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Rescribiendo la historia reciente

17/10/2013 Sin Comentarios

Antonio Mercader, El País

Reapareció esta semana Héctor Amodio Pérez, el perenne acusado de “traidor” por los tupamaros. Lo hizo para evocar el 44º aniversario de la “toma de Pando”, el sangriento episodio en donde intervinieron él y otros tupamaros como José Mujica y Fernández Huidobro. En una nota publicada en El Observador, Amodio recuerda el desvarío de aquel operativo y nos previene sobre lo que “escribas y falsos historiadores” intentan hacer con lo de Pando: “falsificar los hechos”, es decir, rescribir la historia reciente.

En eso tiene razón Amodio porque con la ayuda de tales escritores los tupamaros siempre buscaron presentar aquel fallido intento de copar una ciudad como otra de sus grandes hazañas bélicas. Tan es así que cada 9 de octubre repintan los hechos con tintes heroicos como si aquella hubiera sido una gesta patriótica y no una carnicería sin sentido. Un saldo de cinco muertos, varios heridos, millones de pesos robados y nunca recuperados, vendettas posteriores y tantas expresiones de odio reconcentrado deberían inducirlos a mantener un mínimo recato, pero no es así.

Por el contrario, al tiempo que los tupamaros celebraban cada aniversario de “la toma de Pando” cubriéndose a sí mismos de alabanzas, los susodichos historiadores insistían en decir que en 1969 los tupamaros peleaban contra una terrible dictadura, Daniel Viglietti componía una canción sobre el asalto a la ciudad canaria y un artista de primer orden como Luis Camnitzer catalogaba aquel desatino como “una obra de teatro” y “una estética activa” propias de la corriente artística llamada “conceptualismo”. (Canmitzer quedó fascinado porque los tupamaros enmascararon su ingreso a Pando en un cortejo fúnebre, una caravana de autos cargada de hombres armados que este intelectual compatriota califica frívolamente como el desfile teatral de una trouppe de artistas).

Como broche de oro de tantos disparates las autoridades de Secundaria llegaron a aceptar unos años atrás que en un liceo público se colocara una placa en homenaje a un joven asaltante de Pando, muerto en el intento. Nunca se aclaró si el propósito de esa placa es proponer que tan triste caso sirva de modelo e inspiración para las nuevas generaciones de estudiantes.

Con esta breve reseña se aprecia que lo ocurrido con “la toma de Pando” expone la pasividad —por no decir la resignación— con que esa sistemática reescritura de la historia viene siendo tolerada. De seguir así es probable que aquel ataque a una ciudad desamparada termine celebrándose como un hito similar al de la batalla de Las Piedras y que sus protagonistas sean elevados a la categoría de próceres. Para sus víctimas en tanto, no hay nada; solo silencio.

Una víctima de aquello fue, por ejemplo, Carlos Burgueño, un pacífico ciudadano que murió baleado en pleno malón tupamaro. De él no hay quien se apiade, no existe canción ni placa alguna que lo recuerde y de su muerte no se ocupó ni una sola de las diversas ong defensoras de los derechos humanos. Su hijo, Diego Burgueño, lucha sin éxito desde hace tiempo para lograr algún tipo de reconocimiento e indemnización, pero está visto que su causa no despierta mayores inquietudes.

Eso ocurre porque, como advierte Amodio, los tupamaros van rescribiendo la historia a su gusto al punto que no tardará en llegar un cineasta que hará con lo de Pando una película cuyos muchachitos buenos serán ellos.

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