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De sintonía fina

08/05/2014 Sin Comentarios

Oscar Silveira

Es habitual escuchar que en las últimas décadas el Frente Amplio había logrado sintonizar y representar de mejor manera las expectativas y el “ser uruguayo“.

Una especie de batllismo mezclado con peronismo y marxismo que hacía una fórmula imbatible. Se decía que los partidos tradicionales estaban destinados a desaparecer o jugar un papel secundario en décadas de gobiernos frenteamplistas.

Se decía que la generación de opinión pública de intelectuales, referentes de diversas áreas, los sindicatos y organizaciones controladas supuestamente por la izquierda era una fuerte red que mantendría los votos y las nuevas generaciones bajo el credo “progresista“.

El “festejen uruguayos“ de Tabaré Vázquez en 2004 era el recodo de una etapa del país. Una fuerza refundacional que movería las raíces de los árboles. Antes de ellos nada y luego de ellos, ellos.

Hoy vemos que esa visión comienza a modificarse y no por efecto de la comezón electoral o de la movilidad de las encuestas sino por una serie de elementos tan estructurales como los anteriores.

Nada indica que la era progresista llegó a su fin, sí que tiene fecha de vencimiento. Es más que posible que se mantengan en el poder por cinco años más. Lo que ya es historia es la seguridad que tenían una hegemonía para larga data.

Si bien son titanes de la lucha electoral ya en esta elección, si las cosas se dan adversas a sus intereses, la van a tener que pelear mas de lo pensado. Quizás aún no lo vemos en los artículos de la academia pero se les nota en la mirada.

Cuáles son los puntos que creemos que cambiaron la situación. Varios y variados, propios y ajenos.

En primer lugar el desgaste del poder y las consecuencias de las contradicciones cada día mas evidentes entre el discurso y la acción de gobierno. No es culpa de Mujica, parte por la sensación de inoperancia que generó  pero no toda. El internismo y el rápido proceso de identificación con un estilo de gobernar que le achacaron a los partidos tradicionales los deja en evidencia.

A eso se le debe sumar que el Uruguay contemporáneo ya poco tenía de ese socialismo batllista idealizado cuando llegaron al poder. Así el camino del supuesto cambio (mas restauración que cambio) era mas largo porque el país ha cambiado mucho más de lo que nos damos cuenta. Desde el 90 a esta fecha el Uruguay y el mundo cambió de manera profunda. Ese nuevo Uruguay no da para grandes hegemonías pues el equilibrio de poder y la libertad ganada al Estado no se cambia tan fácilmente.

Un segundo elemento que impactó, fue la rápida desmovilización. Ese elemento pegó fuerte en los líderes partidarios y los llevó a orientar muchos de sus esfuerzos en reanimar la estructura. El vínculo político cambió y las nuevas generaciones no funcionan con la misma lógica. Eso les llevó a quedar rehenes de la interna y ademas olvidar que las prioridades de quienes podían movilizar eran bastante diferentes que la de la mayoría de los uruguayos. Se comieron su propio discurso.

Relacionado al anterior, el tercer punto, es que generaron una “agenda progresista“ que sumaba grupos movilizados y objetivos realizables pero que no estaba dentro de los temas que el uruguayo promedio tenía como prioridades y esperaba que el Frente Amplio solucionara. Por muy bueno que sea la marihuana legal o el casamiento igualitario, salud, educación y seguridad es lo que esperamos todos; del frenteamplista más apasionado al menos politizado.

Todo investigador sabe que hoy se movilizan las causas acotadas, que ya los grandes ideales no mueven y así para reanimar la estructura se comenzó a sumar reivindicaciones que no suman entre si y que alejan a muchos votantes. Como decía Ferreira Aldunate: “hay sumas que restan“.

En cambio los partidos tradicionales, o parte de ellos, comprendieron que la situación podía cambiarse. Se centraron en algunos puntos claves que los llevaron hasta que se solidificaron en el vínculo con amplios grupos de la sociedad. Por otro lado se dio un cambio profundo y dramático de liderazgos. Por otro lado se intentó, de a poco y no siempre muy eficientemente, sintonizar de mejor manera con “los uruguayos“ en una visión que superaba a la de sus propios votantes. Se animaron y dejaron de hablarle de blanco a blanco o de colorado a colorado. En otra dimensión que no es menor, el Partido Colorado, más flaco en los últimos años, intenta avanzar en recrear una modalidad de militancia, el tiempo dirá el resultado.

Así, el intento de apurar el tranco de ya dirigentes veteranos les jugó en contra y hoy este Uruguay contemporáneo es más abierto, plural de lo que creyeron. Y una masa importante de población aún parece esperar que se consolide un liderazgo que juegue como opción pero a la vez sea realmente complementaria. Que desde su natural diferencia no sea opuesta y que enriquezca a la política. Que gobierne para todos. Si eso aparece en esta campaña, el tiempo de la hegemonía progresista podrá ser mucho mas breve que lo que nos hicieron creer.

Como será que hasta Galeano ya no recomienda leer las venas abiertas…

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