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El mal trato argentino

04/05/2012 Sin Comentarios

Francisco Gallinal

El solo anuncio – realizado hace ya varios meses – de la posibilidad de celebrar un acuerdo entre Uruguay y Argentina en  los términos que exige la OCDE respecto al intercambio de información tributaria y a la posibilidad de evitar la doble tributación de quienes pagan impuestos en una y otra nación, de inmediato comenzó a generarle dificultades a nuestro país, tanto en materia de inversión como de comercialización de inmuebles.

La presencia de inversores de nacionalidad argentina, y muy especialmente de propietarios  de inmuebles, provienen de la otra margen del Plata. El Uruguay ha crecido, se ha desarrollado, ha sido objeto de nuevos e interesantes emprendimientos en las últimas décadas en su mayoría originados en Argentina. De allí que aquellos anuncios generaran preocupación e incertidumbre en toda esta gente que temía y teme, que las consecuencias de un tratado signifiquen la posibilidad que empiecen a sufrir en Uruguay, la persecución, la arbitrariedad, la falta de respeto a la intimidad, el avasallamiento que sufren en su propia tierra.

El tema traía entonces consecuencias negativas para los argentinos que tienen intereses legítimos depositados, invertidos, a buen resguardo, en nuestro país; y también consecuencias negativas para los uruguayos que comenzábamos a advertir la recesión, el enlentecimiento en una corriente de comercio, de intercambio y de ingresos de divisas que tanto han ayudado desde siempre al Uruguay.

La incertidumbre que generaban los anuncios eran de tal magnitud que muchos empezaron a pensar, con no pocos argumentos, que lo mejor era que de una vez por todas se concretara el tratado de manera de despejar tantas dudas y prepararse para las nuevas reglas de juego. Incluso muchos aspiraban y hasta creían que el gobierno uruguayo iba a defender  sus intereses a ultranza y que por ende, no había mucho que temer; si salía el tratado iba a ser con condiciones que no afectaran el futuro de nuestra nación.

Lamentablemente todos los pronósticos optimistas en la materia se dieron de bruces contra la realidad de un gobierno obstinado, antiguo, atado a compromisos que se desconocen, porfiadamente ideologizado, como el gobierno uruguayo. Un gobierno que de defender la soberanía no entiende nada ya que no solamente se equivoca en el contenido del acuerdo al que se aviene, sino muy especialmente se equivoca en la oportunidad, y entrega infamemente un capital conquistado a lo largo de toda la historia nacional.

Se equivoca en el contenido porque cualquiera sea éste,  nadie, absolutamente nadie en el mundo cree que el actual gobierno argentino vaya a cumplir con sus obligaciones ni a respetar los términos del entendimiento. No es ésta una presunción ni mucho menos una afirmación temeraria, así lo demuestran los hechos de los últimos nueve años.

Pero muy especialmente el gobierno uruguayo fue inoportuno. En el preciso momento en que Argentina le traba sus exportaciones, cuando intenta condenarnos internacionalmente a través del Presidente francés inducido por la Presidenta Kirchner, en circunstancias en que hasta el Presidente y el Canciller uruguayos empiezan a preguntarse hacia dónde va el Mercosur, ceden a la presión y se avienen a estampar su firma al pie de lo que se impone, y no de lo que se acuerda.

En momentos en que la Argentina envía una señal al mundo a través de la nacionalización de Repsol, de que no está dispuesta a detenerse ante nada ni nadie,  en estos momentos tan peculiares y tan peligrosos para la región, el gobierno uruguayo dice “SI”, y de esa manera desalienta, pero muy especialmente desperdicia una oportunidad preciosa de enviar también una señal al mundo que diga, una vez más, como a  lo largo de toda la historia:

Uruguay honra sus compromisos sin límites de espacio ni de tiempo.

Una vez más se hace cierta aquella frase de que cada uno elige el árbol en el que se va a ahorcar.

 

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