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Hegemonía cultural, política, partidos y elecciones

28/11/2013 Sin Comentarios

Francisco Faig, La Democracia

En este número y en los próximos dos, voy a reflexionar sobre estos asuntos que me importan mucho. Los he tratado muchas veces aquí, y me parece que es tiempo de intentar ir más a fondo en la reflexión. Así que al que le interese, puede guardar estos números de forma de conservar la reflexión global, formada por tres artículos.

¿Qué es la hegemonía cultural? Se trata del conjunto de manifestaciones vinculadas a la cultura y que marcan un sentido en la definición de lo bueno, lo bello y lo justo.

Manifestaciones vinculadas a la cultura es amplio: las letras de música en sus más variados géneros; la literatura; el carnaval; el teatro; las opiniones de estudiosos especializados como politólogos, sociólogos, economistas e historiadores; los manuales de estudio en la escuela, en el liceo y en la facultad en ciencias sociales en general, que interpretan el devenir del último siglo del país y del mundo; y también el amplio abanico de lo que se llama “líderes de opinión” que opinan en radios, televisión y en la variedad de medios que brinda la red de internet para estar presente.

Se trata entonces de una especie de estado general de la cultura en un sentido no estricto que implicaría solamente abarcar a la gente culta clásica, sino que procura tener en cuenta el concepto alemán de Sittlichkeit, que refiere a ciertas prácticas sociales aceptadas de buen tono por la mayoría de los miembros de una comunidad. Sittlichkeit describe cierta moralidad acorde al espíritu de una época en una sociedad.

Las manifestaciones culturales a las que refiero en esta definición de hegemonía cultural son las que ayudan a dar sentido a esa moralidad de época que, insisto, define en distintos ámbitos lo justo, lo bello y lo bueno.

Ese conjunto hace hegemonía, es decir, se percibe y se siente como un conjunto de valores y manifestaciones que brinda definiciones asentadas, que son las que forman el sentido común ciudadano más elemental, siempre seguras de contar con un amplio consenso social, y que difícilmente son puestas en tela de juicio por otras definiciones de lo bueno, lo justo y lo bello que cuenten con amplia aceptación social – en esto radica justamente la posición hegemónica -.

Para quitar una dimensión paranoica que infelizmente se cuela en muchos de quienes se preocupan por estos temas y ven una especie de “mano invisible comunista disolvente”, es importante entender que la hegemonía cultural es un estado de situación. Yo no participo de la pobreza conceptual del discursete de guerra fría para Latinoamérica, viejo y de origen gringo, que veía enemigos por todos lados de “la civilización y la decencia” dentro de la izquierda del continente. Desde esa visión de las cosas, todo avance en un sentido de modernización social puede ser visto como una consecuencia de la hegemonía cultural y es propio de un plan trazado para no sé qué proyecto “disolvente” y/o protocomunista.

Tampoco creo, entonces, que haya sabios en la izquierda que con suprema inteligencia estén tramando una especie de plan maestro para, de vuelta, liquidar las “raíces cristianas y civilizadas” de nuestra sociedad. Todas esas son pavadas.
Sí es cierto, sin embargo, que la hegemonía cultural se hace fuerte por varios motivos. Dos me interesan mucho por las dimensiones de nuestro país.

Uno, el peso de la disonancia cognitiva, concepto deLeon Festinger de 1957. Sencillamente explicado es así: de forma general, existe una predisposición de los individuos hacia la búsqueda de contenidos coherentes a sus intereses.

Entonces, cuando aparece alguna tensión porque hay contradicción entre las ideas que uno tiene interiorizadas y la información que recibe, se puede llegar a producir un malestar. Ese malestar, esa disonancia entre lo que pasa y las ideas que tenemos o las cosas que creemos acerca de la sociedad y del mundo (que es lo que más me importa aquí), se resuelve con la generación de ideas, actitudes o comportamientos que eviten mantenerse en esa situación incómoda.

Lo más fácil en esta situación es no escuchar más las voces disonantes que vienen a poner en tela de juicio el conjunto de creencias que tenemos acerca de lo bueno, lo bello y lo justo.

Es por ello que cuando una hegemonía cultural está asentada se hace muy difícil poder cambiarla. Es una tarea de largo plazo, metódica y difícil, porque los primeros reflejos de aquellos que participan de los valores promovidos por la hegemonía cultural es no atender lo que se diga desde lugares que vengan a generar disonancia cognitiva, o incluso descalificar esa visión distinta del mundo, de forma de deslegitimar así la fuente del malestar que genera esa disonancia.

El segundo motivo por el que se hace fuerte la hegemonía cultural en Uruguay es el pequeño tamaño del país. En una sociedad todavía “cara a cara” como la nuestra, en donde la socialización entre pares importa mucho porque no hay una dimensión individual- anónima propia de las grandes ciudades modernas, el costo del cambio de preferencias en valores, opiniones y, lo que me importa aquí, adhesión y/o simpatía partidaria en un sentido que contradiga a la hegemonía cultural, es muy alto.

Esto no es nuevo. Pongo un ejemplo fácil de entender: había que ser muy extraño para ser colorado en Melo en 1903. Toda la socialización de aquel pago en aquel entonces iba en un sentido de ser blanco. Bueno, hoy, en este país de hegemonía cultural de izquierda extendida totalmente en el mundo urbano, hay que ser guapo/extraño para defender, sostener y adherir a una opción electoral/partidaria distinta al Frente Amplio.

De forma general, no tiene ningún sentido para ese uruguayo medio, oponerse a la hegemonía cultural como si fuera una cosa de vida o muerte. Las más de las veces participará de ella sin plantearse mucho ningún problema; y aquellos que no participen de algunos de los valores preferidos por la hegemonía o de su traducción electoral, las más de las veces se callará la boca y preferirá no tener líos con los que sí defienden más aguerridamente – que son muchos y más vocingleros – algunas de las dimensiones de esta hegemonía. Pongo otros ejemplos actuales y seguramente el lector tendrá decenas suyos para pensar aquí: andá a no ser frenteamplista en la FEUU; o andá a criticar a la izquierda en Facultad de Psicología; o probá a ver qué pasa si te quieren reconocer el título de ciudadano ilustre de Montevideo y no contás con el beneplácito de la nomenclatura cultural de la izquierda – recuerden el caso Mercedes Vigil-.

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