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MIDES: “La mira en el lugar equivocado”

17/02/2012 Sin Comentarios

Verónica Alonso

A estas alturas el gobierno debería preguntarse si el “Plan de Equidad” merece seguir llamándose así, porque a la luz de su desarrollo está muy lejos de hacer honor a su nombre.

Lo mínimo que cabe esperar de un plan es un conjunto de objetivos claros y una medición sistemática de su cumplimiento.

Un ministerio que se proclama responsable del desarrollo social debería tener como uno de los principales indicadores de su gestión el número de personas que comienzan a recorrer un camino de dignidad valiéndose por sí mismas. Pero ese número no existe, como han reconocido los responsables de la cartera cuando los hemos convocado a la Comisión de Población y Desarrollo del Parlamento

Quizás no quieran los jerarcas del MIDES recabar estos datos porque el resultado tendría grandes probabilidades de demostrar lo que ya todos sabemos;  que el asistencialismo no contribuye a eliminar la pobreza sino que la consolida. O tal vez no puedan; porque como quedó demostrado en el triste episodio del último censo, el gobierno ha puesto en cargos de altísima responsabilidad a personas con serias limitaciones a la hora de organizar equipos y recabar información.

Cualquiera sea la explicación, los uruguayos no tenemos idea de cuántos beneficiarios del “plan” han dejado de serlo por haber mejorado su situación gracias a él.

Lo que si pudimos saber fue el uso que se les está dando a las tarjetas alimentarias otorgadas por el MIDES y en qué se gasta el dinero destinado a cubrir necesidades básicas insatisfechas. Oportunidad que se dio por un breve lapso, ya que a los pocos días de estar publicados los resultados, fueron removidos del sitio web del INDA.

Productos de belleza, cera de autos y comida para mascotas figuraban entre los artículos “no recomendados” que se registraban comprados con las tarjetas. En el rubro alimentos se constata también que la mayoría del gasto se da en productos de bajo valor nutritivo o no recomendados.

Entre las conclusiones del informe se podía leer que “La herramienta Tarjeta Alimentaria debería considerar el impacto sobre los problemas de salud y nutrición de la población (…) las acciones desarrolladas deberían ser más amplias y no sólo remitirse a brindar una transferencia de dinero.”  Saludamos la reflexión, capaz que nos leyeron porque hace tiempo que venimos reclamando que no se puede esperar resultados positivos de una  mera transferencia de dinero.

Paradójicamente un trabajador que recibe parte de su sueldo en tickets tiene estrictamente limitados los productos que puede obtener por ellos. No es dueño de elegir libremente lo que compra con el fruto de su trabajo.

Pero quien recibe dinero a cambio de nada y fruto de los impuestos sobre el trabajo de otros, puede gastarlos en lo que quiera, incluso si están en evidente contradicción con lo que deberían consumir quienes están en situación de extrema necesidad.

Es la nefasta lógica que ha consolidado el “progresismo”, que presiona y limita hasta lo intolerable al que trabaja y se esfuerza por salir adelante, mientras regala dinero a cambio de nada mientras espera el rédito electoral.

Preocupante es también que todavía no hayan sido capaces de determinar si los niños de familias beneficiarias del plan están concurriendo con asiduidad a los centros educativos y de salud, requisito básico para recibir las ayudas. Se alegan problemas de conectividad, falta de coordinación y otras numerosas excusas dentro del repertorio de ineficiencias de las que hace gala esta administración.

Lo curioso es que mientras por un lado no logran en tres años usar las ceibalitas para pasar lista y obtener un dato sencillo;  la DGI puede cruzar decenas de datos de múltiples fuentes con sofisticados programas que cuestan cientos de miles de dólares y hasta obligar a los colegios privados a darles la información que requieran (violando los derechos de sus contribuyentes) para investigar ciudadanos.

Implacablemente eficiente a la hora de recaudar sobre el trabajo de los ciudadanos, el gobierno muestra toda su desidia a la hora de gastarlo.

Decimos gastarlo y no invertirlo porque esta forma de administrar no es inversión, no lleva al desarrollo de ninguna forma y está moldeando una sociedad de la que vamos a lamentarnos mucho si no ocurre un cambio profundo.

Necesitamos planes de verdad, con herramientas genuinas de desarrollo porque si la población más necesitada no se incorpora a una educación de calidad y a agregar valor a la producción nacional seguirá al margen por generaciones, consolidando la desintegración que avanza y que parece no tener retorno.

Tenemos esperanza que esto se puede revertir. Por eso vamos a seguir exigiendo y controlando que los planes sociales impulsados por el gobierno tengan un rumbo definido, transparente y digno.

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