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Creando espejismos

11/07/2014 Sin Comentarios

Pablo Da Silveira, diario El País

El segundo gobierno frentista entró en su recta final, pero los resultados educativos no aparecen. Todos los proyectos de fuga hacia adelante intentados en estos años (“los resultados recién se verán en el próximo período”, “habrá que esperar al final del segundo gobierno para percibir mejoras”) han conducido a un callejón sin salida. Pero las autoridades no están dispuestas a admitir su fracaso, de modo que pretenden ocultarlo. A veces lo hacen por la vía de fabricar números artificiales, como en el caso del “pase social” en Primaria. Otras veces proponen interpretaciones torcidas de números muy claros.

Un ejemplo de este segundo procedimiento es la reciente difusión del informe “Logro y nivel educativo alcanzado por la población”, elaborado por el MEC. Las cifras que contiene alcanzarían para generar escándalo en muchos países, pero aquí son presentadas en tono de serena autocomplacencia como un caso de “evolución lenta”.

¿Qué tan lenta es la evolución de la cobertura y de los niveles de logro educativo en Uruguay? La pregunta no tiene respuesta en el documento, porque sus editores evitan cualquier comparación internacional. Y es lógico que actúen de este modo, porque si no quedarían mal parados.
Veamos un ejemplo. El informe señala que el porcentaje de jóvenes de entre 21 y 22 años que terminó la educación media pasó del 35,2% en 2006 al 37,7% en 2013. No dice, en cambio, que ese crecimiento es insignificante (en 1990, la tasa de egreso de la educación era del 33%) ni que la tasa actual es impresentable aun en la región: mientras nosotros seguimos abajo del 40%, Chile supera el 80%, Argentina anda en el 70%, Colombia el 60% y Brasil está por encima del 50%.

El informe del MEC tampoco compara estos pobres resultados con la evolución de los recursos invertidos. Mientras la tasa de culminación de la educación media sólo creció un 2,5% entre 2006 y 2013, el presupuesto educativo casi se triplicó (pasó de 7.667 a 19.972 millones, en pesos constantes de 2012). Lo único peor que un fracaso rotundo es un fracaso rotundo que además sea muy caro. Y esa es la situación.

En su angustia por mostrar logros, las autoridades apelan todavía a otro recurso: presentan algunas cifras muy positivas, sin aclarar que no hay allí casi ningún mérito propio. Por ejemplo, resaltan que la cobertura de la educación primaria entre los 6 y los 11 años es de casi el 100%, sin mencionar que esa tasa ya era del 90% en los años sesenta del siglo pasado y que en los noventa estaba por encima del 95%.

El texto también celebra la baja tasa de analfabetismo (1,6%) y su tendencia a caer con el paso del tiempo. En este caso sí se admite que el analfabetismo ya era del 2,2% en 2006 y que la tasa cae por razones puramente biológicas (la gran mayoría de los analfabetos son personas de edad), pero lo llamativo es que se dedique tanto espacio a un tema que, felizmente, dejó de ser un problema hace mucho.

Por último, el informe contiene algunos ejemplos maravillosos de uso retorcido del lenguaje. Por ejemplo, para reconocer que nuestra enseñanza empieza a expulsar masivamente a sus alumnos no bien inician la educación media, se dice que “a los 12, 13, 14 años de edad, los jóvenes comienzan a optar por actividades alternativas a la educación”. La verdad es que, víctimas de un sistema que los desplaza, están ignorando la ley e hipotecando su futuro.

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