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Desafíos y dilemas criollos

02/05/2013 Sin Comentarios

Hernán Bonilla, Economía y Mercado – diario El País

La política económica del gobierno y su equipo económico oficial, atraviesa un camino con turbulencias, si se permite la metáfora aeronáutica.

Y es que los últimos meses lo han golpeado en dos aspectos centrales, el de su credibilidad debido al caso Pluna, y en el de su cuestionable conducción debido a los resultados fiscales y monetarios en plena bonanza.

La situación macroeconómica no es preocupante en el corto plazo porque tenemos por delante un año en que, salvo grandes imprevistos, creceremos en el entorno del 3,5%. Hacia fin de año pueden existir sorpresas allende el Río Uruguay, pero eso está por verse. Hoy enfrentamos distintos desafíos y dilemas sobre los que deberíamos detenernos.

EL DESAFÍO FISCAL.

El frente fiscal se deterioró rápidamente durante 2012, al punto de que el Jefe de la Asesoría Macroeconómica del Ministerio de Economía, Andrés Masoller, definió la situación como “bastante delicada”. Queda en evidencia en la estimación del déficit fiscal que fue variando, para peor, con el paso del tiempo. En 2010, en la presentación del presupuesto, el déficit fiscal previsto para 2012 fue del 1% del PIB. Cuando se presentó la Rendición de Cuentas de 2011, el año pasado, la previsión aumentó al 1,7%, más tarde al 2,2%, para alcanzar finalmente el 2,8%, el peor resultado desde la crisis de 2002. La expansión de la deuda bruta del sector público también ha sido preocupante, duplicándose desde 2006 (pasó de 14.611 millones de dólares en 2006 a 31.048 millones de dólares en 2012).

Pero también hay un problema más estructural; el crecimiento durante los últimos años del gasto público por encima de un crecimiento muy importante de los ingresos y del producto marca una política fiscal desenfrenadamente expansiva. Hoy por hoy, cuando ya conocemos de sobra la naturaleza de los ciclos económicos a que está expuesta nuestra economía, es un grave error. La política fiscal se sigue basando en dos supuestos equivocados: que la nueva tasa de crecimiento de largo plazo es del 4% y que se cumplirá inexorablemente todos los años. Eso se deduce del supuesto “análisis estructural de las cuentas públicas” que realiza el gobierno, pero no resiste el más ramplón sentido común. Si se piensa que siempre se va a crecer a una tasa determinada naturalmente que se excluye la posibilidad de que existan problemas, lamentablemente, en algún momento el país va a enfrentar una desaceleración o una recesión y no vamos a estar preparados. Para este año la mediana de la encuesta de expectativas de abril que realiza el Banco Central da una tasa de crecimiento esperada de 3,5%, lo que parece razonable. Si así fuera la divergencia con la nueva tasa de crecimiento de largo plazo traería aparejada una recaudación menor a la esperada y por lo tanto un “espacio fiscal” menor al previsto. Esto va a ser más déficit fiscal y mayor endeudamiento.

El Ministerio de Economía nunca logró justificar su modelo, ni en las comparecencias parlamentarias ni ha respondido los pedidos de informe que se le han formulado al respecto. La razón es clara, no tienen cómo hacerlo. Pero las consecuencias también son evidentes: el país asume costos financieros enormes debido a la imprudencia fiscal y en caso de un cambio en la fase del ciclo, la vulnerabilidad es muy alta.

EL DESAFÍO MONETARIO.

El principal desafío de corto plazo que enfrenta la administración, según sus propias declaraciones, es la lucha contra la inflación. Uruguay es el país con la tercera inflación más alta de América Latina, después de Venezuela y Argentina. El Banco Central ha tirado la toalla y ya ni intenta cumplir con el objetivo que se fija, entre el 4% y el 6%. En la práctica opera otra barrera del 10%, y es hacia fin de año cuando se acerca a esa cifra que vemos un despliegue de medidas heterodoxas de dudosa eficacia real, pero que afectan al índice de precios al consumo. Las medidas que ha tomado el Banco Central de signo contractivo, tanto la suba de la tasa de política monetaria cuanto las subas de las tasas de encaje, demuestran la preocupación por el tema de la autoridad monetaria.

