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¿Qué nos está pasando?

21/12/2012 Sin Comentarios

Editorial, diario El País – 20.12.2012

La mirada traviesa, la sonrisa cómplice, el cerquillo tal vez demasiado largo. Las pocas fotos conocidas de Adam Lanza no permiten identificar nada fuera de lo común, nada perturbador, en un joven estudiante de liceo. En este caso de Connecticut, pero podría haberlo sido en Madrid, en Bogotá o en Malvín. Sin embargo, ese joven se levantó un día, le pegó cuatro tiros a su madre mientras dormía, luego fue a su escuela armado a guerra y asesinó a 5 profesores y a 20 niños.

Lo más llamativo de estos casos, demasiado frecuentes en este mundo civilizado y pacífico del siglo XXI, es justamente la falta de razones. Era un hijo de padres separados, como tantos, vivía en uno de los estados más ricos de EE.UU., era tímido, pero sus conocidos decían que era inteligente, incluso su hermano es un exitoso profesional. Al buscar con desesperación algún síntoma, algo que nos haga sentir que eso no puede pasar en nuestro barrio, un diario local destacó que Lanza “no tenía perfil en Facebook”.

Como cada vez que sucede uno de estos incidentes, la mayoría de las veces en Estados Unidos (aunque últimamente han habido casos en Francia, Alemania, y otros países europeos) la reacción aldeana y conformista del uruguayo medio, descarga su habitual retahíla de lugares comunes: “Estos gringos están locos”, “hay que prohibir las armas”, “esas cosas pasan en los países ricos”. Sin embargo esta vez no fue así. En el mismo fin de semana, dos incidentes tan violentos como absurdos dejaron en evidencia que, como sociedad, estamos lejos de ser inmunes a la enfermedad de la violencia.

Primero fue el incidente en un partido de basquetbol entre Cordón y Welcome, donde supuestos hinchas0 se enfrentaron a tiros a la salida de la cancha. Como si eso no fuera suficiente muestra de idiotez criminal, una joven médica de Durazno, que cometió la audacia de asomarse al balcón para pedir a los descerebrados que peleaban abajo que no rompieran su auto, fue asesinada por la espalda de un balazo calibre 38. Todo a metros de la sede de la temible Guardia Metropolitana, fuerza de elite de la policía nacional, que nunca se dio por aludida.

Casi tan lamentable como el episodio en sí, fueron las reacciones de las autoridades de ese popular deporte. Más preocupados por sacarse las culpas de encima que por hacer justicia o poner freno a este tipo de hechos, intentaron desvincularse del mismo, diciendo que como ocurrió fuera del estadio, ellos poco tienen que ver. Repugnante.

Cuando todavía la sociedad intentaba digerir esa noticia, otro suceso sacudió a la opinión pública. Una joven que salía de un local bailable tuvo un entredicho con otro grupo de chicas por ver quien tenía más derecho al primer taxi que pasó por allí. La discusión derivó en que el grupo de cuatro energúmenas le diera una paliza feroz a la joven, que debió ser internada en un hospital con severas lesiones. Todo ante la bochornosa pasividad del señor taxista, que luego transportó a las agresoras hacia un asentamiento como si nada hubiera pasado. El caso tomó mayor estado público porque la agredida denunció que detrás del mismo hubo causas raciales. Un motivo para elevar unos grados más la temperatura de hervor de la sangre al conocer lo despreciable del episodio.

Todo esto nos deja en claro que como sociedad estamos atravesando un momento tan delicado como peligroso. En lo que se supone es la etapa de mayor prosperidad material que haya vivido el país en décadas, nos hemos acostumbrado a convivir con una violencia estructural inaceptable. Y lo más inquietante es la respuesta que estamos dando en conjunto. Mientras la delincuencia azota al país como nunca, desde el ambiente político se discute amargamente acerca de si tal cifra está bien, o hay que elevarla un poquito más. Mientras 200 mil uruguayos viven en asentamientos, las autoridades discuten si pedir o no algo a cambio de los planes sociales. Mientras la educación pública se cae a pedazos, nuestra dirigencia se pelea para crear una nueva universidad “tecnológica” que nadie sabe que va a enseñar ni a quién. Y mientras la situación de violencia social crece día a día, nos enfrascamos a discutir sobre el “matrimonio igualitario”, el aborto, y la legalización de la marihuana.

Y aquí no vale sacarse el sayo y culpar a “los políticos”. Si algo se puede decir de la “clase política uruguaya” es que para bien o para mal, es fiel representante de la sociedad actual.

El problema está en nosotros. Y en nosotros debería estar solucionarlo.

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