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Democracia y liberalismo

14/11/2014 Sin Comentarios

Hebert Gatto, diario El País

En nuestra última nota dijimos que luego de las elecciones, el país había quedado dividido en dos sectores ideológicos: uno mayoritariamente no liberal compuesto por adherentes al Frente Amplio y otro de sensibilidad liberal, que nuclea a los restantes ciudadanos.

Lo que deja afuera de esta división, como un reducido tercer espacio, a los muy mermados sectores conservadores. Por su parte, ninguna de las porciones principales resulta totalmente homogénea, en ambas aparece un área moderada y otra más radical, especialmente en sus planteos doctrinarios. Allí entendíamos por radicalismo, la exacerbación positiva o negativa de la ideología que define su mitad. A su vez anotábamos que del lado frentista el espacio radical excede al moderado.

Esto hace que no resulte tan sencillo definir el panorama político nacional en términos de izquierda-derecha. En primer lugar porque siempre se trató de términos relacionales, sin contenido semántico preciso (la posición de los diputados en el recinto de la Asamblea legislativa francesa), y en segundo lugar porque el acuerdo de referir la izquierda a la revolución clasista y la derecha al rechazo a los cambios sociales ha perdido vigencia. Hoy la revolución ya no está en la agenda de la izquierda, lo que fuerza a entenderla de modo más indefinido, como, verbigracia, una política dirigida a los sectores socialmente más desprotegidos e inermes. Con la dificultad de que esta característica la comparte con otros agregados políticos, entre ellos la ubicua social-democracia o el igualitarismo liberal, dificultando el alcance de la expresión.

Por su lado en el Uruguay, los partidos frentistas, con alguna excepción minoritaria, avanzan más en su definición: se siguen inspirando en Carlos Marx y se identifican con el socialismo (cuanto el mismo devenga posible), lo que implica su rechazo del liberalismo político, en coincidencia en este punto con posiciones conservadoras. Ello coloca a ambos agrupamientos como contrarios a la democracia liberal. Aunque una lo haga por convicción y el otro porque le dificulta las transformaciones sociales. Por eso, acallada la revolución, puede redefinirse a la actual izquierda como un reformismo antiliberal.

No es difícil señalar indicadores de esta política y de esta cultura (prima hermana del populismo), como su postergación del individuo ante la sociedad, su clasismo, la infravaloración de la Constitución, su pobre concepción del Derecho, su irrespeto a los derechos, etc.

Pero fue el senador Agazzi, en un programa televisivo (A las pruebas me remito) quien, sin proponérselo, mejor definió el antiliberalismo frentista, al insistir en que las mayorías parlamentarias eran necesarias para que el triunfador pudiera aplicar mejor su programa. En este desarrollo, repetido por la coalición, se encierran sus fallas antiliberales, su manejo político populista. El senador no advierte, porque su concepción de la política se lo impide, que la democracia liberal es mucho más que gobierno de mayorías, es fundamentalmente diálogo, debate, la posibilidad de que luego de un cambio de argumentos se imponga el mejor, aquel que mejor responda a las necesidades del país, recogiendo en lo posible, las aspiraciones de todos. Su concepción de la democracia es el de una competición para elegir mayorías, muy lejos de entender que la democracia liberal implica actuar de tal forma que se articule la voluntad de todos con los derechos de todos.

 

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