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No idealizar el pasado

21/03/2014 Sin Comentarios

Pablo Da Silveira, diario El País

La senadora Lucía Topolansky concedió una entrevista al diario El Observador en la que desarrolla algunas ideas curiosas sobre educación. Sus palabras incluyen, por ejemplo, un juicio descalificativo de muchos docentes, a los que acusa de haber ingresado sin vocación al ejercicio de esa tarea como manera de conseguir un ingreso durante la crisis de 2002. Es de esperar que los sindicatos docentes tengan algo que decir al respecto.

La senadora también acusa a muchos políticos y periodistas de haber reaccionado demasiado rápido ante los resultados del último informe PISA, sin haberse dado el tiempo para leerlo con cuidado. Lo curioso en este caso es que esa crítica la haga la senadora Topolansky, que descalificó el Plan Asentamiento de Luis Lacalle Pou una semana antes de que se conociera su contenido.

Pero lo más llamativo es que la senadora Topolansky insiste en buscar fuera del sistema educativo las causas de la crisis que lo golpea. A sus ojos, la explicación de tanto fracaso no está dentro de ANEP sino en la crisis de 2002, en la disolución de la familia tradicional y en la constante generación de nuevos conocimientos. No hay nada que corregir dentro del sistema. Ni la burocratización, ni el régimen de elección de horas, ni la falta de autonomía de los centros tienen efectos negativos. El problema, dice la primera dama, es que “los problemas de la sociedad se han colado en los centros de estudio”.

Hay muchas maneras de mostrar que este enfoque es erróneo. Por ejemplo, puede mostrarse que los mismos problemas que tenemos en Uruguay existen en países que están mejorando como nosotros no lo hacemos. Pero hay un punto más importante que merece atención: ¿alguien piensa que hubo una época en la que “los problemas de la sociedad” no se “colaron” en la enseñanza? O, en su defecto, ¿alguien piensa que hubo una época en la que no hubo problemas en la sociedad?
Tomemos, por ejemplo, el Uruguay de los años veinte del siglo pasado (una época de gran avance educativo y fuerte empuje integrador). ¿Alguien piensa que era fácil entonces hacer funcionar las escuelas y liceos?

Para empezar, había que conseguir que se sentaran en el mismo salón los hijos de padres que se habían enfrentado a lanza veinte años antes. Aquello no había sido una insurgencia de iluminados, sino una guerra de medio país contra medio país. Además, entre los alumnos había muchos hijos de inmigrantes. Los padres de esos chicos no sólo eran pobres, sino frecuentemente analfabetos. Y muchos apenas hablaban español.

La familia tradicional estaba más fuerte que ahora, pero una gran proporción de los padres trabajaban como peones (era la época de las estancias con mucho personal) y sus familias solían vivir en un pueblo cercano. Quiere decir que, en un país donde los traslados eran más difíciles que ahora, muchos niños del interior crecían en un hogar que funcionaba como monoparental la mayor parte del tiempo. El Estado, por su parte, manejaba menos dinero y tenía muchos menos funcionarios que ahora.Desde luego que hoy existen problemas que no existían entonces. Pero en aquella época existían problemas que hoy no existen, y en esas condiciones se construyó una enseñanza de la que pudimos sentirnos orgullosos.

En su afán por diluir responsabilidades, la senadora Topolansky incurre en una fuerte idealización del pasado. Y eso no ayuda a ver claro.

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