Portada » Actualidad

Entrevista de la semana – Luis Lacalle Pou

17/10/2013 Sin Comentarios

Semanario Búsqueda

“Lacalle gobernó hace casi un cuarto de siglo”, cuando no había Internet; “son distintas épocas” y “la gente debe tenerlo claro”

En las palabras se mide y es cauteloso, pero en la gestualidad transmite todo el tiempo que está convencido de que va a ganar la interna. “Esa es mi vida”, dice Luis Lacalle Pou mientras señala una pizarra frente a su sillón. Cada uno de los próximos meses tiene asignado un cuadrado con hitos de su agenda hasta llegar al 29 de noviembre del 2014. Ese día, el sábado anterior a una hipotética segunda vuelta electoral, está remarcado con un círculo. Llegar es la meta.

Asegura que solo piensa en ganar las elecciones y en gobernar “ahora y bien”, que su edad (40) es un “activo”, y cuando se le pregunta qué le señalan las encuestas sonríe y contesta: “Venimos bien, estamos muy contentos”.

Ahora como precandidato presidencial, Lacalle Pou asume lo que genera su apellido como un dato de la realidad, pero remarca todo el tiempo su independencia respecto de su padre, el ex presidente Luis Alberto Lacalle. De hecho, cuando habla de él lo llama “Lacalle” a secas.

“Lacalle gobernó hace casi un cuarto de siglo. Los problemas eran otros”, comentó durante una entrevista con Búsqueda.

—Usted anunció días atrás como objetivo terminar con la “cultura del conflicto” y aseguró que su primera medida de gobierno sería derogar el decreto que habilita las ocupaciones. ¿Cómo explica eso?

—Hay formas de conducir que hacen a la relación entre las mayorías sociales, los consensos, y si eso no genera cohesión, sí genera entendimiento. La otra forma de conducción, que increíblemente está presente en más de un país en esta zona, donde por un lado está la exacerbación total que es el ejemplo de Cristina Fernández y acá, obviamente a la uruguaya y en menor medida pero está, es el gobierno de choque, de mayoría dueña de la verdad, con algún viso de soberbia sobre las minorías políticas y de poca autocrítica. Eso genera estridencia en la gente, dientes apretados, discusiones. Se deben buscar canales de libertad para resolver mejor las tensiones.

—La derogación de las ocupaciones es una medida antipática para los sindicatos.

—Lo anunciado son tres ejes de conducción: lo que está bien, dejarlo y mejorarlo, lo que está mal, cambiarlo, y después lo más difícil, que es decir “traigamos elementos nuevos”. Dentro de lo que pensamos dejar están los consejos de salarios —con cambios, porque así como están hoy son una olla a presión, dado que ante el más mínimo quiebre en la economía dejan de ser sustentables— y el gasto social, pero institucionalizándolo: que no sean solo transferencias económicas, que no se salarice la pobreza, apuntar a un concepto más desarrollista del individuo en lugar de la asistencia económica pura. Y en cuanto a las ocupaciones, es algo que no debe sorprender: nosotros nos opusimos cuando se aprobó el decreto. Para mí la medida más llamativa es la concentración de competencias en el Ministerio de Educación y Cultura y el asentamiento cero.

—¿No es demasiado ambicioso lograr el “asentamiento cero”?

—No vamos a poder hacer todo, pero tenemos que querer hacer todo, es una actitud vital. Hay 165.000 uruguayos que viven en asentamientos. Hay que fraccionar, regularizar, debe haber una inclusión sociocultural.

—Usted mencionó que varios de los integrantes de su equipo ni siquiera forman parte del Partido Nacional. ¿Cuál es el hilo conductor que los une?

—No me voy a hacer el humilde: creo que es mucho más un estilo y una confianza, una fe, de que se quiere hacer las cosas bien y por la positiva, y no se quiere hacer confrontación.

—¿Se han acercado a usted o usted los fue a buscar?

—Las dos cosas.

—Hay algunas figuras mediáticas en su equipo…

—No las fui a buscar a las mediáticas. Se dio vía Twitter, algún conocido en común, se dio así con Carolina Villalba, también con Graciela Bianchi. Con Luis Pierri fui a una reunión en una casa en Pocitos y era de su hermana. Y apareció Luis Pierri y mostró presencia, liderazgo. Es clave la legitimación activa para liderar.

—¿Y le ha pasado que quiso traer a alguien que no aceptó?

—No. Me ha pasado que gente que está vinculada laboralmente con el Estado o que su giro está vinculado con el Estado me ha dicho que prefiere no estar por un tema de conveniencia. Es la primera vez en mi vida que veo eso, y me da pena. Y después están dos otras personas del ámbito académico que integran fundaciones o consejos universitarios que estatutariamente no pueden pero me están dando una mano.

