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Saravia y la libertad

07/09/2012 Sin Comentarios

Hernán Bonilla

Estamos en el período que va del disparo de Masoller el 1 de setiembre de 1904 al 10 de setiembre en que Aparicio Saravia entró en la inmortalidad. Más de 100 años después Saravia se ha convertido en el máximo exponente del caudillismo no sólo para el Partido Nacional sino para el país entero. Pero es mucho más que un caudillo, hoy es un símbolo de valores centrales por suerte ya no sólo de los blancos sino de los uruguayos, como la democracia real expresada a través del voto libre. Vaya paradoja para un país en que estamos acostumbrados a dividir a nuestros prohombres entre caudillos y doctores, los primeros con arrastre popular y los segundos con ideas, este caudillo que peleó y dio su vida no por ambición de poder, sino por un ideal.

A lo largo de toda su vida Saravia fue dejando una estela de grandeza, por encima de toda consideración partidaria. Desde que acompañó con 13 años la revolución de Timoteo Aparicio escapándose del colegio montevideano al que lo habían enviado sus padres, su vida estuvo al servicio de las causas justas. Su ascendencia, como la de todo caudillo, se basó siempre en esa desentrañable cualidad que tienen los jefes de lograr la adhesión personal con pasión y entrega. Su revolución fue por ideas y valores, eso es incuestionable, pero la gente que lo siguió confiaba en el conductor que encarnaba la mejor tradición de la vieja divisa blanca. La prueba contundente es el desbande de la montonera luego de que Saravia fue herido de muerte en Masoller.

Pero lo que marca la particular paradoja de las revoluciones saravistas es que no eran por el poder ni con el afán de derrotar al enemigo. Lo demuestra el que lo siguieron intelectuales jóvenes e idealistas como Luis Alberto de Herrera, Carlos Roxlo, Florencio Sánchez, Javier de Viana y tantos otros. Saravia siempre evitó el conflicto bélico y buscó llegar por la negociación a acuerdos que hicieran viables las aspiraciones políticas de medio país. Las veces que no tuvo más remedio que ir a la revolución fue porque se violaron acuerdos que comprometían la coparticipación y las precarias garantías de pluralismo democrático de la época. Cabe recordar que antes de la última y fatal revolución de 1904 la paz se creía alcanzada cuando Batlle decretó el “Ya es tarde”.

La movilización lograda por Saravia fue impresionante, con la simple convocatoria del caudillo se juntaban miles de personas en unas horas. La “protesta armada” de 1903, cuando logra juntar en tiempo récord a 20.000 hombres en Nico Pérez, es la demostración cabal del prestigio que había alcanzado. Saravia se había ganado la confianza de los suyos en el campo de batalla y en todos los lugares donde actuó. Basta recordar el formidable gesto cuando reunido con el Directorio del Partido, desde 1872 Nacional, le explicaron que no había recursos para la revolución y él contesta sin dubitación tirando sobre la mesa los títulos de sus tierras y expresando “Prefiero dejar a mis hijos pobres y con Patria y no ricos y sin ella”.

Es cierto que Saravia murió sin ver concretados sus anhelos, pero también que sin él no se explica el tránsito hacia la democracia efectiva que lentamente se iría dando. La victoria de Aparicio es de las que van más allá de los hechos en que se desenvolvió, porque en su sacrificio se fundan nuestras garantías electorales. Pero también es cierto que con su derrota militar se frustró otro proyecto de país distinto al que se instaló, “más ligado a sus tradiciones y seguramente más equilibrado” como escribió Mena Segarra.

Saravia es símbolo, pero también es un llamado a la vigilancia permanente que requiere la Libertad. Cuando se la cuestiona, cuando se la limita, cuando se la distorsiona, el poncho blanco de Aparicio nos convoca una vez más a la pelea. Como él en su momento, por los derechos de cada uno, convencidos de que en Uruguay hay lugar para todos.

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