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Avaricia, mezquindad y hambre

02/12/2011 Sin Comentarios

Francisco Faig, La Democracia – 25.11.11

Me quiero permitir una reflexión que tiene mucho de generalización, y que por tanto no pretende ganar batallas discursivas. Pero sí quiere ayudar a entendernos mejor como sociedad. Y desde allí, como partido, ayudarnos a interpretar mejor la realidad. Para no creernos que porque ahora Luis Eduardo González dice que los resultados de la elección de 2014 están “abiertos”, la cosa está resuelta.

Robo la idea a un gran amigo, republicano, democrático, rabiosamente de izquierda, y por eso mismo, profunda y visceralmente crítico del frenteamplismo que nos gobierna. Pero crítico también de una dirigencia política de los partidos tradicionales que, según él, tampoco está a la altura de lo que precisa el país para plantear soluciones que nos alejen de esta latinoamericanización galopante y angustiosa que vivimos. Y un amigo que, por supuesto, como tantos otros, para mejor proveer a su futuro, tuvo que emigrar con su familia hace algún tiempo a España.

La sociedad uruguaya no es solidaria. Dentro de su provincianismo autocomplaciente quiere hacer creer a propios y extraños que lo es y se convence, con fáciles argumentos, de que efectivamente lo es. Sin embargo, está atravesada, más que otras vecinas, como Brasil, Argentina o Chile, por un triple fenómeno que explica mucho de su evolución y que muestra que en nada somos solidarios.

Es un mismo fenómeno que se traduce de tres distintas formas en las tres clases sociales que simplifican la estratificación socioeconómica: clases alta, media y baja.

Avaricia, mezquindad y hambre.

Arriba, está enferma de avaricia. Los ricos de este país no tienen sentido alguno de un compromiso ciudadano. Sea cuando fuere que se hayan enriquecido, es una burguesía que no se la juega por el país. Tiene la lógica rentista grabada a fuego. Amorrala y guarda, pero no necesariamente reinvierte productivamente; sino que, apenas puede, invierte en inmuebles en Punta del Este, en viajes, en la 4 x 4… En todo aquellos consumos que le aseguren distinguirse, con cabecita provinciana, del resto de los mortales en su sociedad del cara a cara. Apenas puede también, opera para sacar sus capitales fuera; defrauda a la DGI; se queja de cuanto aporte, contribución e impuesto tenga que pagar; y reclama, siempre indignada, por sus derechos y sus ventajas. Se refugia en cuanto vericueto argumentativo o coyuntura haya para escapar a sus obligaciones sociales.

Es avara porque no tiene sentido colectivo ni dimensión de su responsabilidad por estar, justamente, arriba. Porque conserva, como una especie de remanente genético del lugar que ocupaba en el orden colonial, un sentido de usufructo de esta parte del mundo sin compromiso alguno por su suerte. Si tiene que colaborar con la sociedad, pondrá siempre el grito en el cielo, a pesar de ser tan rica como cualquier otra clase alta de cualquier otro país, y sobre todo, a pesar de vivir aun mucho más confortablemente en materia de seguridad individual, por ejemplo, que en cualquier otro país latinoamericano. Y, claro está, a pesar de que la sangre de sus hijos nunca tuvo que correr por la integridad de su Patria, como ocurrió demasiadas veces con los hijos de los ricos en Europa a lo largo de tantas terribles guerras.

Al medio, la sociedad está enferma de mezquindad. Décadas de estancamiento económico y perspectivas de caídas de ingreso, sin encontrar soluciones duraderas, sin poder aspirar a cumplir con la promesa de la ascensión social, sin saber reconocer los caminos de prosperidad del esfuerzo individual porque enfrentados a la denostación casi sistemática de todo esfuerzo emprendedor, resultaron en una clase media mezquina. Que se queja de que tiene que aportar un mango más a un Estado que está gordo e ineficiente; de que mantener su nivel de vida le cuesta cada vez más; de que los pobres/marginales molestan y se sienten cerca – ya en los shoppings, en las esquinas mendigando, y por todas partes con sus carritos en Montevideo-.

