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Absurdo y ridículo

12/06/2014 Sin Comentarios

Pablo Da Silveira, diario El País

La izquierda uruguaya está enferma de descalificación. Ante cualquier hecho que la intranquilice, ante cualquier idea que no comparta, ante cualquier figura que la desafíe, el reflejo inmediato y compulsivo consiste en descalificar. La práctica se ha vuelto tan sistemática y extendida entre sus dirigentes que es posible hacer una tipología de sus presentaciones más frecuentes. Reconocer estas variantes puede ayudar a identificar la patología allí donde aparece.

Una primera variante es lo que podemos llamar “descalificación genética”: sin importar lo que se diga, “los otros” quedan descalificados por lo que son y no por lo que dicen. Sus ideas y propuestas no merecen ninguna consideración porque provienen de oligarcas, de pitucos de Carrasco, de jugadores sub-veinte o de “hijos de”. Algunos de estos argumentos son sencillamente ridículos. Es absurdo, por ejemplo, que la descalificación por “hijo de” sea usada por una fuerza política que cuenta con varios dirigentes en esa misma situación. Pero hay aquí algo todavía más grave, que es el clasismo estigmatizador. Descalificar a alguien por vivir en Carrasco es tan clasista como descalificarlo porque nació en La Teja. Esta actitud implica un desprecio a la igual dignidad de las personas, es generadora de exclusión y en última instancia destruye la convivencia.

Una segunda variante de la pulsión descalificadora es lo que podemos llamar el “etiquetado demonizador”. Las propuestas del otro no merecen ser consideradas porque quien las formula posee una característica que lo invalida como interlocutor. La etiqueta a utilizar depende del público al que se habla. En la versión de izquierda, serán los sectores conservadores, los neoliberales, “la derecha” o “la derecha neta” (como dijo recientemente el vicepresidente Astori , tal vez reivindicando para sí mismo la condición de “derecha del Frente Amplio”). Si esta práctica fuera empleada por otros, los epítetos cambiarían. Pero lo que importa no es la etiqueta empleada, sino la disposición a excluir al etiquetado de cualquier posibilidad de diálogo.

Una tercera variante es la “descalificación por caricaturización”. En lugar de criticar las propuestas ajenas por lo que efectivamente plantean, se las deforma y simplifica hasta volverlas un blanco fácil. Por ejemplo, en lugar de criticar la propuesta de bajar la edad de imputabilidad por lo que realmente dice, se la ataca como si dijera que los menores deben ser enviados a las mismas cárceles que se utilizan para la población adulta (y de paso se admite que en las cárceles hay violaciones).

Estas no son las únicas variantes existentes, pero alcanzan para entender el fenómeno. Y el problema es que este fenómeno es extremadamente dañino. En primer lugar, esta pulsión descalificatoria invita a mucha gente a dejar de pensar. En lugar de ver al diálogo con el diferente como una oportunidad de enriquecimiento, se recomienda ponerse un balde en la cabeza y no escuchar. En segundo lugar, y mucho más importante, la generalización de esta actitud es incompatible con la democracia. Si “los otros” son tan incorregiblemente perversos, entonces no hay que dialogar con ellos ni vivir bajo las mismas instituciones, sino combatirlos hasta exterminarlos. Si los argumentos descalificatorios merecieran ser tomados en serio, no habría razones para sostener la democracia.

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