Sin embargo, notoriamente ha sido ineficiente para frenar la inflación pero sí ha afectado el tipo de cambio. Según las estadísticas del propio Banco Central, la competitividad medida a través del tipo de cambio real se encuentra en un nivel históricamente bajo y solo las intervenciones en el mercado de cambios han impedido que el dólar bajara aún más. Es claro entonces que solo con la política monetaria no se puede frenar la inflación y existe un importante problema de coordinación, como veremos en seguida.

El otro problema vinculado es la política de ingresos, en particular los aumentos salariales desvinculados de su productividad. Los aumentos salariales no son inflacionarios per se, lo son cuando no reflejan aumentos de la productividad. El impacto del funcionamiento de los Consejos de Salarios bajo la ley de 1943 evidentemente le da al sistema una rigidez y desconexión con la realidad que atentan contra su buen desempeño.

LOS DILEMAS.

Como vimos, hay varios frentes abiertos. Una pésima política fiscal que explica el actual Estado elefantiásico, una enorme vulnerabilidad ante shocks negativos, altos costos financieros, una ineficiente política monetaria para contener la inflación y una política de ingresos incoherente. A lo que debemos agregar la pugna entre una política fiscal fuertemente expansiva contra una política monetaria contractiva. El Banco Central gasta pólvora en chimangos apretando aún más la canilla monetaria mientras el Ministerio de Economía conspira para lograr controlar la inflación. Es claro, entonces, que la solidez de la política macroeconómica en general no es la que pintan Lorenzo y compañía, sino que la situación es bastante más comprometida.

Afortunadamente para el país, la suerte estuvo de nuestro lado (de la del gobierno y de todos los uruguayos) y no hemos padecido golpes severos desde el exterior. También es de orden reconocer que el disparatario criollo (contradicciones del presidente Mujica, nuevos impuestos, protosocialismo, etc.) es un juego de niños comparado con el de Argentina.

Pero nuestro único dilema no es la incoherencia intrínseca de la política económica, también lo es el rumbo que seguimos. Retomando una vieja pregunta que cada tanto vuelve al debate vernáculo: ¿a dónde vamos? Porque el dilema esencial es que no sabemos qué país queremos. Ni seguimos un camino de desarrollo a la chilena ni nos enfilamos al infierno kirchnerista-chavista, seguimos a la uruguaya, haciendo la plancha, durmiendo la siesta frente al mar. No hemos hecho la inversión en infraestructura imprescindible para sostener el desarrollo, la reforma de la salud es un caos y la tributaria envuelve cada vez a más uruguayos aumentando la presión fiscal. Una mención especial merece la reforma educativa de Vázquez que cada vez obtiene peores resultados pese al aumento del presupuesto. Nuestras cifras están entre las peores del continente y casi todos los países de América Latina nos pasaron o están por hacerlo. El sistema político no tiene derecho a desconocer este fracaso que condena como ningún otro el futuro de decenas de miles de uruguayos.

En definitiva, los números hoy nos dan bien, pero vamos rematadamente mal. No hay un tema esencial, incluidos los que tienen una incidencia directa sobre el crecimiento económico, en que hayamos avanzado en la bonanza más grande de los últimos setenta años. Es necesario dejar de escuchar los cantos de sirena del equipo económico oficial que han logrado encantar hasta a buena parte de la oposición y ver el panorama real que enfrenta el país con visión de futuro. Ya desperdiciamos una etapa excepcional para realizar las reformas de fondo que nos colocaran rumbo al primer mundo. Resta por verse si, además, nos van a llevar al naufragio o la suerte nos ayuda a llegar a la orilla, seguramente con otra tripulación.

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