Su mezquindad se traduce por un corporativismo exacerbado. Adhiere a cuanta reivindicación sectorial haya, siempre que no le perjudique directamente, claro está, porque siente que hay que reclamar por los derechos. Adquiridos: casi siempre gusta mucho de reivindicar los derechos que ella estima son “adquiridos”. Disfruta de la simplicidad de los análisis de carnaval –disfrutó en verano de La Catalina y su crítica a Mujica, por ejemplo-, de Benedetti, de Galeano. Pide, pide y pide. No da nada. Esconde la leche. Se enoja si le piden que cambie de actitud: apenas eso ocurre, señala con dedo acusador que a “los grandes” nunca les hacen nada, que “ellos” no colaboran, y que por qué a mí si a ellos nada. Y sobre todas las cosas: desea fervientemente poder ser funcionario público. O algo que implique poder beneficiarse de todas esas prebendas que tiene el funcionario público y que transmiten esa seguridad que, ante un mundo incierto y lleno de cambios, es tan envidiada. La seguridad del trabajo; la falta de exigencia de resultados en las tareas; el cumplimiento de todos los beneficios sociales- laborales. ¡Ah! ¡Qué lindo ser funcionario público con cierta jerarquía que asegure cierto nivel de ingresos! Ese es el sueño del mezquino uruguayo medio.

Abajo, la sociedad está enferma de hambre. Uno de cada cinco uruguayos es pobre según las estadísticas. Y eso implica recibir menos de 7000 pesos por mes. Por tanto, uno de cada cinco uruguayos, estimado lector, de acuerdo a las estadísticas, pasa mal. Realmente muy mal. Sobrevive desde el clientelismo, sin grandes expectativas de futuro, en el día a día, sin grandes nociones de urbanidad, educación y ciudadanía. Es la gente que más sufre la desidia del Estado: la que es destratada en la salud pública, y sufre en silencio y anónimamente la ineptitud de tantos errores médicos; la que sabe de la ineficiencia y corrupción de la policía; la que no logrará nunca salir adelante con la educación pública que le brinda el país. Consume una cultura infame que la embrutece. Y así va, mal pero acostumbrada.

Es un hambre, además, que desde hace muchas décadas agrede sobre todo a los niños. El último censo, el de 1996, señalaba que los más pobres y los que pasaban peor eran las futuras generaciones de adultos. Por ejemplo: la población que tenía al menos una necesidad básica insatisfecha era del 51% entre los habitantes de 0 a 4 años y era de 26% entre los mayores de 65 años. Esto se conoce como la infantilización de la pobreza y se traduce, claro está, en la criminalización de la juventud.

No hay cenas gratis. Recordémoslo siempre: hace muchas décadas que, ante recursos escasos, la sociedad uruguaya, esta que estoy describiendo, ha preferido, siempre, priorizar su gasto público social en las edades más viejas. Y en esas prioridades ha relegado, sistemáticamente, a las nuevas generaciones.

Si bombardeamos constantemente de publicidad de consumo a niños- adolescentes que no educamos en nada, y que mayoritariamente dejamos que crezcan en situaciones sociales terribles, habrá de ser un milagro que, tiempo más tarde, unos cuantos de esos niños no generen episodios tremendos de violencia desatada. Se habrán transformado, casi inevitablemente, en delincuentes infantojuveniles.

Mientras no miremos a los ojos a nuestra sociedad no vamos a poder interpretar qué le pasa. Avaricia, mezquindad y hambre: falta el liderazgo político que se pare frente al tobogán social en el que vivimos, que diga y explique lo que ocurre, y que muestre caminos de esperanza. Falta aquí, por ejemplo, ese milagro de la democracia que fue el “yes we can” del Obama de 2008.

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