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Barranca abajo

08/11/2013 Sin Comentarios

Luis Alberto Lacalle Herrera, diario El País

Todos lo sentimos, más allá de nuestras opiniones políticas, de nuestras preferencias personales, de nuestro lugar en el territorio, de nuestra situación económica o de nuestro nivel de educación. Como una capa de plomo desciende sobre el ánimo de todos nosotros una sensación de hastío, vergüenza ajena, impotencia o, aún, de desesperanza. Nos referimos a la manera en que estamos sintiendo al país. No es solamente una percepción o un juicio concreto ante sucesos cotidianos, es la sumatoria de decepciones que nos genera el conjunto de poder que nos gobierna (¿?). A veces nos preguntamos si haciendo la lista de los sucesos y actos negativos, pretendiendo despertar la conciencia cívica, estamos haciendo lo positivo, lo que corresponde a nuestra condición de orientales y blancos. Nos respondemos que sí, que la voz no puede callar, aunque el acostumbramiento a lo negativo sea como una pegajosa marea que mata la rebeldía y ahoga la reacción sana de la colectividad nacional.

En la forma y en la sustancia de la forma de gobernarnos, de la institucionalidad, se manifiesta una decadencia que nos alarma. Grave como es esta comprobación, mas aun se revela como tal cuando sabemos que el gobierno que padecemos es de una base de legitimidad inatacable y sólida. ¿Cuándo comenzó este declive? Seguramente que no podemos ponerle fecha cierta pero una recordación de acontecimientos sucesivos que han agregado lo suyo a este torrente, nos puede auxiliar. En la forma, que en materia de gobierno representativo, cuando se ejerce el poder en nombre de todos, es tremendamente importante, la decadencia viene de lejos. Seguramente que el desaliño personal, el desprecio por los símbolos patrios, la banalización de las fiestas patrias y el lenguaje prostibulario. El desprecio por las formas en el trato, aun en lo internacional dejan un regusto desagradable, mas allá de la lamentable confusión entre lo ordinario y lo popular que a muchos aqueja.

Más hondo en la cuestión, se agrava el panorama. La Constitución es mero papel, cuyas normas de relacionamiento entre poderes o de funcionamiento institucional, poco valen cuando se interponen entre los impulsos del poder y el logro de los fines perseguidos. No valen los dos tercios de votos para la materia electoral –vieja garantía nacional- cuando se quiere modificar la legislación. Poco los plebiscitos a la hora de llevar adelante la revancha disfrazada de justicia. La discrecionalidad en el otorgamiento de permisos o licencias o concesiones, como en los canales, en PLUNA o en beneficiar a las favoritas del régimen. Merece este punto una especial atención porque ya no es el régimen cívico – sindical el que ejerce el poder, a él hay que agregar una fuerte influencia de las empresas favorecidas por este gobierno. A dedo, desde el Poder Ejecutivo pero también desde el legislativo, todos los sectores del FA han votado prebendas impositivas para quienes tienen su favor. Leyes con nombre propio, discriminación en favor de algunos, exoneraciones tributarias que avergüenzan por su frívola asignación, cambio de preferencias a partir de una presidencia que dice que no sabe lo que hace pero que creemos que sabe demasiado por que lo hace. La discrecionalidad, madre de la corrupción, está a la orden.

Todos esto lo sabemos pero no por ello los gobernantes dejan de asombrarnos en su capacidad de descenso en la forma y el fondo. Que un Ministro sea un ordinario como persona, no es criticable pues si está en una Secretaría de Estado es porque el poder legítimo lo designó. Lo que preocupa es que en el ejercicio de la investidura no advierta que ya no se es Fulano sino el Ministro Fulano, que se rechace la capacidad de comportarse con un mínimo de decoro y que se respete a los demás, a sí mismo y a quienes le designaron. Claro esta que el Presidente debe de dar de baja a ese personaje, que no puede seguir ejerciendo por falta de la mínima calidad para ello, pero ¿qué autoridad tiene el Presidente en materia de modales y lenguaje para actuar así?

Nunca se había visto una devaluación semejante de la dignidad nacional como la que padecemos. La jugarreta, el simple retruécano y la viejovizcachezca imitación no pueden -siempre estuvo claro- contra los intereses de Brasil y Argentina. Una cosa es el quincho y otra la política internacional. Impresionar a propios y ajenos por vivir de una manera, rodearse de los adulones empresariales y los corifeos partidarios es una cosa, encandilar a quienes ya tiene los ojos cerrados, tema fácil. Encarar con sabiduría, con habilidad pero con firmeza las relaciones internacionales es otra cosa que escapa y no volverá, que dejará un grave daño para los años por venir.

Lamentamos tener que escribir esto. Bastante negativo es el panorama en la educación, salud, obra pública, seguridad, carestía. Bastante oscuro esta el panorama de PLUNA, el otorgamiento de los canales, el asunto de la regasificadora como para agregar más. Pero el daño de Aratirí, las concesiones a Montes del Plata o los negocios turbios de ANTEL quedan en el ámbito interno, las pagamos adentro. La pasividad y el fatalismo ante el régimen corrupto de la Argentina no se remedia de un día para otro, ni la reverencia cortesana ante el Brasil se borra fácilmente.

Que alguien se haga cargo de este declive, pero que no se demoren…

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