—¿Está mal decir que usted está reivindicando un discurso “de centro”?

—Está mal porque no creo en los catálogos. Creo en las cadenas de valores, estar libres con formas de entender al ser humano, principios, la manera de ver a mi sociedad, a mi país inserto en un mundo, a partir de quién, y con un gran pragmatismo.

—¿Pero usted, por ejemplo, no cree que el Frente Amplio ocupa la izquierda?

—En el discurso sí.

—¿En la realidad no?

—No. Pero para mí la nueva ideología es la gestión. No hablo de la muerte de las ideologías, pero debe haber un respeto al contribuyente, un respeto al gobernado, una gestión eficiente con evaluaciones permanentes.

—¿Está pendiente de las encuestas?

—Sí, y contrato encuestas también. Estoy pendiente, lo que no significa estar pendiente de los resultados generales que se van dando, algo que principalmente influye en el ánimo militante, sino que hay otros elementos que nos hemos marcado…

—¿Cuáles?

—Tenemos definidos cuatro parámetros movibles, y en virtud de la alineación que van teniendo esos cuatro parámetros es el éxito que vamos teniendo. Los cuatro parámetros me los reservo. Son cuatro elementos en la gráfica y su opuesto: alto-bajo, etcétera, y los estamos midiendo desde febrero.

—¿La gente lo está percibiendo como un posible presidente? Seguramente sea uno de los parámetros.

—No lo es. Esos parámetros conforman una personalidad que eventualmente puede ser presidente de la República. Es el contenido de lo que la gente termina diciendo.

—Su juventud puede ser una ventaja, pero en Uruguay también puede ser una gran desventaja. ¿Cómo lo evalúa?

—Con temor a equivocarme, la edad es un activo. Lo es para el ejercicio del gobierno. Los 40 años es una edad muy fermental, en el mundo. Lo que acá no ha acompañado son los liderazgos políticos: Lacalle gobernó con 48 y Sanguinetti con 49. Después todos fueron con 60 y pico. Después, en el ámbito privado la gente que está moviendo el mundo tiene 30, 35, 43. Más que la capacidad física y mental a veces la clave está en el equilibrio. El equilibrio se logra cuando uno resuelve: “bueno, esto es lo que quiero de mi vida”.

—¿Los parámetros se están alineando?

—Venimos bien, estamos muy contentos. Estamos trabajando para gobernar ahora y bien. Si te dan la oportunidad de gobernar el país durante cinco años y no hacés los deberes que tenés que hacer, si no lo vivís con intensidad… Los equipos de trabajo no fueron una foto. Son seis meses de trabajo con una producción que da gusto. Cada uno empezó con un análisis FODA (Fortalezas Oportunidades Debilidades Amenazas) y la meta es Uruguay, 1º de marzo 2020, el fin de la gestión.

—¿Cómo se ve si no gana la carrera con Larrañaga?

—De verdad que estamos mentalizados en poder ganar. De la misma manera que estamos preparados para gobernar ahora y bien, y que sugiere procesos de análisis de todos los resultados, obviamente en mi mesa tengo la respuesta a esa pregunta. Pero estamos pensando en ser gobierno. Nos pusimos ese traje. Si me pedís que lo conteste: yo no le niego ninguna actitud militante al Partido Nacional, donde me sienta cómodo.

—Cuando usted anunció su candidatura los analistas dijeron que no tenía nada para perder, salvo que su votación resulte extremadamente baja, pero que en cualquier otro caso todo es ganancia. ¿Está de acuerdo?

—Lo respeto como análisis de los politólogos, pero si ese hubiese sido mi análisis sería una frivolidad. Que los politólogos evalúen sobre perder o ganar, yo soy bastante más exigente conmigo mismo.

—Uno de los primeros asuntos que usted seguramente tuvo que definir una vez que resolvió ser candidato es cómo piensa manejar su relación pública con su padre. ¿Cómo lo definió?

—Siempre lo manejamos de la misma forma.

—Pero ahora usted es candidato, algo que condiciona.

—Sí, pero se venía construyendo. Si usted se fija, yo nunca participé del oficialismo directamente. Se venía construyendo. Con respeto, amor filial y paternal, pero quedó meridianamente claro que son distintos momentos, distintas épocas…

—¿Distintos Lacalle?

—Sí, y la gente tiene que tener claro, no llamarse a engaño. Debe tenerlo claro.

—¿Pero esto lo explicitó con su padre? ¿Le dijo “si tengo que criticarte algo lo voy a hacer?

—Por supuesto. Pero además es una actitud de vida. Si no criticamos a los cercanos por afecto, después no podemos criticar a los otros. El afecto, el amor, se demuestra en la tensión, en la diferencia, ahí.

