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Por donde nos lleve el viento

29/12/2011 Sin Comentarios

Joaquín Secco García, Diario El País, 29.12.11

La crisis europea que ya contagia entre otros a China, Brasil y Argentina nos está advirtiendo que el contexto global, probablemente, no volverá a ser tan favorable como lo fue en los años pasados.

Caídas de precios internacionales, proteccionismo y dificultades de acceso a mercados podrán provocar una baja en la producción destinada a la exportación y consecuentemente en los ingresos. Durante los buenos años transcurridos, el sentido común y la prudencia señalaban la conveniencia de aprovechar la coyuntura para solucionar problemas estructurales, de manera de garantizar un crecimiento de la economía menos vulnerable.

En los mejores momentos, y contando con inversiones extranjeras inéditas, el país no ha superado una tasa de inversión de 20% del PIB. La debilidad de la tasa de inversión en lo mejor del ciclo no permite garantizar un crecimiento sostenido y diversificado de la economía, ni una elevación permanente de la calidad del empleo y la productividad. La prueba está en el comportamiento de los sectores transables de la economía, los cuales, una vez que (hacia 2007/08) alcanzaron a utilizar más plenamente la capacidad ociosa, desaceleraron su crecimiento, reflejando la debilidad de la acumulación de capital.

Este hecho parece especialmente significativo en el sector agropecuario, el principal motor del despegue luego de la crisis de 2002, que ha manifestado un débil crecimiento desde 2007. La economía dejó de crecer por transables/exportables y depende cada vez más del aumento del consumo interno y de los servicios no transables, entre los cuales se encuentran los bolsones de menor productividad de la economía.

El país sigue contando con una tercera parte de empleos informales, de muy baja productividad y difícilmente reubicables en actividades mejor remuneradas, que requieren ciertas calificaciones. La debilidad de las inversiones y las deficiencias en la oferta de capacidades humanas ponen límites al crecimiento de calidad. Bajas capacidades significan bajos ingresos y obligan al gobierno a aumentar el gasto social, que a su vez es un costo adicional para los sectores que deben competir.

El Ministerio de Economía fue exitoso para sortear con leves sobresaltos la crisis de 2008. En la actualidad, con igual diligencia, se ha asegurado financiamiento externo para hacer un colchón financiero y se ha avanzado en la desdolarización de la deuda. La flotación cambiaria fue otro instrumento principal de la flexibilidad en 2008. No obstante, en 2012 podría representar un problema, al aumentar tensiones inflacionarias que ya están trayendo complicaciones.

La sociedad y la economía no tienen un rumbo estratégico al cual alinear su recorrido. Vamos por donde nos lleva el viento. Encontramos una prosperidad explicada por la mejora de los ingresos derivados de nuestras exportaciones, el descenso de la tasa de interés y la opción que hicieron inversores extranjeros dirigida especialmente a valorizar recursos naturales. Todo sumado creó una hinchazón de riqueza que podría haber sido mejor aprovechada para superar el subdesarrollo.

Se debe destacar la buena administración de la economía, que ya se ha transformado en un valor cultural que nadie discute. Sin embargo, eso es diferente que adoptar un rumbo estratégico que le proporcione estabilidad, diversificación y calidad al crecimiento y mejore la sociedad. La buena administración de la macroeconomía, al día de hoy, es una cuestión casi técnica.

Optar por un modelo de crecimiento equitativo, sostenible, integrado globalmente, diversificado, competitivo, innovador, que eleve permanentemente las capacidades humanas y la calidad del empleo, es un problema político. Para enfrentarlo, el Ministerio de Economía es un actor más entre muchos. Se trata de reducir la dependencia de las velas y el viento, y ponerle a la sociedad un motor del lado de adentro. Es lo que caracteriza a los modelos exitosos, los cuales no se parecen a Venezuela ni a Bolivia.

El sistema de incentivos existente desalienta las inversiones y favorece el consumo. Hoy está en auge el consumo tutelado e intermediado por las infinitas agencias que deben cosechar agradecimientos para la carrera electoral. No se cuida la calidad y eficacia del gasto público. Este es una herramienta formidable para potenciar el crecimiento y la equidad. Sin embargo, como todas las cosas de la vida, es eficaz si se hace bien. Por el contrario, si las cosas no se pueden hacer con costos competitivos y logrando resultados, se transforman en un lastre y es mejor que lo haga otro. El gasto está aumentando junto con la prosperidad, mientras que el despilfarro y la ineficacia son cada vez más manifiestos. Lo que con tanta firmeza se prometió que no se haría. También se espera con ansiedad la reforma del Estado.

