno del músico erudito Wolfgnang Amadeus Mozart.

A su pesar se lo conoce por haber escrito Orientales los cinco tomos de historia nacional o Caudillos que fueron sus libros más vendidos. Pero muy pocos saben que le hubiera gustado ser conocido por un libro que poco éxito tuvo, a pesar de que se tradujo al portugués. Ese libro se llama Mozart, detrás de la mascara editado por editorial Planeta en 1997. Dicho libro lo escribió luego de haber visto la película Amadeus (1984) del director Milos Forman, que según sus palabras:

“Me pareció y aún me lo parece, el engendro más repelente que he tenido ocasión de ver en mi vida; una historia absurda, inverosímil, mentirosa y ofensiva, una agresión infundada al músico más genial de todos los tiempos”

En las cientos de charlas que he tenido con Lincoln solo una vez mostró arrepentimiento, y ese arrepentimiento fue por no haber votado a Wilson Ferreira Aldunate en 1971, ya que en esa elección su voto no fue para el Partido Nacional. Gran admirador de Wilson, fue quizás quien a través de las anécdotas e historias me enseñó a admirar la figura de Ferreira Aldunate.

Gracias a Lincoln empecé a mirar el mundo de la poesía con otros ojos, cuando me leyó el poema que lleva el nombre del titulo de estas lineas, de la autoría de Emilio Frugoni, con el cual me encuentro en las antípodas del pensamiento. Fue un doble aprendizaje…

Pues si hay algo que Lincoln le transmitió a todo aquel que le conoció, es que cada personaje histórico aporta algo bueno a la historia y por lo tanto se merece el respeto o al menos la oportunidad de análisis sin prejuicios.

En estos momentos duros en los cuales queda un vacío inmenso, me gusta pensar en que en el trayecto de la ascensión entre la vida terrenal y la vida eterna, Lincoln se dirigía en su último camino, al compás de las mejores obras de Mozart…

Lincoln:¡Qué hermosa forma de llegar a las puertas de San Pedro!

“Cuando a buscarme vengas, te llevarás mis huesos,

y mi carne marchita, y mi sangre hecha hiel;

mas no podrás llevarte la ilusión de mis besos,

ni el ritmo de mi canto, ni mi verde laurel.

Tú no podrás llevarte la vida que he vivido,

el sueño que he soñado, el placer que gocé.

Ceniza de una leña que a los vientos ha ardido,

Eso es lo que en tus manos tan solo dejaré.

Cuando a buscarme vengas, encontrarás mis rastros.

La vida, en sus alas, es resto se llevó.

La vida, la que enciende y desgasta los astros,

Hace ya mucho tiempo que se te adelantó.

En sus manos quedaron mi juventud zahareña,

Mis horas juveniles de dicha y frenesí,

Todo lo que en el alma florece, vibra y sueña.

¡Qué poco has de llevarte, cuando vengas por mí”

Emilio Frugoni

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