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Revolución, autoritarismo

12/09/2013 Sin Comentarios

Fernando Queijo

Jean François Revel, brillante autor y pensador francés, escribía una vez: “Política y económicamente nadie cree ya que Castro sea un ejemplo de nada. Pero juega en su favor, al menos para la izquierda, su antiamericanismo. Y luego existe esta especie de superstición en torno al concepto mismo de revolución. La culpable de ello, supongo, es la revolución francesa. Revolución es una noción sacralizada. Se piensa que es algo siempre noble y desinteresado. Tiene una connotación romántica. Todo lo que se haga en nombre de ella tiende a ser justificado”.

Creo que es una gran verdad, hoy oportunamente aprovechada por la mayor parte de los gobiernos populistas latinoamericanos e inclusive mundiales, que se embanderan primeramente como antiimperialistas, anteponiendo siempre que imperialismo significa Estados Unidos de Norteamérica, y luego como portadores de una ideología y política revolucionarias (nunca puede faltar el término), para obtener la creciente adhesión que se registra en sus filas partidarias.

Estos conceptos parecen obnubilar la razón y el pensamiento de la masa ciudadana, que, contrariando la tan conocida expresión de Manrique, de que “todo tiempo pasado fue mejor”, lo invierten y se convencen a sí mismos de que “todo tiempo pasado fue peor”.

En nombre del antiimperialismo y la revolución, no advierten, o mejor, no quieren advertir y reconocer que van paulatinamente avasallando todos los principios de la democracia y de los sagrados derechos del ser humano a su libertad individual y a su autodeterminación.

Basados en una idea que considero muy sesentista, y que a pesar de su anacronismo aún mantiene vigencia, rodean su ideología con los tintes de izquierda tan atractivos a muchos intelectuales, cuando en realidad, al analizarlos en profundidad, sus principios son simplemente de carácter totalitario. Independientemente de izquierda o derecha, todas estas doctrinas coinciden en su principio más fundamental: el autoritarismo y la verticalización del poder.

Toda la historia nos demuestra que el autoritarismo es una consecuencia inevitable de la revolución, cualquiera que haya sido su prédica o propósito.

La revolución cubana, de corte marxista, nos ha dado una dictadura ignominiosa que se prolonga después de más de 50 años.

En Rusia, el imperialismo de los zares fue sustituído por el imperialismo del Partido Comunista Soviético y de sus dirigentes.

Si nos remontamos a la propia Revolución Francesa, podemos apreciar que fue eliminada la monarquía, pero al cabo de algunos años de luchas y derramamientos de sangre – y cabezas – internos, se instauró uno de los mayores imperialismos de los tiempos modernos: Napoleón Bonaparte.

Siempre he pensado que el ser humano, conjuntamente con su primario deseo de libertad, tiene el deseo del dominio sobre los demás. En forma diversa lo han explicado ya Aristóteles, y más tarde Hobbes, Montesquieu, Rousseau y algunos otros.

Contemporáneamente, parece que la izquierda ha agregado un nuevo elemento o deseo en el ser humano: el deseo de ser dominado, virtualmente pisoteado y avasallado por el o los pocos líderes de ese movimiento colectivista, que destruye al individuo en pro de la construcción de una sociedad imposible, impropia de seres inteligentes.

La sociedad es el grupo de los individuos, hecho tangible incluso en el reino animal, pero, mientras en este último, su falta de inteligencia lo conduce al imperio del más fuerte (sistema autoritario y verticalista), creo que en el ser humano, si realmente es “sapiens”, debería imponerse, por sobre todo colectivismo y populismo, el individuo en sí mismo.

Así, los representantes – no digo líderes, sino representantes – del grupo, lo conducirían por el camino del desarrollo, de la cultura y de los logros y felicidad individuales que únicamente una sana democracia, que hoy nos falta, puede darnos.

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