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Educación y pobreza

18/11/2011 Sin Comentarios

Pablo da Silveira, diario El País – 13.11.11

Las autoridades educativas de este país revelan tener una visión contradictoria acerca de lo que puede aportar la enseñanza a la lucha contra la pobreza. Cuando se está en el momento de pedir recursos, suelen afirmar que se trata de un factor clave: sólo apostando a la educación podremos reducir los niveles de pobreza e indigencia, bajar las tasas de criminalidad y derrotar a la exclusión. Pero en cuanto se piden resultados concretos, los responsables de la enseñanza tienden a volverse mucho más modestos.

Hace algunas semanas, la consejera del Codicen Nora Castro manifestó su preocupación ante el hecho de que la educación sea vista “como la solución a todos los problemas”. Y a continuación agregó: “En los siglos donde dominó la Ilustración, nació una corriente de pensamiento que se conoció como el optimismo pedagógico. (…) Esta corriente planteaba que los problemas sociales se originaban por la carencia de educación, y que en la medida que se fomentaba la educación, los males sociales, económicos y culturales desaparecían. (…) El tema es que la educación por sí sola no actúa aislada de otras políticas sociales. Entonces yo me preocupo porque parecería que algunas corrientes dentro de la sociedad uruguaya están como volviendo al optimismo pedagógico”.

La distancia entre estas dos visiones está cargada de consecuencias. Si el primer punto de vista fuera correcto, entonces habría que priorizar el gasto educativo aun a costa de destinar menos recursos a otras políticas públicas como las de empleo, vivienda o seguridad. En cambio, si la política educativa es “una más”, como sostuvo Castro, entonces debería aceptarse que el gasto educativo se mantenga dentro de ciertos límites para hacer posible el financiamiento de otras políticas igualmente decisivas.

Es razonable suponer que la verdad se encuentra en algún punto intermedio entre las dos tesis defendidas por las autoridades: la educación puede hacer mucho en la lucha contra la pobreza y a favor de la inclusión, aunque no pueda hacerlo todo por sí sola. Pero, si nos detuviéramos aquí, sólo estaríamos diciendo una trivialidad. Lo importante es identificar el modo en que tiene que funcionar el sistema educativo para que pueda hacer aportes trascendentes. Y esta es una manera de pensar que nos resulta poco familiar a los uruguayos.

Para que la enseñanza pueda convertirse en un arma de lucha contra la pobreza, no alcanza con que existan escuelas y liceos, ni que se gaste mucho dinero, ni que haya buena voluntad. Además hay que conseguir hacer las cosas de otra manera. Si no se tienen objetivos estratégicos claros y no se consigue alinear con ellos el uso de los recursos, la enseñanza aportará poco más que palabras bonitas.

Por eso ocurre que países que hacen esfuerzos similares consiguen resultados muy diferentes. Para poner un ejemplo: Colombia tiene casi la mitad de sus 46 millones de habitantes bajo la línea de pobreza, mientras que nosotros tenemos menos del 20 por ciento. Ambos países gastan en educación proporciones similares de su PBI. Pero en Colombia hay un mayor crecimiento de la cobertura, menores tasas de abandono y resultados en las pruebas PISA que están apenas por detrás de los uruguayos. Quiere decir que los colombianos están teniendo más éxito que nosotros en la tarea de incorporar, mantener dentro del sistema y generar aprendizajes en los jóvenes más vulnerables.

La mejor manera de averiguar cuánto puede aportar la educación a la lucha contra la exclusión y la pobreza consiste en atender a las mejores prácticas disponibles, aprender de ellas y adaptarlas a nuestra realidad. En el propio contexto latinoamericano hay en ejecución muchas iniciativas que merecen ser atendidas. Por mencionar sólo algunas, EnseñaPerú (una versión particularmente exitosa de una experiencia internacional que recluta a jóvenes egresados universitarios para trabajar durante dos años a tiempo completo en escuelas de zonas vulnerables), Fútbol Forever (una experiencia con epicentro en El Salvador, que se sirve de la enseñanza del fútbol para articular iniciativas orientadas a mejorar las condiciones de vida, transmitir valores y facilitar la incorporación de nuevas formas de aprendizaje) y la red Fe y Alegría (un movimiento nacido en Venezuela, que atiende a más de un millón de chicos latinoamericanos y africanos que viven “donde termina el asfalto”).

Cada una de estas experiencias tiene seguramente sus virtudes y defectos. Lo mismo vale para muchas políticas públicas impulsadas desde los Estados. Lo importante es que podamos aprender de esos éxitos y fracasos, pero eso requiere un cambio de actitud. Debemos aceptar que en este momento no tenemos estrategias suficientemente exitosas, como lo prueban los resultados que estamos obteniendo. Tenemos que generar una sana disposición a experimentar en un marco de diversidad. Y tenemos que estar dispuestos a evaluar resultados con sinceridad y realismo.

Lo que en ningún caso deberíamos hacer es encerrarnos en el juego dialéctico consistente en decir que la educación lo puede todo a la hora de pedir recursos y decir que no puede casi nada a la hora de rendir cuentas ante la sociedad.

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