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El uruguayo de hoy

24/05/2013 Sin Comentarios

Una persona es lo que hace; no es lo que dice ser, es lo que hace. El poeta es el que hace buenos versos, no el que se dice poeta. Con los pueblos pasa lo mismo; no son lo que dicen ser: son lo que hacen, cómo se comportan. Pero también, tanto las personas como los pueblos, son según la manera como enfrentan lo que les sucede.

Si observamos a los uruguayos desde ese ángulo -cómo encaran lo que les pasa- nos vamos a desilusionar un poco: de la garra charrúa y demás distan mucho los hechos. El uruguayo de hoy se ha convertido en un tipo aguantador por antonomasia. Manso de arriba y manso de abajo, como diría el paisano. El uruguayo se ha vuelto tolerador (que no tiene nada que ver con tolerante). La pasividad del tolerador es una mezcla de pereza, incuria y disposición al sometimiento. Son tantas las cosas que el uruguayo viene aguantando que no sé por dónde empezar. Quizás la más gorda, la más humillante, haya sido cuando el gobierno forzó a sus legisladores a desconocer lo que la ciudadanía había dispuesto en dos plebiscitos. De ahí para abajo la lista es larga.

Los uruguayos aceptan mansamente una reforma tributaria que les quita parte de sus ingresos (hasta de las jubilaciones) bajo el amparo de una promesa de rebajar dos puntos del IVA que nunca se cumplió. Toleran que la Universidad de la República esté gobernada o cogobernada por cuerpos que se pasan meses polemizando, con los argumentos más burros disponibles, si le dan o no un reconocimiento a Vargas Llosa. Soportan que una jueza diga que el acusado está obligado a proporcionar los elementos de su propia acusación, que una senadora proclame que todos los milicos tendrían que ser frentistas, que el Presidente subordine el derecho a la política y que el espacio público se congestione de tales disparates peligrosos pronunciados con solemnidad. Los uruguayos soportan mansamente vivir bajo la basura, caminar sobre veredas rotas, tener que bancar las pérdidas de la catástrofe de Pluna tan mal manejada. Aguantan la prepotencia de las ocupaciones impuestas por minorías sobre los que quieren trabajar, toleran la invasión de plazas y de los espacios públicos por espectros de miseria y abandono que el gobierno no sabe amparar.

Los montevideanos han soportado mansamente el colmo de la dominación: en Montevideo siguen votando intendentes calamitosos según la consigna autoritaria del apuesto Presidente de Ancap el cual les dijo hace unos años algo así como: “ustedes no se preocupen por el candidato: voten el que les pongamos y no fastidien ni se hagan los interesantes; ya se sabe que aunque pongamos una heladera ustedes la votan igual”. Y así sucedió, como estaba previsto y dispuesto. Y los uruguayos siguen definiéndose por lo que toleran; soportando la obtusa inoperancia de una Cancillería que adula al gobierno argentino, no recibe nada a cambio, y no se le ocurre otra alternativa que seguir en la misma obsecuencia.

Los niños no aprenden en las escuelas, el correo no reparte las cartas, los enfermos no son recibidos en los CTI, y la población es asaltada en sus casas o en la calle, pero el uruguayo soporta. Manso. Resignado. Incorporando la pasividad a su identidad, refugiado en los versos con que lo sojuzgaron, agacha la cabeza, rezonga (bajito para que no lo oigan), paga sus impuestos y la cuota del televisor, sueña con la semana de turismo y espera la jubilación….

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