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De la sorpresa a la reflexión

07/11/2014 Sin Comentarios

Francisco Faig

A todos sorprendieron los resultados de octubre. A los frenteamplistas, porque por muy optimistas que fueran no era tan fácil argumentar que nuevamente obtendrían mayoría absoluta en Diputados. A los colorados, porque nunca pensaron quedar en guarismos similares a los peores obtenidos en su historia en 2004. A los blancos, porque la esperanza de renovación y gran campaña electoral hacían pensar que los resultados serían mucho mejores, y no solo mejores, a los de 2009.

Aquí en La Democracia, por ejemplo, mis pronósticos jamás valoraron la posibilidad cierta de una mayoría absoluta frenteamplista. Me equivoqué, como tantos otros.

Fue una sorpresa además, porque es una novedad histórica: ni siquiera en el tiempo de mayor dominio colorado, en tiempos de Maracaná y de división del Partido Nacional, por tres veces consecutivas el pueblo otorgó mayoría absoluta al partido de gobierno.

El asunto es grave y serio. Nos impone circunspección y análisis profundo. No basta con los ademanes de reflexión que se hicieron en 2009. No alcanza con las reconquistas de departamentos que podremos hacer en mayo de 2015 para conservar la mayoría de las intendencias del país. Hay que fijarse en el largo plazo. Hay que centrar la atención en la estructura y no en la coyuntura. Hay que hacer el mayor esfuerzo de todos: admitir con humildad que el Partido Nacional está errando el camino. Y en consecuencia, hay que cambiar profundamente el rumbo, sin por ello caer en guerras fratricidas.

Es claro que si vamos al fondo de la historia, un 32% de apoyo en la ciudadanía total que votó por partidos políticos no desentona con la historia de nuestras votaciones. Aquí los datos:

Resultados electorales del Partido Nacional 1942- 1971. Elección al Ejecutivo. Hasta 1958, se suman los resultados de Partido Nacional y de Partido Nacional Independiente.

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Pero es claro también, que la diferencia con los resultados históricos refieren al sistema en el que estamos insertos:

Esta vez, por tercera vez, hay mayoría absoluta para el partido gobernante en Diputados.

Esta vez, enfrentamos un signo gubernamental que pone en tela de juicio las bases de convivencia republicanas. Es un populismo a la uruguaya el que se instaló. Pero populismo al fin.

El problema de fondo está en la socialización política de las nuevas generaciones y en la conexión del partido con las clases populares y con las culturas urbanas.

Eso se traduce en cuestiones de comunicación – el qué y el cómo -, y en cuestiones de organización partidaria – más contenido de propuestas a lo largo de 5 años, mejor definición de una alternativa articulada y profunda al gobierno y al modelo de la izquierda -. Es fácil decirlo. Es tremendamente difícil hacerlo si no nos decidimos a cambiar de talante.

Queda por delante el balotaje. Luego, la etapa de las departamentales. Será recién luego de cerrar el ciclo electoral que se podrá enfrentar esa nueva etapa necesaria. Existencial diría yo: porque ya el Frente Amplio llegó primero en octubre en 14 departamentos. Y si no enfrentamos estos asuntos de fondo, su extensión electoral, apoyada en la cultura dominante y en la socialización política mayoritaria, está llamada a seguir profundizándose.

Habrá que hablar con libertad y con espíritu fraterno plantear temas que pueden doler y pisar callos. No tener miedo al debate profundo. Pero si no se plantean los temas a fondo, no lograremos cambiar el sino de estos tiempos. He escuchado en estos días una reflexión un poco mitológica. Dice que la predominancia frenteamplista se acabará el día en que “llegue una crisis” y entonces, como en 1958, el país votará mayoritariamente por nosotros. Es una ilusión. No hay crisis redentora. El trabajo es más profundo y diferente. Es de largo plazo. Puede lograr objetivos electorales nacionales. Pero se precisa convicción y tenacidad. Y mucha paciencia.

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