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Aumento del Estado e imprudencia fiscal

24/08/2012 Sin Comentarios

Hernán Bonilla

Como es habitual a esta altura del año, el Parlamento se encuentra dedicado al estudio de la Rendición de Cuentas enviada por el Poder Ejecutivo. En este momento se encuentra en el Senado, luego de haber sido aprobada la semana pasada en la Cámara de Representantes. Como ha ocurrido en los últimos años es, además, una rendición profusa en artículos, gasto y temas extrapresupuestales que no deberían incluirse. Pero, sin dudas, lo medular está en la visión de la política macroeconómica que trasunta y en sus consecuencias para la economía nacional. A eso vamos.

En primer lugar, debemos recordar que el incremento del gasto proyectado en la rendición se suma al ya aprobado en el presupuesto y en la rendición del año pasado, vale decir, aunque no se aprobaran ahora nuevas partidas, el gasto aumentaría de acuerdo a lo previsto en las instancias anteriores. En el Presupuesto Nacional votado en 2010 se incrementó el gasto en 1.200 millones de dólares, en la rendición del año pasado se agregaron 75 millones de dólares más y en la presente se suman otros 140 millones, en números redondos.

A grandes rasgos, se continúa la política económica del gobierno de Vázquez en cuanto a aumentos del gasto público por encima del crecimiento del producto, lo que es mucho decir; basta recordar que la tasa anual fue superior al 6% en promedio, y se continuó acumulando déficits fiscales y deuda pública. Una forma de medir el aumento del peso del Estado sobre los uruguayos es la que observamos en el gráfico, a través de los ingresos del sector público no financiero como porcentaje del PIB. De 2008 a 2014 se estima que pasará de 26,2% a 31%. No hay duda de que el costo del Estado ya era grande, ha aumentado y se proyecta que seguirá aumentando, lo que es muy negativo.

A eso debemos sumar el aumento del monto de la deuda que desde 2005 al presente se ha duplicado, pasando de 13.000 millones de dólares a 26.000 millones de dólares. Incluso en relación al producto, la relación era más baja en 2008 (51,3%) que a fines de 2011 (55,9%), una vez más, pese al extraordinario crecimiento de la economía.

Otro dato que da cuenta del crecimiento desmedido del Leviatán uruguayo es el aumento de la cantidad de vínculos laborales con el Estado. Desde 2004 a 2011 se crearon 34.624 empleos públicos, pasando de 229.454 a 264.078.

En cuanto al aumento del costo político, o sea, aquel derivado de la contratación de personal de confianza y similares, los datos también son alarmantes. La cantidad de cargos de confianza se ha duplicado desde 2004, pasando de 137 en 2004 a 271 en 2012, con un costo aproximado en el período de 10 millones de dólares. Las remuneraciones de personal “considerado imprescindible” hasta que se realice la reforma del Estado (léase ad infinitum) son otros 125 millones de dólares. Las partidas de los ministros para contratar adscriptos suman 19 millones de dólares. Si a lo anterior le agregamos los contratos de becarios y pasantes, la creación de cargos y nuevas compensaciones y las partidas para reestructuras estamos en más de 330 millones de dólares para el actual período de gobierno.

Se lo mire por donde se lo mire, el Estado crece en forma exponencial y es por grasa, no por músculo.

La Rendición de Cuentas de este año presenta una novedad: el análisis estructural de las cuentas públicas que, según el ministro Lorenzo expresó en la Comisión de Presupuesto integrada con Hacienda de la Cámara de Representantes es una aproximación hacia una regla fiscal. Por lo tanto, es una buena noticia que se comience a caminar en este sentido, dejando atrás la idea de que se trata de un invento “de la derecha” y se acepte que es una buena herramienta fiscal como lo demuestran alrededor de 80 países en el mundo.

Pero las buenas noticias terminan aquí. El modelo oficial de estimación del resultado estructural parte de supuestos que resultan meras peticiones de principios para llegar a las conclusiones a que se quiere arribar. En particular dos: suponer que existe una nueva tasa de crecimiento de largo plazo de 4% y que ésta se cumplirá todos los años de ahora en más. Naturalmente, con estos supuestos el déficit fiscal, la deuda pública y demás variables fiscales lucen mejor de lo que son, al revés que en todas las estimaciones de los analistas privados. En efecto, las estimaciones más realistas estiman que el déficit ajustado por la fase del ciclo económico es de 2% o 3%. Y sin dudas en los años anteriores debimos alcanzar superávits fiscales dado que el crecimiento fue superior a la tasa de largo plazo histórica o la asumida por el Ministerio de Economía.

A eso debemos agregar que la situación fiscal en lo que va del año se ha deteriorado aún más y el déficit fiscal del año móvil cerrado en junio ascendió a 1,9% del PIB.

El gobierno no ignora que la economía internacional está complicada, pero notoriamente subestima los riesgos. Tanto el Fondo Monetario Internacional cuanto el Banco Mundial han reducido sus proyecciones de crecimiento para el presente año en el último mes y los analistas privados uruguayos o los centros de estudio públicos como el Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República lo han hecho con las proyecciones de crecimiento local.

La estrategia de precaución que ha seguido el gobierno ha sido obtener liquidez a través de líneas de crédito, a lo que llama “holgura financiera”. Ahora bien, el costo estimado de esta estrategia es de unos 200 millones de dólares y es consecuencia directa de no haber seguido una política fiscal prudente en los años anteriores.

En definitiva, como consecuencia de la política económica seguida desde 2005 hoy tenemos algunos de los problemas clásicos del Uruguay agrandados pero disimulados por la bonanza económica. Un Estado sobredimensionado que no puede cumplir con sus funciones básicas pero que se mete en cientos de temas que no le competen, y una política fiscal fuertemente procíclica.

El viento de cola que nos impulsó en los pasados siete años ya no soplará. Argentina, salvo que pegue un golpe de timón que no parece probable, va rumbo al precipicio; Brasil sigue tomando medidas proteccionistas; Estados Unidos no termina de despegar y Europa tiende a la recesión. Ese es el panorama que ojalá no se cumpla, pero para el que tenemos que estar preparados.

En lo interno hoy se hace evidente que no procesamos las reformas necesarias para generar un proceso de crecimiento autónomo. El país no cuenta con la infraestructura indispensable para apuntalar a las empresas; el marco jurídico y el Estado de Derecho se han desdibujado producto de leyes equivocadas, la incertidumbre ha ganado a los inversores y la ley de participación público privada, lamentablemente, no ha funcionado.

La Rendición de Cuentas que el Parlamento está votando, si no se le introducen modificaciones en el Senado, será una nueva oportunidad perdida para tratar de encauzar un rumbo equivocado. Los ciclos económicos fatalmente terminan cumpliéndose como las estaciones del año y hoy estamos desnudos esperando la llegada del invierno. Y allí no habrá excusas ni buenas intenciones que valgan. Cuando las economías entran en la pendiente de la recesión con déficit y deuda elevados, se entra en el círculo vicioso de los ajustes y las caídas cada vez mayores. Hoy el gobierno está a tiempo de corregir el rumbo, mañana solo de decir “me equivoqué”.

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