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Política exterior

07/10/2011 Sin Comentarios

Francisco Faig, diario El País – 01.10.11

Nuestra perspectiva política mira demasiado hacia el pasado. Prefiere discutir de lo que ya sabe. Se abroquela en viejas certezas, casi siempre ya perimidas.

Así ocurre con la aguerrida militancia de izquierda. Su obsesión vital es el período de la dictadura y sus nefastas consecuencias. El talante de las nuevas generaciones sufre ese pesado lastre, y no logra enfrentar la política lejos de esa carga afectiva y maniquea que hereda de sus mayores. Su identidad partidaria se forja entonces en el convencimiento de poseer la razón histórica; en la convicción de designar preclaros enemigos; en la facilidad de la conocida polémica que reenvía a añosos escenarios ya transitados.

Así ocurre también con parte de la militancia de los partidos tradicionales. Son demasiado numerosos los que prefieren denigrar a la izquierda por su pasado sesentista, que tanto daño hizo a la democracia. No terminan de aceptar los cambios políticos y culturales del país en este siglo XXI, que llevaron a dos triunfos de mayorías históricas en favor del Frente Amplio, y a un sistema político completamente nuevo, que llegó para quedarse, hecho de dos grandes bloques.

A su vez, la identidad de los partidos tradicionales se retroalimenta desde la definición del otro entendido como el adversario de todos los tiempos. Para ello precisa centrar siempre el debate en la Historia. Desde los sangrientos y heroicos enfrentamientos decimonónicos, al origen colorado de la embestida baguala, pasando por el jacobinismo batllista, el conservadurismo blanco, o la acerada crítica al pachequismo, el asunto pasa por apoyarse en un relato histórico que agudiza las diferencias entre blancos y colorados.

Este talante impide que se reivindique, por ejemplo, la tarea modernizadora conjunta en el gobierno emprendida desde 1985; o los excelentes guarismos de indicadores sociales, hasta ahora no igualados, de mediados de los noventa.

El problema es que toda esta cultura histórica y autorreferencial está cada vez más lejos de los debates que hoy exige el nuevo uruguayo.

La nueva política pasa por otro lado. Una política más líquida; ideológicamente menos rígida; que no quiere de grandes relatos legitimantes; que reclama soluciones concretas. Precisa de una mayor profesionalización y de una comunicación distinta. Necesita partidos en los que se enriquezca el debate, no desde visiones que privilegien el pasado, sino desde perspectivas fundadas, que recojan la experiencia exitosa de otras partes del mundo, y que ayuden a mejorar la magra calidad actual de nuestras políticas públicas.

Hay que abrirse a la novedad; dejar de lado viejos reflejos; discutir sobre política y no sobre Historia. Son estas dimensiones las que hacen a la modernidad de la política y a su mejor sintonía con la gente.

Quien entienda, del partido que sea, que lo que el nuevo uruguayo quiere es menos debate sobre Historia y más capacidad de gestión en temas concretos, habrá dado un paso importante en la consolidación de esta nueva política. Y concitará grandes apoyos.


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