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Nací en el 54

28/06/2013 Sin Comentarios

Ricardo Puglia

Nací en 1954, fui a la escuela pública Panamá, al Liceo D. A. Larrañaga y preparatorio en el Suárez. Viví toda mi juventud en la Blanqueada, barrio de gente trabajadora e inmigrantes españoles e italianos. En la escuela pública se vivía la auténtica Democracia, asistían a ella todas las clases sociales del barrio y la maestra nos trataba de iguales. Desde aquella época fui partícipe de profundos cambios en el Uruguay y en el mundo como quizás un testigo más de una generación perteneciente al Uruguay Romántico de la post guerra y el de la carestía, al Uruguay invadido y dividido por doctrinas extranjeras como la revolución cubana (1958) que continúa exportando políticas y personajes malignos al resto del mundo.

Desde aquellos años jóvenes han sucedido enormes cambios en Latinoamérica. La teoría de sustitución de importaciones, fijación de precios administrativos, tipo de cambio preanunciado, flotación limpia y sucia, precios internacionales de nuestras producciones primarias muy bajos, gobiernos democráticos de partidos fundacionales, dictadura cívico-militar, totalitarismo de izquierda, hoy presidido por un ex guerrillero cuya pena fue acortada por una ley de amnistía y acompañado por ministros que atentaron contra la democracia y sin embargo, a pesar de todo ello, los reclamos sindicales –principalmente los estatales- están a la orden del día en espera de los aumentos que se dispongan en la redacción de la próxima rendición de cuentas desestabilizando el funcionamiento del país y la formación de estas nuevas generaciones que asisten a la escuela pública, al liceo, a la UTU, etc.

Nadie duda que deba haber un mínimo de ingresos para una persona o una familia que permitan ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad. 
Todas las personas son iguales ante la ley con la diferencia de sus talentos o sus virtudes, lo cual no significa que todas las personas son iguales.

Sin embargo, la pelea por un porcentaje de aumento debe ser justificada por los resultados positivos que pueda alcanzar en un período quien lo reclama. Y vemos con preocupación la actuación sindical, involucrada en estos dos períodos de izquierda progresista, gobernando hombro con hombro con la dirigencia frenteamplista. Todo el Uruguay es rehén de estos supuestos conflictos que constituyen una gimnasia de constante movilización sacando del foco los principales temas del país.

Nada se oye de estos sindicatos acerca de la seguridad ciudadana. Se conforman con las explicaciones de otro ex guerrillero comparando cifras con otros países del mundo y no encarando, asignando recursos (nunca tuvo tantos) a obtener resultados satisfactorios para vivir en una sociedad de paz y tranquilidad, sabiendo que no nos van a atacar delincuentes y nuestros hijos puedan volver a su hogar luego de sus jornadas de estudio o trabajo.

La seguridad no le preocupa a la dirigencia sindicalista, como tampoco le preocupa el bajo nivel educativo que reciben sus agremiados, sus hijos, sus nietos y amigos. Tampoco preocupa el nivel asistencial que reciben, cuyos hijos, esposas y familiares tienen que esperar meses para una intervención quirúrgica o una consulta con un especialista. Ni hablar de tener una vivienda decorosa, sanitariamente correcta, sin humedad y con mínimos de decoro. Hoy el gobierno progresista prefiere agrandar los asentamientos, hacer crecer los del interior del país y permitir que se junten policías con delincuentes, trafiquen pasta base (mañana marihuana) y se cuelguen a los servicios públicos esenciales que en forma monopólica y cara brinda el Estado.

A pesar de los adelantos tecnológicos de los últimos 50 años, hemos involucionado como sociedad. Hoy estamos peor que antes, han dividido el pueblo entre tradicionalistas y progresistas. Los progresistas de hoy no tienen próceres, no festejan las fechas patrias por temor de merecidos escraches de sus propias barras. Las arcas están llenas luego de meterle la mano al ciudadano con impuestos regresivos como el IRPF y pesimamente asignados los recursos recibidos con una gestión deplorable a la de un buen padre de familia.

Año a año, los déficits se acumulan y los sindicatos miran su ombligo, vacíos de unidad para ser parte en la construcción de un Uruguay mejor, integrando sus habitantes a una causa nacional: “La prosperidad y el Desarrollo Humano de sus Hijos”.

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