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“Más mujeres, mejor política”

28/06/2013 Sin Comentarios

Jimena Olascoaga, Lorena Tejeira, Victoria Vera y Maria Gallinal

Lejos estamos de aquel pionero país que en 1927, que mediante inscripción en padrón electoral permitió que Rita Ribera de 90 años fuera la primera mujer en la ROU en sufragar. Este fue el primer escalón que permitió un lustro después aprobar el voto femenino. Diez años más tarde teníamos a las dos primeras mujeres electas Senadoras (Sofía Álvarez Vignoli e Isabel Pinto de Vidal); y dos electas para la Cámara de Representantes (Magdalena Antonelli y Julia Arévalo de Roche).

Con estos logros en tan poco tiempo, Uruguay asomaba como un país precursor en América Latina. Avanzábamos a pasos agigantados. Pero con el devenir de los años se fueron haciendo tangibles las dificultades que las mujeres tendríamos que afrontar, de ahí en más, para acceder a los lugares de representación política.

Y es importante resaltar la palabra: REPRESENTACIÓN, porque se reconoce y hasta se la engalana a la mujer como militante política, no encontrando dificultad alguna en realizar dicha actividad, claro siempre y cuando no tenga aspiraciones de ser candidata. La dificultad se presenta a la hora de acceder a los lugares de toma de decisión o de conducción político – partidaria, empresarial; y esto se da tanto en lo público como en lo privado.

A modo meramente ilustrativo cabe hacer referencia a la discusión legislativa que se realizó en 1917 cuando se debatía el derecho de la mujer para votar en la Asamblea Constituyente, frente a quienes sostenían que: “la política podría destruir en las personas de sexo femenino las tradicionales virtudes domésticas”, Frugoni planteó que esas virtudes serán muy apreciables pero no deben transformarse en un obstáculo para el pleno desarrollo jurídico, político e intelectual de la mujer”. En su argumentación el Constituyente expresa la necesidad de reparación hacia las mujeres, reforzando los verdaderos principios de la democracia.

Sin duda los conceptos de democracia, participación y política han evolucionado; desde la antigua Grecia, donde solo algunos tenían derechos políticos y la participación no era un derecho sino el ejercicio del poder político.

Llegamos a los S. XVIII y XIX con el voto censitario (donde la clase social y la rentas influían), luego el sufragio masculino (mal llamado universal). Recién muy entrado el S. XX es que el derecho a votar se extiende a las mujeres.

Y aquí se abre una brecha importante ya que se nos reconocía el derecho de poder elegir pero no de ser electas, en una época donde la oferta electoral no era cuestionada. Donde el rol de la mujer estaba reservado, cargando (hasta hoy) con la responsabilidad de la reproducción social, el cuidado familiar y las labores del hogar. Es decir confinadas al ámbito privado.

EN URUGUAY

La Constitución plebiscitada y aprobada el 19 de abril de 1934 dice:
Artículo 8º.- Todas las personas son iguales ante la Ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.

Artículo 65.- Ciudadanos naturales son todos los hombres y mujeres nacidos en cualquier punto del territorio de la República. Son también ciudadanos naturales los hijos de padre o madre orientales, cualquiera haya sido el lugar de su nacimiento, por el hecho de avecindarse en el país e inscribirse en el Registro Cívico.
Artículo 68.- Todo ciudadano es miembro de la soberanía de la Nación; como tal es elector y elegible en los casos y formas que se designaran.
Es a partir de ese momento en el nos podemos jactar de que la democracia uruguaya se consolidaba aceleradamente, reconociendo a las mujeres plena representación política. Cabe destacar que Uruguay si bien aun en la vanguardia, no era el primero en reconocer el sufragio femenino (Chile en 1931 y Ecuador en 1929, pero ambos posteriormente lo suspendieron) en la región, pero dadas las características de una democracia más consolidada, fue un logro mucho avasallante para la equidad.

