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Carta del Diputado Abdala al Presidente Mujica

23/03/2012 Sin Comentarios

Sr. Presidente de la República
Don José Mujica

Presente.-

De mi mayor consideración:

He recibido vuestra amable invitación para el acto que se desarrollará el próximo miércoles 21 en la Sala de sesiones de la Cámara de Representantes y de la Asamblea General, y que Usted encabezará en su condición de Jefe de Estado. Después de haberlo meditado con el detenimiento que el acontecimiento merece, y en el ejercicio de la libertad de acción que ha habilitado mi Partido, he decidido no asistir a la convocatoria señalada y, además, hacerle conocer por escrito los motivos determinantes de mi actitud.

La decisión del gobierno de la República, en el sentido de cumplir el fallo internacional  pronunciado en la causa “Gelman vs. Uruguay”, es irreprochable. Sin embargo, la forma de asumir dicho cumplimiento, esto es, el acto que se ha proyectado en el escenario solemne del hemiciclo parlamentario, con la presencia en él de los representantes de los tres poderes del Estado y de los Comandantes en Jefe y los oficiales superiores de la Fuerzas Armadas, parece – al menos – desproporcionada para lo que estrictamente debería ser el acatamiento de una sentencia judicial.

La trágica desaparición de María Claudia García de Gelman, y el pronunciamiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos a que diera lugar, por cierto, no constituyen episodios aislados, que puedan con facilidad quedar encapsulados en la definición jurídica del “caso concreto”. Por el contrario, se inscribe aquella, como todas las de su mismo tenor, en el dramático proceso histórico de violencia política que nuestro país vivió, que fue de variado signo – siempre ilegítimo – y que tanta destrucción, muerte y dolor provocó. Pero que no empezó precisamente desde el Estado, sino a partir de la acción de determinados grupos que prefirieron el uso de las armas y despreciaron la vía democrática para encauzar su actividad.

Por esa razón, los símbolos que se construyan y las señales que se emitan ahora desde el Estado, más allá del legítimo derecho del gobierno a impulsar su política de derechos humanos, deben adoptarse cuidadosamente. Tengo, señor Presidente, la sincera impresión, por lo que se sabe y ha podido conocerse con anterioridad, de que la instancia del miércoles venidero producirá efectos más allá de lo jurídico y también del expediente específico al que dicho “acto procesal” está destinado a incorporarse.

Advierto que esos mensajes, y la simbología que los acompaña, abonarán una lectura hemipléjica e incompleta de los hechos recientes que enfrentaron a los uruguayos, según la cual solo hubo víctimas de un lado, y desde un solo lado se debe asumir la responsabilidad o pedir perdón. Y eso, además de ser injusto y de estar reñido con la verdad histórica, puede resultar tremendamente perjudicial para superar el pasado de una vez por todas, y avanzar en el camino de la definitiva reconciliación entre los orientales.

La pacificación nacional que todos anhelamos, por definición, no puede reposar sobre una paz frenteamplista, blanca, colorada o independiente, pues en ese caso no sería tal. Requiere, para ser duradera y consistente, de un amplio y profundo consenso político, que esté apuntalado por la indispensable legitimación social. El acto para el que Usted invita, señor Presidente, desde mi muy humilde visión, se aleja de la referida dirección.

La delicada y apasionante función de la representación nos expone, con frecuencia, a tomar decisiones difíciles. Muchas veces, en el mediano plazo y en el largo es la historia la que juzga, pero en lo inmediato el juicio le corresponde siempre a la opinión pública. Lo que depende de nosotros es ser capaces de actuar en paz con nuestras conciencias.

Sin otro particular, se despide del señor Presidente muy atentamente,

Pablo Abdala

 

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