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La memoria viviente del Holocausto

21/11/2013 Sin Comentarios

Nelson Pilosof

Una antigua enseñanza judeo-sefardí, dicha en ladino, su expresivo idioma, nos dejaba un legado para reflexionar siempre: “ lo ulvidado está pedrido”. Lo que la memoria no rescata, es como si no hubiese ocurrido, desde una futura perspectiva de generaciones que no asistieron a los hechos,  mientras transcurríeron.

La acumulación de información histórica es imposible si no queda documentada de manera indeleble. No sólo para preservar en tiempos futuros lo que se vivió en tiempos pasados. Sino también para que no se deformen los hechos como acontecieron,  y se los presente de manera diversa, según las conveniencias o errores de perspectivas emitidos a posteriori.

Uno de los soportes espirituales que dieron continuidad y dinamismo al pueblo judío fue su memoria histórica. La educación del hogar, de la sinagoga y los centros de enseñanza, dieron siempre prioridad a mantener vivo el recuerdo del pasado, como si cada generación presente lo hubiese vivido en los tiempos que acaecieron los episodios. La Leyenda de Pesaj (la Pascua Judía), dice cada año en las mesas familiares que “cada judío debe sentir en todos los tiempos que él mismo formó parte de los esclavos hebreos que escaparon de Egipto liderados por Moisés”. No se conforma con recordar. Hay que tratar de lograr la experiencia de sentir en las propias entrañas, aquí y ahora,  lo que experimentaron nuestros hermanos al ser protagonistas entonces de aquel episodio.

El pueblo judío pudo sobrevivir, pese a todas las circunstancias muchas veces trágicas que debió soportar en el decurso de los milenios, porque se aferró convencido a su legado espiritual, y porque no dejó que el olvido devorase las vivencias de sus distintos tiempos y lugares. Es como si todo fuese un presente viviente, rescatando del tiempo, lo que el tiempo devora implacable, si no se lo sabe conservar. Hay una manera judía de vivir el pasado, el presente y el futuro. Es una sabia enseñanza transmitida por generaciones, de vivir el tiempo, y trascenderlo. Es la conexión invisible de los eslabones unidos de nuestra historia varias veces milenaria.
Después de siglos de Inquisición, persecuciones y asesinatos en masa a lo largo y ancho del país,   los Reyes Católicos expulsaron a los judíos sefardíes, porque éstos no aceptaron la opción que les fue ofrecida de quedarse en España,  pagando el alto precio de renunciar a su judaísmo.  Prefirieron el duro e injustificable destierro, y llevaron consigo el enorme bagaje de valores, enseñanzas, tradiciones, idioma y costumbres, acumulados durante siglos en la Península Ibérica. No sabían quiénes ni dónde los iban a aceptar, y si iban a permitirles conservar su vida judía. Optaron por un destierro incierto y azaroso, en lugar de una renuncia forzada a su propia identidad.

Quienes descendemos de aquellos sefardíes leales a su pueblo, a sus valores y a su religión, sentimos que hemos estado con ellos durante los terribles momentos de la expulsión, y los acompañamos en su posterior destierro.  Por ello mismo, nuestras convicciones y firmeza colectivas se acentúan con el pasaje del tiempo, en lugar de “perderse en el olvido”.

La misma actitud prevalece cuando se trata de conservar el recuerdo activo de TODO cuanto nos tocó vivir. Sabemos que si no recordamos, nos perdemos. Sabemos que para conservar y transmitir el sagrado legado que hemos recibido, tenemos que educar nuestra memoria. Para recordar lo bueno y lo malo. Porque ambos son parte esencial de nuestra historia. Por tanto,
RECORDAR ES NUESTRO COMPROMISO. ¡No podemos permitirnos el olvido!

Cada vez son menos quienes quedan entre los vivos los testigos y protagonistas presenciales del Holocausto. Son pocos los judíos que están vivos y tienen  los números indelebles que los nazis colocaron en sus brazos. Los mismos números que los negadores del Holocausto no han conseguido borrar. Es un proceso inevitable, que impacta nuestras vida de aquí en adelante.

Seguirá pasando el tiempo, y es muy posible que muchos no sólo olviden o traten de olvidar el horror y la perversidad de aquella desgracia padecida por el pueblo judío, y por la humanidad toda, si se precia de humana. Es posible que lleguen tiempos en que casi no se hablará del Holocausto.  “Lo olvidado estará perdido”.

Muchos judíos sienten, y con razón, la angustia de pensar que “el mundo no debe olvidar lo que aconteció”. Y es muy legítima esta preocupación. Se tata de recordar ese terrible pasado, para honrar siempre la memoria de las víctimas inocentes, y para confiar que, recordando, se pueda reflexionar para tratar de evitar su repetición. Son admirables los esfuerzos que se realizan en muchos países para conservar los documentos, testimonios grabados y escritos, fotografías, películas, libros, museos, y tantas otras formas, para evitar que sean olvidados aquellos nefastos tiempos.

Junto a todo ello, surge una inquietud fundamental. Que los propios judíos tengamos siempre presente lo que padeció nuestro pueblo en aquellas circunstancias. Se trata de preservar la MEMORIA INTERNA DENTRO DE NUESTROS CORAZONES A TRAVES DE LAS FUTURAS GENERACIONES. Ello nos ayudará a evitar que puedan llegar épocas en las que nosotros mismos podamos perder la verdadera perspectiva del Holocausto, y el papel que pueda tocarnos desempeñar para evitar otro drama similar.

Una vez más, debemos estar preparados para preservar nosotros mismos nuestra identidad y cuidar nuestra memoria.
Valoramos y seguiremos valorando la solidaridad de millones de no judíos que se han comprometido a no olvidar. Pero nosotros tenemos el compromiso de vivir por dentro esta solidaridad con nuestro pasado, porque la sentimos en carne propia.  Desde entonces estamos decididos a vigilar y preservar nuestra existencia judía y nuestra dignidad colectiva y personal, dependiendo de nosotros mismos y no de la eventual solidaridad o apoyo de otros.

Esta es la gran enseñanza que dejó el Holocausto, y que se encarna en la esencia espiritual y física del Estado de Israel.
¡Nuestro destino debe estar en nuestras propias manos! ¡Recordando siempre, y estando siempre alertas, no volverá a ocurrir otro Holocausto en la historia del pueblo de Israel! Ha cambiado el eje de rotación de nuestra historia. Somos los artífices de nuestra seguridad, de nuestra independencia y de nuestra libertad.

¡Lo que olvidamos, está perdido. Lo que recordamos estará siempre vivo”.

Montevideo, a 75 años de La Noche de Cristal.

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