El éxito institucional se da por el valor y la confianza en las instituciones políticas, así como en el sistema de partidos políticos y la adhesión que estos generan en la ciudadanía, construyendo en la sociedad conciencia de pertenencia y participación. Desde la implementación de la consulta popular o el voto obligatorio. Procesos que nunca les fueron ajenos a las mujeres uruguayas.

Con todo este panorama, seria de suponer que la sociedad uruguaya debería ser reticente a la desigualdad, y no solo eso además debería de presentar mejores guarismos de integración femenina al aparato representativo político – partidario, al menos en la región. Incluso no es un dato menos a acotar, como dato estadístico, que las mujeres uruguayas presentar un nivel de educación superior que los hombres, factor que se presume debería influir favorablemente.

¿Cómo se explica entonces que Uruguay sea uno de los países más atrasados en esta temática?

Se puede analizar desde distintas perspectivas:

Lo Cultural

El sistema político es un mundo masculino, creado por hombres y para hombres. Donde la mujer no tiene lugar o lo tiene limitado, mayormente solo a la militancia; esto es porque en nosotras aún hoy recae una fuerte responsabilidad atada con la reproducción social, por ende el cuidado de la familia (niños o ancianos) y con una carga casi total en el ámbito doméstico.
La radical diferencia cultural se explica en que el mundo político al formarse partió de estandarizaciones mal llamadas “valores masculinos”, que son despreocupados de las tareas domésticas, lo que genera más disponibilidad y distinta organización en las tareas inherentes a la actividad política.

Es cierto que hay mujeres que han logrado sortear esta barrera y acceden a lugares decisivos pero son casos excepcionales y donde no les es reconocido su esfuerzo por el sistema político, y a su vez tienen que pagar costos personales como por ejemplo: la masculinización.

Lo Político

En este aspecto es muy importante remarcar que dentro de los partidos políticos uruguayos, existen los sectores o agrupaciones y es aquí donde se confeccionan las listas que se presentar a los comicios electorales, siendo el nuestro lo que se denomina sistema cerrado. Es decir, la ciudadanía no puede elegir libremente entre la oferta electoral sino que tiene que elegir entre listas previamente confeccionadas. En otros países el sistema es diferente.
En Uruguay no hay un sistema único, formal ni siquiera se puede afirmar que sea totalmente democrático, para la confección de listas; y varía según el partido político del que hablemos. Por lo general la toma de decisión pasa por las principales figuras (candidato a presidente, senador, líder) nacionales o departamentales. Donde podemos ver que sus decisiones tienen un alto grado de subjetividad, y que siendo sinceros, siempre mayoritariamente son hombres.
Es aquí donde la mujer tiene que buscar el apoyo necesario para poder posicionarse y lograr se electa (en cualquiera de las instancias que se presenten: internas, nacionales o departamentales). Porque luego de confeccionadas las mismas y presentadas en la Corte Electoral, no se pueden modificar.
Cabe destacar que nuestro aparato político si bien no está muy fragmentado, ya que tenemos cuatro lemas con representación parlamentaria, si existe una gran división a la interna sobre todo del: FA, PN y PC, lo que disminuye la cantidad de candidatos electos por listas presentadas y las chances de las mujeres de acceder a un lugar más visibles y con posibilidades de salir en las listas.

Lo Institucional

Nuestro sistema electoral tiene dos grande rasgos, que son: que todos tenemos la posibilidad de presentar listas y el doble voto simultáneo. En cuanto al primero es una mera norma formal, porque es muy difícil sortear las desigualdades económicas o políticas que se generan, puesto que se busca o pretende la integración de todos al aparato partidario predominante.
El doble voto es: al lema y al sub-lema. Con el primero se elige la fórmula presidencial y con el segundo la integración del Poder Legislativo, con algunas salvedades según se refiera al Senado o a la Cámara de Representantes.
La conclusión de todo lo expuesto anteriormente, es que evidentemente se genera en el sistema una visión de géneros sesgada, que ayuda a la exclusión de las mujeres de dichos lugares, por lo que se afirma que la igualdad planteada en las normas sigue siendo sólo a modo de formalidad y no en los hechos.

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