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INCApaces

21/12/2012 Sin Comentarios

Alejo Umpiérrez

De lo más hondo de la craneoteca de izquierda y aguzando la pluma, como venido de una novela de Tolkien, amenaza surgir un esperpento llamado INCA. Este Instituto de Cannabis, cuyo proyecto con 37 artículos entró para su estudio al Parlamento, es un resumen de la visión del mundo de la izquierda. El disparatario es casi para un tira de humor de Quino o una columna de Kid Gragea y se rige por la clásica premisa de la paleozoica mentalidad progresista: “lo que se mueva, estatízalo”. Aunque ahora el inefable “Pepe”, vista una encuesta que da un 64 % de rechazo al proyecto, dice que hay que guardarlo hasta nuevo aviso. Otra más en el país de “como te digo una cosa, te digo la otra”. Y van…

Ante un subsector del problema de los narcóticos el Frente Amplio nos propone aumentar el problema como si el mismo ya no fuere suficiente. Diversos estudios demuestran que el mayor porcentaje de consumo de estupefacientes lo es de la marihuana y es éste el consumo menos “problemático”; mientras que la pasta base si bien es minoritaria, es la más compleja por su localización, contexto social y criminalidad violenta. Por ello se trata de mantener al margen a los primeros de los segundos y del resto de las drogas más duras, alejándolos de las “bocas” y del llamado efecto “góndola”

La premisa es correcta pero el martillazo no da en la herradura. En primer lugar se intenta formar un registro de consumidores – exteriorización de la manía autoritaria connatural a buena parte de la izquierda con su complejo de Big Brother –, que estos lo hagan por receta médica, que vayan a un dispensario, que se les dé hasta 40 grs. máximo por mes, se harán certificaciones de calidad de la semilla, y un largo etcétera en esta parafernalia digna de un film de Woody Allen.

El otro lado de esta entelequia es que existirá una producción estatal de marihuana lo que entra en el reino del absurdo, donde quién se halla a cargo del combate contra las drogas se convertirá en uno de los primeros narcotraficantes del Uruguay ya que si multiplicamos los 40 gramos mensuales por unos 20.000 consumidores nos da casi 10.000 ks. líquidos de cannabis al año. Si se concesionaria a particulares ya nos imaginamos “menguadas” producciones, desvíos transfronterizos cuando los precios lo estimulen, etc. Es una lógica inevitable.

Pero esto tiene otra faceta más – muy afecta a la esencia de la izquierda – y que se traduce en que habrá que plantarla (dicen que la concesionarían), habrá que controlarla, tener una sede central, 18 en el interior, funcionarios administrativos, inspectores, vehículos, celulares, viáticos, equipamiento, mobiliario. ¿Cuántos cargos nuevos se crearán?; ¿100?,¿ 500?, ¿1000?; ¿más quizás? Echado a andar el mecanismo, todo será cuestión de tiempo. Muchos escritorios y más sellos. Obviamente habrán congresos en el exterior donde naturalmente se trasmitirá tan genial ocurrencia y las pertinentes reciprocidades tan propias del mundo de las ONG y de la currocracia de izquierda (otro de sus vicios peremnes), donde los dineros públicos solventarán tales encomiables esfuerzos. Como si no fuera poco sostener 30000 empleados públicos nuevos en los últimos 8 años.

En el otro extremo del razonamiento está el otro elemento oculto: más impuestos. Y los uruguayos estamos hartos de impuestos sin destinos y nadie – cualesquiera que sea su ideología – está dispuesto a pagar para solventar un vicio privado de terceros.

La solución es clara y sencilla y parte de confrontar el pensamiento liberal con el estatista y dirigista. Las respuestas conservadoras – que apoyaríamos si hubieses sido exitosas – a este fenómeno son simplemente la represión, con el fracaso ya constatado.

¿Entonces qué hacer?

La respuesta es siempre la misma: la libertad.

Filosóficamente si alguien quiere autoinfligirse un daño es parte de su autonomía personal. La normativa vigente de la ley madre No. 14294 prevé que el consumo no es castigado y sí la producción y comercialización. La pregunta que quedó sin respuesta en dicha norma es monstruosa: ¿cómo se consume sino se compra a un “dealer”? Esta contradicción ínsita en la norma que se traslada a la vida de los consumidores debe ser resuelta.

Para ello debe de autorizarse el autocultivo de marihuana como una suerte de mal menor, sin institutos, sin funcionarios, sin más tributos, sin cultivos estatales o concesionados de marihuana, sin nada extra. Es el milagro de la libertad, ese desconocido para los lóbulos burocráticos de la izquierda; todo ello sin perjuicio de que el estado asuma – como debe de ser – políticas sanitarias de profilaxis y educación, de igual manera que lo hace con el alcohol y el tabaco.

La norma prevista va al fracaso porque los consumidores no desean ser etiquetados socialmente por su consumo y mucho menos registrados y estigmatizados. El mercado negro seguirá igual y lo que quieren evitar no será evitado.

Este proyecto parece haber sido producido bajo los efectos alucinógenos del instituto que intentan promover. Esperemos que algún grado de lógica perviva aún dentro de la mayoría parlamentaria de la izquierda para poner un parate a este proyecto.

En definitiva, lo del título.

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