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El fin de la infancia

28/06/2013 Sin Comentarios

Lincoln Maiztegui Casas, El Observador 22.06.2013

Brasil está “indignado”; pero en cantidad, a juzgar por las noticias que traen los cables y las anécdotas de algunos viajeros que se habían ido a pasar unos días a San Pablo o Río de Janeiro. Centenares de miles de manifestantes recorren las calles de esas dos colosales urbes, y de otras menores, protestando.

¿Contra qué? Contra la carestía, la inefectividad de los gobernantes, la corrupción, el despilfarro y la mar en coche. Todo parece indicar que la ola de movilizaciones no tiene adscripción partidaria concreta; cuando alguno de los manifestantes asoma una insignia política, es inmediatamente abucheado por los demás. El fenómeno, que no es aislado (recuerda otros similares ocurridos en Europa hace poco más de un año), es, en cambio, sorprendente; si bien los índices de aprobación del actual gobierno de izquierda que preside Dilma Rousseff continúan siendo altos, la tendencia es claramente a la baja (de 63% en marzo a 55% en la actualidad).

Y todo ello en un marco económico favorable, a mil leguas de los índices inflacionarios y la desocupación que se vivieron hace algunas décadas. La gente salió a la calle, convocada por una organización denominada Pase Libre, a protestar por el alza del precio del transporte urbano, que pasó (en San Pablo, por ejemplo) de 3 reales a 3,2. Pero la gravedad de la situación no puede explicarse por ese aumento casi insignificante.

Pruebas al canto: la medida se ha dejado sin efecto, pero las protestas no han cedido. Se levantan airadas voces contra la corrupción, en demanda de mayores inversiones en la salud, en tono de denuncia contra la situación de la enseñanza y como queja ante lo que se consideran gastos superfluos que deberían evitarse, como la organización de la Copa Confederaciones, o el Campeonato del Mundo de Fútbol previsto para el año próximo. Aunque se habla de movilizaciones pacíficas, los cables dejan poco margen para creerlo: vehículos incendiados, calles interrumpidas con neumáticos, comercios saqueados, denuncias de brutalidad policial. Y no se vislumbra, a estas alturas, una forma de restablecer los equilibrios; la presidenta Dilma Rousseff ha intentado quitar hierro a la coyuntura dándoles prácticamente la razón a los “indignados”: “la voz de la calle tiene que ser escuchada” –sentenció, al tiempo que declaraba su propósito de suspender un previsto viaje a Japón. Y por aquello de poner las propias barbas en remojo cuando se ve al vecino afeitarse, es de la mayor importancia tratar de entender qué es lo que realmente está pasando.

Los hechos muestran que una profunda y hasta el momento silenciosa disconformidad ha ido haciendo presa del pueblo brasileño; pero eso no es todo. A estas alturas, parece claro que una alta proporción de la gente ha dejado de confiar no solo en el gobierno que coyunturalmente tiene, por legítimo que sea, sino también en los partidos políticos (en todos, cualquiera sea su tendencia), en los sindicatos y, en definitiva, en el sistema mismo.

En otras palabras: sectores muy numerosos y activos de la ciudadanía ya no se sienten representados por las organizaciones que ellos mismos se dieron en otros tiempos. No cabe preguntarse de quién es la culpa, señora esta que tiende por doquier a la orfandad: lo que corresponde es alarmarse, porque cuando las masas dejan de confiar en las instituciones democráticas, se genera el caldo de cultivo propicio para las más peregrinas aventuras totalitarias.

Si a la tórrida samba que los “indignados” brasileños están escenificando en la vía pública se une la creciente y cada vez más inocultable bronca de los argentinos, y se hace un paquete común con lo sucedido en el viejo continente muy poco tiempo atrás, no cabe otra conclusión lógica que la de admitir que el sistema democrático representativo está pasando por su momento más difícil en muchas décadas.

El que, hace ya un cuarto de siglo, habló del “fin de la Historia”, le erró, según todas las apariencias, como a las peras. Solo queda preguntarse, con una buena carga de angustia, si somos testigos de una conmoción pasajera, o de lo que el insigne Arthur C. Clarke hubiera llamado el “fin de la infancia”.

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