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Agosto y la nostalgia

21/08/2015 Sin Comentarios

Ricardo Berois

La noche del 24 de agosto está instalada como parte del folklore oriental y todos nos ponemos un poco más “nostálgicos” de lo que comúnmente somos.

Según el diccionario, la “nostalgia” es un sentimiento de pena causado por el recuerdo de un bien perdido. Para nuestro uso y costumbre es más que eso, es la añoranza de momentos vividos cuyos recuerdos están en nuestro corazón y forman parte de nuestro transcurrir.

Días pasados la prensa nos atomizó con el regreso al país de un ex tupamaro, que forma parte del recuerdo, del pasado de unos jóvenes que entendieron que la forma de tomar el Poder era romper con la “democracia burguesa“y derribar las instituciones, base fundamental de la república.

Este “novelón” de hechos ocurridos en el país hace casi 50 años, forma parte de rendiciones de cuenta de una organización surgida en la clandestinidad, que fue parte esencial del peor pasado de nuestro país, porque aquellos vientos trajeron otros lodos.

Por eso, si habrá elegido bien el momento de su regreso este ex tupamaro –aparte de también querer vender bien su libro- que viene en los preámbulos de la noche de la nostalgia, -porque para él y sus compañeros de lucha, esta llegada revivió sucesos que formarán parte de su nostalgia, de la que ninguno de sus protagonistas jamás se ha arrepentido-. En lo personal, lo tengo como oscuros recuerdos de un pasado que no quisiera vivir más.

Lo que forma parte de mi nostalgia son los gratos momentos vividos de un país que se nos fue, donde se podía dejar la bicicleta en la vereda sin trancar, ir al liceo en “bici”, olvidarla al salir, volver al otro día y encontrarla ahí esperándote. Nostalgia de dormir con la puerta sin llave, sin rejas, ni alarmas.

Parte de mi nostalgia son los gratos momentos en el liceo, donde se convivía con los profesores en un clima de afecto, sin perder el respeto, asumiendo a la perfección los roles de cada uno. La entrada del profesor a clase era toda una ceremonia, nos parábamos para recibirlo y esperábamos su orden para sentarnos. Ese gran liceo público de mi adolescencia, en el que no había diferencias y todos teníamos las mismas oportunidades para educarnos.

La nostalgia del trato con nuestros maestros, guía rectora de nuestros primeros pasos en la educación, de quienes jamás cuestionábamos sus acciones, las acatábamos y si éstos conversaban con nuestros padres, nos daba miedo el sólo hecho de pensar lo que nos esperaba en casa si el juicio de la maestra no te era favorable. Aun en la discrepancia para nuestros padres, la palabra de la maestra era sagrada para la formación de los hijos.

Nostalgia de vivir en un país donde las diferencias entre los ciudadanos eran los talentos y la virtudes, donde nadie era más que nadie, donde el empleado y el empleador se sentían parte de un mismo proyecto, sabedores de que el éxito del emprendimiento era la mejor forma de lograr la estabilidad para todos.

Nostalgia del reconocimiento al que triunfa en la vida, basado en el trabajo con mucho esfuerzo.

Nostalgia de la cultura con sustancia, de la trascendencia de los espectáculos, de la actividad política donde la confrontación de las ideas se valoraba más que la superficialidad de los mensajes, donde la palabra valía más que mil papeles.

Nostalgia del derrumbe de valores fundamentales que hacían de nuestra sociedad un ejemplo de sana convivencia que nos distinguía del resto de los mortales.

Nostalgia del Uruguay de ayer. Nostalgia de confiar tranquilos en el Uruguay de mañana.

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