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Pensar en grande

07/09/2012 Sin Comentarios

Pablo Da Silveira, diario El País, 04.09.2012

Tal vez lo único bueno de los grandes desastres es que nos dan mucha libertad. Cuando todo ha fallado y hay pocas cosas que conservar, podemos permitirnos repensarlo todo y buscar un nuevo comienzo. Las soluciones graduales y tímidas simplemente dejan de ser una opción.

Esa es exactamente la situación en la que estamos en materia de enseñanza. Nuestro sistema educativo está mostrando síntomas de una crisis terminal. Hay un modelo institucional que está definitivamente agotado, hay una cultura de gestión que se ha hundido en la impotencia y hay un fracaso casi total de resultados. Todo eso pese al mucho dinero invertido.

Ante este panorama, los actores que hasta ahora controlan la situación están reaccionando de maneras inadecuadas. El presidente de la República tira la toalla, el ministro de Educación y su equipo prefieren negar los problemas, las autoridades de ANEP insisten en mostrar su ineptitud y los sindicatos siguen limitándose trancar todo y pedir más plata. Mientras tanto, la asfixia a la que es sometido el programa ProMejora confirma que el gran cambio difícilmente pueda lograrse desde adentro del sistema educativo, sino que debe venir desde afuera. Dado que no hay ninguna esperanza de cambio de rumbo en lo que queda del quinquenio, tenemos que empezar a diseñar desde ya una política de salvataje a ser aplicada a partir de 2015. Y el primer paso para no repetir errores consiste en aprender a pensar en función de objetivos.

En Uruguay solemos pensar la educación a partir de organigramas (hay que autonomizar UTU, hay que eliminar el Codicen) o en función de planes y programas (hay que eliminar asignaturas, hay que aumentar las horas de clase). En el mejor de los casos pensamos en términos de experiencias piloto que combinan lo institucional con lo pedagógico. Pero todo eso implica confundir los fines con los medios. Lo primero que tenemos que tener claro para diseñar una buena política son los fines que queremos alcanzar. Luego veremos qué medios son los adecuados.

¿Qué objetivos deberíamos proponernos para el fin del próximo quinquenio? Algunos son muy claros. Deberíamos elevar la tasa de egreso de la enseñanza media, al menos en la medida necesaria para alinearnos con los logros de la región (una primera meta sería superar la barrera del 50 por ciento). Deberíamos, asimismo, proponernos mejorar los puntajes en las pruebas PISA, al menos en la medida necesaria para igualar la curva de mejora de un grupo de países vecinos (por ejemplo: Chile, Brasil, Colombia y México; no Argentina, que tampoco en esto es un ejemplo). Deberíamos además mejorar sustancialmente las tasas de inscripción en formación docente (invirtiendo la tendencia de los últimos años) y reducir la rotación de docentes entre establecimientos. Otros objetivos pueden ser más polémicos pero igualmente dignos de consideración. Por ejemplo: aumentar la proporción de estudiantes que optan por la enseñanza media de carácter técnico o tecnológico en relación a la enseñanza secundaria tradicional.

Pensar en función de objetivos tiene varias ventajas. Una es que permite construir acuerdos interpartidarios sin anular la libertad para elegir medios específicos. Otra es que introduce un sentido de urgencia, ya que los objetivos deben ir asociados a plazos de ejecución. Otra, especialmente importante, es que permite evaluar logros.

La asfixia al ProMejora confirma que el cambio difícilmente pueda lograrse desde adentro.

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