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La violencia

02/12/2011 Sin Comentarios

María Julia Pou, diario El País – 29.11.11

Que la violencia está instalada entre nosotros no es una novedad para nadie. Saber cómo llegamos a este nivel de violencia es una incógnita que nos gustaría ayudar a despejar.

Cuando observamos la corrupción del lenguaje en toda la extensión del concepto, vamos desentrañando una madeja que si bien es complicada y compleja, muestra algunos hilos sueltos como para empezar a desgranar el tema. En este campo, el de nuestro idioma, todos tenemos algún grado de responsabilidad. Campea en los medios -tanto televisivos, radiales o escritos- la vulgaridad del lenguaje. Los políticos -nuestros representantes- a veces nos muestran que no pueden expresar su pensamiento sin recurrir a palabras soeces, como si esta actitud le diera más fuerza a la idea que se pretende defender. Desde el propio gobierno un día sí y otro también se hace uso y abuso de expresiones poco adecuadas a la jerarquía de quienes las dicen. Los integrantes de organizaciones sindicales recurren cada vez más a las palabras chocantes para enfrentar a quienes no piensan como ellos. Hasta los docentes nos han sorprendido con manifestaciones inimaginables en quienes tienen la vocación y el deber de educar. Y, como no podía ser de otro modo, los estudiantes, los jóvenes, siguen por la ruta trazada por quienes están al frente de las responsabilidades en la sociedad.

Entre otras causas, la violencia en el hablar nos muestra la intolerancia hacia la opinión distinta a la nuestra. El que no opina como nosotros no es digno de ser oído pero además es merecedor de adjetivos descalificantes. Y por allí empieza una violencia de actitudes que solo va a tender a crecer y tener otras manifestaciones. Al insulto le sigue la agresión física y a partir de allí se abre todo un espectro de manifestaciones que son las que nos conmueven y nos hacen mirar con temor el futuro de nuestra sociedad.

La violencia creciente va tiñendo así todas las actividades que se desarrollan en la comunidad y no vemos que haya una toma de conciencia del tema. Por supuesto que a nadie se le escapa, que la violencia que la crónica policial nos acerca todos los días tiene orígenes múltiples. La marginalidad, la pobreza, la falta de educación, son un caldo de cultivo para que la semilla violenta germine. Pero es bueno decir que ningún sector de la sociedad está exento de ella, y que no es buena receta descansarse en los determinismos que la sociología pueda ofrecer como explicación para el fenómeno que estamos viviendo. Hay violencia en jóvenes a quienes les falta casi todo pero también la hay en jóvenes que tienen demasiadas cosas aunque quizás les falte la formación que sustenta los valores. Esa formación que por tratarse de bienes intangibles, solidaridad, compasión, tolerancia, respeto por el otro, aunque piense diametralmente opuesto a nosotros -y que no se venden ni al contado ni con tarjeta de crédito- muchas veces no se sabe adónde acudir para encontrarla. Esa formación que caracterizó a nuestra sociedad -y especialmente a nuestra educación pública- y que hizo del Uruguay un país al cual era un orgullo pertenecer. Qué lejos estamos hoy, de aquel Uruguay.

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