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Diez años de milagro

09/11/2012 Sin Comentarios

Pablo Da Silveira, diario El País -  06.11.2012

El Liceo Jubilar está cumpliendo 10 años. Enclavado en la Cuenca Casavalle, en una de las zonas del país con peores indicadores sociales y educativos, los logros de esta institución de 200 alumnos no dejan de asombrar. Allí donde se registran los mayores índices de abandono, el Jubilar no tiene deserción. Allí donde las tasas de repetición son siderales, las del Jubilar rondan el uno por ciento. Allí donde muy poca gente aprende, evaluaciones externas muestran que los alumnos ingresan al Jubilar con importantes carencias educativas y salen con logros similares a los de los alumnos de liceos públicos de zonas favorecidas. No por casualidad muchos hacen Bachillerato, y un grupo importante logra buenos desempeños en colegios privados de renombre que les ofrecen becas.

El Jubilar ha cambiado la vida de cientos de chicos que parecían condenados a una existencia sin oportunidades. También se la está cambiando a sus padres, porque ahora se ofrecen cursos para adultos. No es infrecuente que un alumno y su padre estén cursando el mismo año de secundaria en el Jubilar. Sólo que uno lo hace de día y otro de noche.

Además de ser un milagro que mejora la vida, el Jubilar es una piedra en el zapato del establishment educativo. Todas las explicaciones a las que se apela para justificar el fracaso quedan fuera de lugar. Todos los estudiantes del Jubilar vienen de hogares que están por debajo de la línea de pobreza (se trata de un colegio privado, pero gratuito). Muchísimos han crecido en hogares monoparentales y viven en condiciones precarias. La educación primaria que han recibido es similar a la que reciben los demás chicos de la zona. Pese a eso, en el Jubilar se aprende, hay un clima armonioso y no existen problemas graves de disciplina.

Las reacciones del establishment han variado a lo largo del tiempo. Durante años la estrategia fue ignorarlo. Todo funcionaba como si el Jubilar no estuviera allí, interpelando el funcionamiento “normal” de nuestro sistema educativo. Cuando el reconocimiento de la institución hizo imposible mantener esa línea, se intentó descalificarlo. Se sostuvo que el presupuesto del Jubilar era mucho más alto que el de un liceo público, y que selecciona a sus alumnos.

Pero la verdad es que el presupuesto del Jubilar es modesto, hasta el punto de que sus docentes no ganan más, sino menos, que los de la enseñanza pública. Y la verdad es que el Jubilar no pone ningún criterio de selección académica. Sólo se exige no más de dos años de extraedad (es decir, no pueden entrar a primero chicos mayores de 14) y un fuerte compromiso familiar. La primera condición también rige en la enseñanza pública, pero por una vía más perversa: en las zonas carenciadas, los alumnos con extraedad son los primeros en abandonar. Lo segundo no es un dato asegurado de antemano, sino algo a lograr. El Jubilar lo consigue, otros no.

El último argumento usado por los defensores del establishment es que el Jubilar es irrepetible porque su éxito está ligado al carisma personal de su director, el sacerdote Gonzalo Aemilius. Tal vez sea el momento de mostrar que eso tampoco es cierto. Una decisión del arzobispado de Montevideo acaba de asignarle a Aemilius otra tarea. En muchos sentidos es una pena. Pero, si la decisión no se revierte, será la oportunidad de mostrar que el Jubilar funciona porque su modelo educativo es mejor.

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