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Una victoria política

04/07/2014 Sin Comentarios

Francisco Faig, La Democracia

La mayoría de los análisis acerca de la victoria de Lacalle Pou (LALP) en la interna hacen hincapié en cuestiones de comunicación y campaña. Desde la “sorpresa”, invocan innovaciones, señalan éxitos y sugieren aciertos comparados, además, con la campaña de Jorge Larrañaga (JL). Quiero seguidamente detenerme en lo esencial del asunto, que no pasa por todo esto. Lo esencial es que la victoria de LALP fue antes que nada política: de discurso, de propuesta, de contenido, políticos. Nada de lo que sigue puede ser interpretado de la siguiente forma: dice tal cosa favorable a LALP entonces quiere decir que valora negativamente, al mismo tiempo, la campaña de JL. No emito juicio alguno sobre la campaña de JL. Solo analizaré la de LALP.

Digo que es una victoria política por varios motivos.

Primero: se cimentó en acuerdos, apertura hacia otros sectores y listas, con tiempos bien medidos y estrategias definidas. Que no lo hayan visto no quiere decir que no esté allí, evidente, para quien quiera retomar el hilo de ella desde sus inicios. Podía ganar o perder, pero era claro que se estaba construyendo una alternativa partidaria que, al menos, concitaba la atención y los acuerdos de la mitad del Partido Nacional. Aquí hubo pues un trabajo político clásico sin el cual no se gana elecciones.

Segundo: se apoyó en un discurso político articulado y coherente desde el principio. No hubo improvisación. No hubo golpes de timón, andar a los tumbos, genialidades coyunturales. Hubo una convicción política que fue desplegándose y argumentándose a lo largo de los meses. No gana un pibe joven con un buen jingle. Gana un político de mediana edad, con una postura bien definida, con un convencimiento claro, con una notoria capacidad para crear equipos dispuestos a gobernar en distintas áreas, con voluntad de generar propuestas y explicar sus distintas implementaciones.

El que se haya sorprendido de un triunfo así, es porque no prestó atención al proceso previo al 1° de junio. Podía ganar o perder. Pero no puede sorprender un  triunfo apoyado en estas características.

Tercero: esa convicción política responde a una filosofía política sustancialmente nacionalista. Logró articularse, concretamente, en distintas propuestas que pueden ser matizadas ahora cuando llegue el programa único, o luego cuando haya que buscar acuerdos fuera del Partido Nacional. Pero, y esto es fundamental, ellas todas responden a una posición filosófica que hunde sus raíces en lo más profundo del ser blanco y nacionalista. Esta es la parte que, quizá, menos pudieran entender los tantos politólogos que no entienden nada, claro, de qué significa este asunto del ser nacionalista, formados como están por una cosmovisión izquierdista del mundo –piensen en casi todos los que opinan y fueron matrizados conceptualmente por los Lanzaro, Caetano y Moreira en estos años-.

Pero yo creo que es desde esta convicción que se fue articulando todo lo demás y que es por ella que LALP gana la interna. Hay herrerismo popular sustancial en la forma de campaña – mano a mano, de discurso cercano, etc. – Pero hay herrerismo de fondo en la propuesta y el talante: desde la política exterior soberanista, hasta la preocupación por la pequeña clase media.

También hubo wilsonismo sustancial en la propuesta y en el talante. Para ir más lejos: hay raíces intelectuales más blanco -independientes que también conjugó el discurso de LALP. Una, muy profunda y muy extendida, refiere a la exigencia de gobernabilidad, de capacidad de buscar acuerdos con el adversario, de presencia de varias verdades todas ellas válidas y respetables en la escena política. La tolerancia y aceptación de lo diverso del Ferreira de la explanada; la exigencia de estar prontos para gobernar con equipo, del Ferreira de 1971.

Pero por encima de las dos vertientes, la victoria política de LALP fue desde la raíz de lo blanco todo. Lo formidable del asunto es que sintetizó las dos referencias-vertientes, y además, modernizó la propuesta y el discurso, sin complejos por entrar en temas que, antes, eran monopolio de la izquierda – por ejemplo: las propuestas sobre los asentamientos -. Logró romper entonces, desde esa rebeldía tranquila, el molde a partir del cual se arma la valoración moral de los actores políticos del país, que deja siempre bien situada a la izquierda y mal situados a los blancos. Ser blanco y ser moderno; ser blanco y tener propuestas sociales serias; ser blanco orgulloso de nuestras verdades, y aceptar las verdades de los demás.

¿Cómo se forja esta victoria política? ¿Cuáles son las influencias que moldean al candidato que cambió la historia del Partido y de la elección de 2014? Habrá decenas, claro está, y lo que sigue es completamente subjetivo, porque me resultan importantes algunas influencias intelectuales para resaltar aquí.

Está el conocimiento profundo del más herrerista conceptual de todos, que es Luis Alberto Lacalle Herrera; está la fina percepción intelectual-política de Julia Pou, que pocos han resaltado lo suficiente (sí recuerdo en alguna reunión al inteligente de Vidalín señalarlo con claridad). Por poner un ejemplo: ahora se habla de temas de ecología, de igualdad de género, y de desarrollo en ciencias, pero hace 15 años la por entonces senadora Pou ya daba prioridad a esos temas. Y está también la más discreta de Pablo da Silveira.

Hoy, en el Directorio, hay un documento sobre la historia y política del Partido Nacional al que nadie dio mucha pelota, redactado por da Silveira hace un par de años. Si puede, léalo. Verá que es la mejor síntesis política que se ha hecho en las últimas décadas sobre la esencia blanca; verá el profundo sentido nacionalista moderno que animó al jefe de equipos de campaña de LALP; verá hasta qué punto hubo contenido profundo filosófico, político, histórico, en esta victoria interna. Que nada fue casualidad.

Para quienes creen que todo es marketing, que lo intelectual queda de lado, que se puede ganar con la sumatoria de apoyos de caudillos y agrupaciones, la victoria política de LALP pone en el primer plano la importancia de lo político, del contenido, de la tradición bien entendida de un partido, y nos devuelve el alma a quienes creemos en todo eso para hacer buena política. Créame: las tonterías de los politólogos que ahora se preguntan “dónde irán los votos wilsonistas” con el triunfo de LALP, no entienden absolutamente nada de todo esto que acabo de escribir. Por si fuera poco, el cierre de fórmula LALP- JL, termina de asentar una sabiduría colectiva partidaria que abre un espacio de esperanza cierta para una necesaria alternancia en 2015. ¡Adelante!F

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