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La izquierda excluyente

12/12/2014 Sin Comentarios

Francisco Faig, diario El País

El Frente Amplio ganó la mayoría parlamentaria propia y la presidencia en dos episodios de elecciones libres y justas. Pero su particular tono de campaña marcó la cancha y dejó consecuencias a futuro.

Hubo un momento culminante en el tramo hacia octubre. Fue cuando, asustados por aquel 39% de intención de voto de una encuesta, la izquierda cambió el tono de su campaña. Desde su retiro en La Paloma, Vázquez reordenó su estrategia. El brazo electoral sindical marcó la cancha y designó al enemigo. Así, se sucedió una campaña impar de agravios y calumnias hacia el principal contendiente presidencial.

El objetivo fue logrado. Se trató de desprestigiar moralmente a Lacalle Pou con medias verdades que mellaran la esencia de lo que hace a la confianza ciudadana. Ya no importó lo que él dijera. Importó que se asentara la idea del oligarca insensible, representante de las clases pudientes, que escondía aviesas intenciones para perjudicar a las clases populares cuando llegara al poder. También, desde el Estado, se multiplicaron las campañas de entes públicos y del gobierno, con cadenas nacionales que, también muchas veces con medias verdades, se ocuparon de presentar balances de gestión siempre positivos y favorables.

Finalmente, los politólogos compañeros, desde sus lugares de pseudociencia y pretendida objetividad, se ocuparon de atacar al candidato que podía desafiar el proyecto político frenteamplista. Alguno, comparando su discurso con sentencias de Paulo Coelho o poniendo en tela de juicio la transparencia de los aportes a la financiación de su campaña; algún otro, sembrando dudas sobre su capacidad de ganarse el apoyo wilsonista de su partido. La mentira casi sistemática ocupó el espacio que debía tener, en una democracia consolidada, el debate de ideas, de cuya ausencia nada relevante ellos dijeron, para no perjudicar las chances de Vázquez.

Así las cosas, terminó triunfando con mayoría absoluta en octubre un talante de campaña apoyado en la sempiterna superioridad moral frenteamplista. Una mayoría orgullosa, excluyente, intolerante y dogmática. Que no debatió políticas públicas, sino que centró su argumento en desmoronar la calidad moral de quien es considerado, siempre, un enemigo y no un adversario.

Ese es el Uruguay político que venció. Construirá el futuro patrio desde su lugar mayoritario. Invoca, en estos días, nuestro tradicional ritual de cierta voluntad integradora de la otra mitad minoritaria del país en el devenir nacional. Sin embargo, y esto es lo grave, con una década de gobiernos excluyentes encima, y con este talante de campaña impúdicamente reivindicado, se hace muy difícil creer que primará entre nosotros una verdadera integración de la alteridad política en los próximos años.

El problema es que no puede haber bienestar para todos si se funda en la exclusión del adversario. No porque no pueda mantenerse cierto crecimiento económico. Sino porque el devenir esencial ciudadano de esta mayoría frenteamplista comporta consigo una irremediable fractura que quita su lugar a quien piensa distinto. Y se lo quita desde la peor dimensión posible: negándole la dignidad de integrar la polis, de respetar su relato histórico y su visión futura; y menospreciando su complexión moral, otra vez ninguneada desde el sentimiento de la orgullosa mayoría excluyente.

Este es el Uruguay frenteamplista. Vívalo o sobrevívalo.

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