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El camino de la intolerancia

12/04/2013 Sin Comentarios

Jaime Mario Trobo

Hace tiempo ya que en el ambiente social y político del Uruguay se respiran aires de intolerancia. Duele constatarlo y duele decirlo.

Son muchas los síntomas de esta enfermedad progresiva, algunos sutiles, otros explícitos y groseras, todos concurrentes a degenerar en un mal que no queremos para el Uruguay.

No hace mucho tiempo un Jefe de Policía reclamó al titular de una empresa que abandonara las instalaciones de su propiedad para que, a sus anchas, un sindicato las ocupara. El partido de gobierno FA ha desconocido sendos pronunciamientos ciudadanos en temas de alta sensibilidad, sin respetarlos, porque ha querido sacarse las ganas. Los mismos no han reparado en la separación e independencia de poderes y han propiciado adonadas a la Suprema Corte de Justicia. En el Parlamento se aplican las mayorías para sancionar normas claramente inconstitucionales, otras de pésima redacción y con procesos de discusión inexistentes o mínimos que no garantizan transparencia. Las más altas jerarquías políticas intervienen en la política electoral, cuando lo tienen prohibido expresamente, y en ocasiones utilizan los espacios y el dinero oficial para insultar y despreciar a las minorías políticas. Se utilizan sin límite ríos de dineros públicos para propaganda injustificada y tendenciosa.

Esta lógica de presión sobre las instituciones y la sociedad en general, también es practicada por colectivos sindicales, ongs temáticas, grupos de presión y lobbies que defienden intereses sectoriales con rasgos autoritarios, que escudan sus exigencias al amparo de una legitimidad y justificación indiscutida para ellos. Quien osa discutir o analizar críticamente las reivindicaciones planteadas, ingresa en la categoría de insensible, alejado de la realidad o del “pueblo” y pasible de ser condenado socialmente.

Así como son muchas las señales de fuerza o de presión de este autoritarismo incipiente, lamentablemente, empiezan a ser también muchas las señales de debilidad de los actores políticos con responsabilidad en el tratamiento y dilucidación de los temas importantes para el país. Es habitual escuchar “no te escraches”, “es un tema menor”, “aparecerás como intransigente”, etc., etc. , “no te metas con tales o cuales porque perdés”.

Algunos que estarán leyendo podrán identificar que eso pasa con gente influyente en todos los sectores y aún partidos. Los lobbies imponen su moral, sus reclamos, sus proyectos, y quien no los admite corre riesgos.

No es menor que en las horas en las que se trataba en Diputados la ley que a nuestro juicio desnaturaliza el “matrimonio”, algún parlamentario partidario de esa opción, colgara al frente del edificio José Artigas del Poder Legislativo una bandera que expresa visiones ideológicas parciales y para nada comprensivas. Tampoco es menor que el Presidente de la Asamblea General y administrador de los bienes del Poder Legislativo haya podido concretar que ese símbolo se retirara para que se respete la libertad de todos los orientales. Tampoco es menor que el partido FA no haya sido capaz de trasmitir al parlamentario responsable que su comportamiento no correspondía y actuara en consecuencia retirando de inmediato el símbolo. El que lo hizo, quienes lo toleran, y quienes no asumen su responsabilidad para retrovertirlo, padecen de esa enfermedad que avanza, la intolerancia, que muchos males puede causar.

Yo no estoy dispuesto a callar mi indignación. Tampoco a consentir “el campo orégano” a la presión de interesados y desinteresados, y no debatir y señalar en cada caso, cuando los síntomas de este mal se manifiestan.

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