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La isla de Flores y la otra isla…

30/09/2011 Sin Comentarios

José Carlos Cardoso

El pasado martes compartí una experiencia interesante, compartiendo una jornada con jóvenes y docentes del hogar Ituzaingó en la Isla de Flores. Al final del día se me planteó la paradoja: “procurar ayudarlos en su inserción social en una isla como espacio elegido”

La Real Academia, entre los significados de la palabra isla, están: “zona claramente separada del espacio circundante” y “aún apartada del continente, pertenecen al territorio nacional”.

¿Cómo vincular estas dos acepciones de la palabra isla a la experiencia que se está llevando a cabo con los jóvenes del INAU en Isla de Flores?

La estrategia de llevarlos hasta allí para “encauzar” su experiencia de vida actual hacia una forma de vida que les permita su inserción social, tiene varias connotaciones.

En primer lugar, suponer que son una especie de “isla” de una generación donde el común de sus pares vive cotidianamente una experiencia de desarrollo que los va preparando para las responsabilidades de la vida adulta en la sociedad. Estos jóvenes “están apartados” de ese derrotero.

Sin embargo – aunque por diversas circunstancias están ajenos a los procesos de socialización de los que comúnmente participan los demás jóvenes- también pertenecen a esta sociedad.

¿Están ellos socializados? sin duda lo están, pero de una forma que les impide integrarse positivamente a la vida social, es decir les impide ser aceptados por la comunidad, porque no se rigen por las “normas” que hacen posible la convivencia aún en la diversidad.

Y esa batalla no la pueden librar solos. La posibilidad de que lleguen a ser ciudadanos plenos, con capacidad de ejercer sus derechos y asumir las responsabilidades que de ellos se derivan, es una cuestión de “interés general”, que nos involucra como sociedad. Las instituciones creadas tienen esa función – “velar por el interés general”- y ellas encarnan la responsabilidad colectiva por mantener la convivencia en el orden democrático.

Madurar, es adquirir un pleno desarrollo, ¿es posible hacerlo desconociendo el límite entre derechos y obligaciones, entre las metas individuales y el acatamiento del orden que surge del respeto a las leyes?

Cuando ese aprendizaje tiene vacíos, se cancelan muchas oportunidades.

Si bien llenar ese vacío no es tarea sencilla, creo que es necesario realizar acciones concretas para superar esas situaciones que tienen un rostro y un nombre propio. Detrás de cada uno de ellos hay historias de vida muy dolorosas, no sólo para ellos mismos sino también para quienes fueron víctimas de su conducta. Sin embargo, como sociedad debemos mirar al futuro, y el futuro los incluye. Entonces todos los esfuerzos por “reeducar” conductas que se apartan de las normas, merecen al menos una expectativa optimista. La educación ha sido una herramienta importante a la que se recurrió para superar estas situaciones, ese fue el propósito de la Escuela de Artes y Oficios. Bien vale la pena volver a intentarlo, aunque sea con otra institucionalidad.

El proyecto en el que están embarcados Arbesún y los suyos puede ser una experiencia para que los jóvenes que participan encuentren nuevos propósitos, adquieran habilidades que les permitan recuperar las oportunidades que no tuvieron y compartir los mismos códigos que el resto de la sociedad. Lo interesante de esta propuesta es que está pensada como “parte de”, detrás hay un proyecto, objetivos y estrategia.

Veremos.

 

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