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A propósito de Venezuela

21/03/2014 Sin Comentarios

Gustavo Penadés, diario El País

Después de intensos enfrentamientos parece que se abre una oportunidad para la paz en Venezuela. Según informan los medios, el líder de la oposición Henrique Capriles, anunció que existen contactos para instalar un ámbito de dialogo real entre el gobierno y la oposición. Puede suponerse que las negociaciones estarán avanzadas como para lograr que en las próximas horas se generen algunas acciones que saquen presión a las protestas y se encaminen hacia una solución que traiga paz y tranquilidad a todos los venezolanos.

Nadie sabe lo que pasará en el futuro, si prosperará o no el diálogo. Lo que sí es seguro es que Venezuela necesita una enorme contribución de todos los actores políticos y sociales para descomprimir la situación. Ello conlleva algo muy difícil como lo es dejar de lado la retórica incendiaria que al final termina alimentando el espiral de violencia. Mientras los unos no dejen de ser tachados de “fascistas” y los otros de “tiranos” va a ser muy difícil que se pueda pensar seriamente en construir la paz. En el fondo de todo ese proceso existe una gran dosis de intolerancia, y esa intolerancia es fruto de muchos años de ejercitar una línea de pensamiento, comunicación y acción que prioriza el enfrentamiento y la diferencia por sobre los aspectos positivos del discurso y de la acción del otro, del contrario.

Esa es una manera de hacer política que no es exclusiva de Venezuela. Se la ve cercanamente en Argentina. Tampoco no es invento de su actual gobierno quien, por cierto, la utiliza en forma permanente. Se adopta el criterio de que no dialogar es la manera de construir poder, y se tiene miedo que si se actúa de otra forma la oposición suponga debilidad. A la larga esas situaciones provocan que la calidad de la democracia decaiga. Se termina polarizando la sociedad entre los buenos y los malos. Unos los salvadores y los otros los demonios.

Esta lógica a la que Uruguay no está ajeno encierra una gigantesca contradicción, ya que mientras la sociedad, o por lo menos amplios sectores de ella, se congratulan del progresismo de sus leyes y de sus concepciones, por el otro esa misma sociedad se vuelve cada día un poco más intolerante. Las muestras sobran. Alcanza con ver lo que pasa en los espectáculos deportivos o, sin ir más lejos, en los comentarios de los portales digitales en los que la descalificación para quien piensa diferente está a la orden del día.

No deja de abonar este desprecio o miedo al disenso el sistema de balotaje, que hoy por hoy termina conformando dos bloques que, quiérase o no remarcan la división de los ciudadanos por mitades. Si a ello se suma que un partido político dispone de mayoría absoluta todo está servido para que operen dos fenómenos: Para la mayoría, el de creer que está solamente obligada a rendir cuentas a sus cuadros y, para la minoría, el sentimiento de que sus esfuerzos por contribuir al bienestar de la comunidad —que los hay y muchos— son sistemáticamente rechazados por su origen y no por su mérito. Me adelanto a contestar que nunca en la postdictadura los partidos Nacional y Colorado dispusieron de las mayorías de las características de la que dispone —legítimamente— el Gobierno, requiriendo cada ley y cada situación complejas y largas negociaciones. Ni el pasado fue siempre mejor, ni tampoco pueden aspirarse a cosas que por difíciles se hacen imposibles. Lo que sí está al alcance de todos es hacer el esfuerzo de pensar que “el otro” puede estar tan bien intencionado como nosotros y, por sobre todo, es tan uruguayo como nosotros.

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