Sobre modelos de desarrollo

Se ha venido recortando progresivamente la parte del gasto destinada a la inversión –carreteras, puertos, escuelas, hospitales…–, para aumentar el llamado gasto social. El reparto de subsidios entre quienes no deberían ser elegibles para recibirlos, o entre quienes no cumplen con un mínimo de requisitos para recibirlos, debería ser eliminado. También la desmedida burocracia creada alrededor de los programas sociales.

Quitar incentivos para ingresar al mercado de trabajo, como ocurre, crea dependencia y se transforma en un mecanismo de dominación y clientela operado políticamente. Uruguay ya está entre los primeros países del continente en cuanto a proporción de la población atendida por subsidios, aunque está lejos del 60% de la población que es atendida en Bolivia.

Recientemente se ha aprobado la ley de Participación Público-Privada. Este mecanismo representa un nuevo impuesto y un nuevo endeudamiento, ambos encubiertos pero bien disfrazados. Las escuelas, los hospitales o las cárceles se pagarán de a poco, como cualquier deuda, y para ello se deberán aumentar los impuestos en el futuro. En otros casos, como en los caminos o puertos, se impondrán tasas a los usuarios de las infraestructuras que se creen. El presupuesto que antes debía alcanzar para el gasto social y las inversiones, ahora se destina solamente al equívoco gasto social y a pocas cosas más. Para pagar las inversiones se deberán imponer nuevos tributos y tasas que significarán –inexorablemente– descenso de la competitividad y/o menores remuneraciones salariales, ya que las inversiones no se harán si no se remunera el capital a los precios de mercado. Estas razones pertenecen al compendio que explica las bajas tasas de inversión y que caen bajo el capítulo del “costo país”.

También, con toda delicadeza, se propone implementar el criterio de “el que rompe paga”. El que rompe es el que invirtió en cultivos, frutales, bosques, tambos o ganados. Que, al aumentar las cargas, también han aumentado sus contribuciones al IMEBA, o IRAE, y la contribución inmobiliaria, el impuesto a los semovientes, y las patentes y los impuestos a los combustibles, y BPS, IRPF, IVAs e IMESIs, y peajes, y después todos los impuestos ligados al consumo de los que mejoraron su condición. El Estado ha recaudado cifras enormes provenientes de quienes rompen carreteras y es una excelente inversión para el Estado construir carreteras que mejoren la competitividad para facilitar e incentivar las inversiones privadas, y, en círculo virtuoso, incrementar la recaudación de impuestos. El problema es que nuevamente aparece el sesgo ideológico y demagógico que consiste en suponer que el que produce y, a veces, gana dinero, merece cualquier sentencia y deshonra.

Este modelo de crecimiento es fuertemente excluyente de las empresas –del tamaño que sean– que no tengan capacidad para imponer condiciones en los mercados ni para establecer barreras al ingreso de competidores, ni para negociar individualmente privilegios otorgados por el gobierno.

Las megaempresas multinacionales sí lo tienen. Ello les hace posible disfrutar de ganancias que les permiten navegar por encima de las aventuras populistas de los gobiernos. Por un lado tiene­n ganancias extraordinarias por organización, tecnología, patentes y mercados. Por otra parte pueden negociar garantías, exoneraciones, zonas francas y facilidades de diversa índole, que se otorgan con agrado, pero que son inaccesibles para empresas de menor porte.

Es paradigmático el contrato con Montes del Plata y veremos qué nos deparan los enclaves mineros y sus mineroductos, que ni siquiera dejarán unos pesos en los paradores del camino. Los gobiernos viajan en pleno por el mundo para buscar estos negocios. También a manguear a los alemanes, como los muchachos en el semáforo.

Se va conformando una sociedad compuesta, por un lado, por megaempresas multinacionales y, por otro, por un sector creciente de población que vive de subsidios. En el medio, una clase media de trabajadores y empresarios no monopólicos, competitivos y vulnerables.

