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El “gobierno de los viejos”

23/11/2012 Sin Comentarios

Editorial, diario El País – 20.11.2012

Durante la campaña que llevó a Jorge Batlle a la presidencia, la entonces secretaria general de la intendencia de Montevideo, María Julia Muñoz, intentó descalificarlo como candidato porque era “viejo”. Para ese entonces -1999- Batlle tenía 72 años, alguno menos de los que más adelante cargaría sobre sus hombros José Mujica al asumir ese cargo y la misma edad que hoy tienen Tabaré Vázquez y Danilo Astori.

Ahora es seguro que a Muñoz no se le ocurriría descartar por vejez a ninguno de sus compañeros, integrantes de un Frente Amplio que según propaló desde siempre llegó para renovar -incluso en lo generacional- a la política uruguaya. Un proceso de cambio que, por lo visto, no comprende la edad promedio de sus dirigentes que suelen ser más añosos que sus pares de otros partidos.

En la cámara de Diputados, por ejemplo, los partidos tradicionales exhiben una edad promedio diez años menor que la bancada de izquierda. Aunque más atenuado, ese mismo contraste se anota en el Senado y en los cargos de gobierno comparando las últimas administraciones, de acuerdo a una investigación de Miguel Serna y Eduardo Bottinelli. Según ellos, el promedio de edad de los diputados del Frente Amplio oscila entre los 51 y 56 años, mientras que sus senadores y miembros del gobierno se acercan a los 60 años.

Esto pasa en Uruguay, la sociedad más avejentada de América Latina, con la mayor proporción de mayores de 60 años, que se ha dado, como suele decirse con imprecisión técnica, una “gerontocracia”, o sea un gobierno de viejos. Aunque el Frente Amplio se lleva la palma, esta característica abarca también a los partidos tradicionales, sobre todo mirados en la comparación internacional. En un mundo en donde Obama fue electo presidente por primera vez a los 47 años, edad que hoy tiene el presidente de Rusia, Dimitri Medvedev, tanto José Mujica, como Jorge Batlle en su momento, llaman la atención.

Por supuesto, la edad de un gobernante no define la calidad de una gestión. Sobran ejemplos de ancianos líderes que guiaron a sus naciones por la buena senda en los momentos más difíciles como fue el caso de Konrad Adenauer quien gobernó Alemania hasta los 87 años. De todos modos, es difícil sostener que la edad avanzada sea lo más recomendable para un presidente como acaba de hacerlo José Mujica en una entrevista con Búsqueda. Según él “es bueno que los presidentes sean viejos” porque poseen “experiencia” y acumularon “sabiduría” porque “vivieron más”. Agrega que si se observa la Historia se verá que “los ancianos siempre jugaron un papel central” y cita el modelo de la Iglesia Católica con su colegio de cardenales que “es un colegio de viejos”.

En suma, Mujica sintetiza así su receta para gobernar: “viejos conduciendo equipos de jóvenes”, que es lo que él -a juzgar por sus propias palabras- hace a diario desde la presidencia al frente de un equipo juvenil en donde resaltó al prosecretario Diego Cánepa, al director de Planeamiento y Presupuesto, Gabriel Frugoni, y al subdirector, Jerónimo Roca.

La propuesta de Mujica es inaceptable. El gobierno de ancianos pudo ser una buena fórmula en el pasado cuando la estabilidad era la mayor virtud y las instituciones y la orientación de las sociedades permanecían invariables en el tiempo. Hoy, en un mundo tan cambiante que premia la innovación y la incorporación de nuevas tecnologías, es difícil sostener que los gobernantes añosos sean los más dotados.

Que nuestro país tenga su población avejentada no significa que su presidente deba reclutarse entre los más mayores de los adultos mayores. Esta situación pudo darse con Jorge Batlle y con Mujica en base a las circunstancias y condicionantes del momento, pero pretender que esa sea la norma es un error. La Historia, precisamente, enseña que la renovación en los cuadros dirigentes y el acceso de los jóvenes a posiciones de mando muchas veces resulta indispensable.

Mujica erra al postular su manera de gobernar como la mejor para el país, habida cuenta de los fallos y tropezones de su propia gestión. Extraña tanto que haya dicho eso de forma tan enfática que la única explicación es que elogió el gobierno de los viejos no sólo pensando en sí mismo sino en un eventual sucesor de edad provecta: Tabaré Vázquez.

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