—Pero debe ser difícil que te critique tu hijo públicamente…

—Primero: Lacalle gobernó hace casi un cuarto de siglo. Los problemas eran otros, entre otras cosas una inflación que estaba por encima del 130%. Al Banco Central lo dabas vuelta y no caía un cobre. Argentina y Brasil jugando de memoria y dejando afuera a Uruguay y Paraguay, la Unión Soviética, el Muro de Berlín, no había celulares, no había Internet…

—Pero una cosa es la evaluación que usted hace de su relación con…

—… con Lacalle.

—… y otra cosa es la evaluación que hace el votante o el potencial votante de esa relación. ¿Esa relación lo puede ayudar, perjudicar, o prefiere mantener un camino independiente, separado?

—Es notorio. Creo que la gente me regala a veces sin merecerlo.

—¿Por ser hijo de Lacalle?

—Claro. Te otorgan el afecto pero te exigen. El prejuicio negativo es “como no te otorgo nada te bajo la cortina”. Pero es una parte de la sociedad, no es un desvelo para mí.

—Algunos dirigentes frenteamplistas, pero también dirigentes de oposición autocríticos, dicen que los partidos tradicionales le entregaron a la izquierda la reivindicación de las causas populares, y que quedan muchas veces como los pitucos, los cajetillas…

—Eso no representa al electorado. Tómese cinco minutos para ver el electorado del Partido Nacional. Vea quién vota y quién no. Es parte de la política del prejuicio, de etiquetar, de la generación de reacciones negativas. Yo siempre insisto en que es tan importante el lugar al que queremos llegar como el camino que se recorre. Porque el camino es el que después te legitima.

—¿Usted siente que tiene el mote de pituco?

—No, para nada. Creo que esas son cosas a las que se dedican a hablar más los dirigentes políticos que la gente. Quienes descubren a la persona detrás del personaje dicen “este es coherente”. Y andar sin careta por el mundo no tiene precio.

—Larrañaga bajó mucho su exposición pública últimamente. ¿Lo percibe?

—Puede ser.

—Hay quienes interpretan que eso es producto de este razonamiento: “apago el motor, que solita la lancha llega a la orilla; no hagas olas porque vas con la fusta abajo del brazo”.

—No creo.

—Las encuestas son claras.

—Depende de cuál y depende de la proyección. La encuesta de Opción, que me merece mucho respeto, no dice eso. La de Radar, que es la más grande que se hizo, tampoco. La de Equipos sí, pero dice que hay un crecimiento sostenido y que Jorge se mantiene firme pero estable.

—¿Cómo imagina la campaña que se viene para las internas?

—Muy buena.

—Va a ser la más reñida.

—Pero en las tensiones es donde se ve la gente.

—En la campaña anterior, cuando Lacalle comenzó a acercarse mucho a Larrañaga, este empezó a endurecer mucho su discurso. ¿No cree que eso se pueda repetir si se repite el escenario?

—No creo. Tal vez es un “no quiero”, pero realmente no creo que ocurra. Yo tengo un buen concepto de Jorge Larrañaga. No soy amigo, pero tengo un buen concepto. Lo reconozco como una persona que mete para adelante, que ha construido un liderazgo.

—¿Cree que tomó nota de lo que ocurrió en la campaña anterior?

—No, ni idea.

—¿Considera ya “aceitado” el aparato electoral?

—Sí, un aparato que se acostumbra a un discurso distinto. A un discurso más coloquial…

—¿Más coloquial con respecto a quién?

—A la historia. Es un discurso más de conversación que el típico discurso con altos y bajos, énfasis, gestos… No me sale. Algunos me piden, pero no me sale. Yo quiero hacer aquello con lo que me sienta cómodo, el esfuerzo máximo, pero que me sienta cómodo. Yo me tengo que reconocer. La pregunta es: ¿vale ganar a cualquier costo? No, para mí no

“Yo no le dije ‘Juan’ a nadie”

—Comentarios como el del vicepresidente del Frente Amplio, Juan Castillo, que lo cuestionó por su padre, ¿no lo afectaron?

—No me afectaron. Levanto el teléfono y le digo lo que pienso. A esta altura se sabe que yo no mando decir las cosas, que las digo directamente.

—¿Cómo resolvió ese tema?

—Hice una breve grabación que publiqué en Twitter, hablando de cómo se demuestra coraje en la vida y alguna cosita más, y creo que le llegó el mensaje porque me llamó para pedirme perdón. Y yo le dije que a las agresiones públicas, disculpas públicas.

—¿Así, seco, como usted lo plantea?

—Sí, de mi parte fue así. Él dice que me dijo “Luis” y que yo le dije “Juan”. Yo no le dije “Juan” a nadie..

Envíenos su comentario

Agregue su comentario, o trackback desde su sitio. También puede suscribirse a estos comentarios vía RSS.