Estos últimos son considerados el blanco de los embates de una fracción del gobierno. Se entiende que el progresismo consiste en exprimir a este segmento para financiar enormes burocracias ineficaces. Una sociedad de muchos pobres domesticados, burocracias numerosas, y pocas y grandes empresas privilegiadas. No es una novedad. Es un modelo bastante bolivariano, que está en pleno proceso de difusión por el continente. Un progresismo pintoresco.

Un modelo de las dificultades coyunturales

Durante el otoño pasado, cuando los agricultores implementaban sus planes de siembra, el costo de una há de trigo era equivalente al valor de unas 2,8 toneladas del cereal. Con un rendimiento nacional que promedia unas 3,3 ton por há, se debía esperar un negocio modesto pero positivo.

Los negocios del campo, en general, están sometidos a una fuerte volatilidad, especialmente si se considera la suma de riesgos del trabajo a cielo abierto, bajo la amenaza de plagas, el capricho de los mercados, y la codicia de gobernantes y funcionarios.

En la actualidad, cuando se está cosechando el trigo, los agricultores constatan que con rendimientos de 4,5 ton apenas cubren los costos de producción. El precio de mercado bajó de unos 300 U$S/ton a solamente 180 U$S/ton y los costos internos siguieron aumentando, mientras el clima de negocios se va nublando con amenazas de tormenta.

Afortunadamente, las innovaciones recientes, sumadas a un clima favorable, proporcionarán rendimientos muy elevados, que permitirán alcanzar la mayor producción y productividad de todos los tiempos. Hace menos de diez años era un albur producir localmente las 400 mil ton que demanda el consumo interno. En este año se producirá un excedente exportable que se aproximará a los dos millones de ton. La cosecha, probablemente, quintuplicará holgadamente las necesidades del consumo interno. Un logro notable.

La caída de los precios y de la rentabilidad de la producción de granos se extiende a la cebada, y va a ocurrir con el maíz, la soja o el sorgo. Los precios internacionales de los granos descendieron cerca de 30%, desde los buenos valores de mediados de año (ver gráfica). Por su lado, no parece probable que los cultivos de verano aumenten sus rendimientos tan por encima de las expectativas, como lo hizo el trigo. Probablemente sea un nuevo año de números rojos, a pesar de que se producirán cerca de seis millones de toneladas, cifra sin precedente en el país. En la medida en que se han difundido las ventas a futuro, a fin de asegurar al menos los costos variables de la producción, los productores más precavidos han podido moderar las pérdidas, las cuales serán igualmente elevadas.

Pero lo más inquietante está en el futuro. Los programas de siembra que se hicieron en el otoño de 2011 se basaron en costos que han venido creciendo disparatadamente, pero, al mismo tiempo, con precios de los granos en niveles parecidos a los máximos históricos que se alcanzaron en 2008. Aun con riesgos crecientes, los negocios presentaban una ecuación factible, que alentó las siembras.

Por el contrario, en la actualidad, con costos crecientes y precios en descenso, la ecuación es desalentadora. Nuestros costos son sensiblemente más elevados que los que mantienen países de la región que compiten en los mismos mercados. Combustibles, fletes, impuestos y salarios, representan una elevada proporción de los costos, con escasa probabilidad de ajustarse a la baja ante una caída de precios, lo cual llevará a las empresas a reducir inversiones.

Hay que prever que el programa de cultivos del próximo otoño se verá muy disminuido respecto al de 2011. Menos áreas, más concentradas en los mejores suelos –que den mayores garantías de rendimientos–, y con mayor cercanía a los puertos –para evitar costos de transporte–. Menos distribución regional de la riqueza. Menos creación de empleo en las regiones que más necesitan de la diversificación productiva para mejorar la condición socioeconómica.

La producción de granos gasta anualmente unos U$S 1.500 millones, que se destinan a la compra de insumos, equipos, servicios, rentas, salarios e impuestos. Es-tos costos de cultivo se reparten entre infinidad de empresas locales, las que a su vez demandan bienes y servicios destinados al consumo, todo lo cual da lugar al enorme efecto multiplicador y al derrame de riqueza que ha transformado a pueblos y ciudades del Interior. Con base en datos del INE se estima que el ingreso medio de los hogares de ciudades como Young y Mercedes creció, entre 2001 y 2009, 50% por encima del de Montevideo. Todos sucesos de la realidad para reflexionar en los liceos con mayor atractivo, pertinencia y prioridad que estudiar los asirios y los caldeos.

 

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