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¿Y ahora? por Francisco Faig

03/11/2011 Sin Comentarios

Francisco Faig, diario El País – 29.10.11

El principal problema político del país es la demagogia, el talante antidemocrático y la desidia en el poder de la izquierda nacional.

La demagogia la impulsa. Como una trágica letanía, vuelve el Frente Amplio a emprenderla contra la ley de caducidad, a pesar del compromiso del hoy presidente, en noviembre de 2009, de no enmendar la plana al pueblo uruguayo.

Convencidos de su razón histórica, que esconde la certeza de encarnar la vanguardia progresista y de conjugar cierta superioridad moral sobre el resto de los mortales, los parlamentarios frenteamplistas sienten haber cumplido con un mandato ético. Braman, como el estalinista Lorier, de que ellos están del lado de los justos, y los demás, de los canallas.

Mujica develó la mojigata farsa demagógica. Se sabe, las violaciones a la Constitución en las que incurre esta ley son tan graves que, finalmente, según Mujica, será la Suprema Corte de Justicia la que decidirá. Entre tanto, la barra del comité de base quedó satisfecha, que eso era lo que realmente importaba.

El talante antidemocrático la invade. Es, por supuesto, no aceptar los resultados de los plebiscitos y argumentar, ahora, que hay temas que no pueden ser decididos por el pueblo. Pero es también la FEUU que marcha contra Piñera porque es de derecha; las amenazas de Bonomi y las iniciativas de Álvarez contra la directora Bianchi; los sindicatos de la enseñanza que defienden una autonomía corporativista-fascista; el Partido Comunista que con menos del 5% de apoyo ciudadano gobierna la estructura de decisión del Frente Amplio; la simpatía gubernamental por cuanto régimen autoritario hay en el mundo -Cuba, Venezuela o Irán.

La desidia la corroe: en la multiplicación de las prebendas y del descarado clientelismo estatal, y en la completa ineficiencia de sus políticas públicas de educación, salud, vivienda, seguridad, defensa y política exterior.

En tiempos de bonanza excepcional, una sociedad embrutecida por la extendida tinellización de su cultura, se despreocupa de su calidad democrática.

Convencida por el discurso partidista de izquierda que reescribe con sentido goebbeliano la Historia reciente, cree en un mundo a la Olesker hecho de buenos y malos. Anestesiada, pierde su sentido de exigencia de calidad de gobierno. Miope, se mira en el empañado espejo regional y con poco queda satisfecha. Devota de los simplismos a la Galeano, cree que transita convencidos rumbos progresistas.

Algunos podrán estar hoy tentados de subirse al carro del Uruguay del Pepe. Pero importa dejar claro lo siguiente: en la Historia del país, nunca cupo tanta responsabilidad a un partido político como a esta izquierda, en la involución hacia una sociedad fracturada, llena de mediocres prejuicios, y sin bases sólidas para emprender un futuro exitoso.

Así las cosas, nada hay más necesario, hoy, que responder a la demagogia, con la responsabilidad de la representación; al talante antidemocrático, con el liberalismo pluralista; a la desidia en el gobierno, con la capacidad de gestión. La salud de la República lo precisa.

 

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