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Reducir los daños

16/09/2011 Sin Comentarios

Gustavo Penadés

Uno de los valores que nuestro País construyó, a partir de la recuperación de la democracia, fue el de tener una política exterior de Estado.

De una u otra manera, con marchas y contramarchas las sucesivas administraciones mantuvieron un común denominador en la acción. Se trató de una construcción en la que colaboraron todos los partidos políticos, exhibiendo mayor o menor generosidad, haciendo al Uruguay acreedor del respeto internacional.

El Partido Nacional en general y el Dr. Lacalle en particular fueron siempre muy celosos de cuidar ese consenso que se generaba en torno a la política internacional uruguaya. Muestra de esa concepción de que existen temas que, por encima de colores y partidos, son nacionales, a consulta a los líderes políticos en ocasión de estarse negociando el Tratado de Asunción.

Otro momento clave de nuestra historia más reciente lo vivimos en 2002, cuando unánimemente respaldamos al Presidente Battle en sus negociación con los organismos internacionales y con los Estados Unidos, en momentos de enorme dificultad en los que todo parecería venirse abajo.

Esa tradición tan importante a partir del gobierno del Frente Amplio se tiró por la borda.

Empezaron las idas y venidas sin mucho sentido, intentando por un lado quedar bien con quienes se manifestaban históricamente sus amigos, pero al mismo tiempo coqueteando, cuando no intimando, con los archienemigos de siempre. Una melange que  debilita y horada  la credibilidad de nuestro País.

Estamos en momentos en que posiblemente Uruguay se sume a la corriente de quienes pretenden la creación simbólica de un estado palestino, alterando gravemente la tradición nacional.

Uruguay no necesita manifestarse por un estado palestino porque ya lo hizo. Apoyó calurosamente el  Plan de Partición de 1947 que puso fin al mandato británico  y la posibilidad de existencia de dos  estados: uno  judío y uno árabe. En su errático zigzag, Uruguay se suma a los vecinos pero, por lo menos, sin cometer la torpeza de mencionar las fronteras de 1967, otro gravísimo error histórico y de apreciación de la situación.

No obstante, con gran liviandad y con gran desconocimiento, se es presa de eslóganes vacios de contenido y racionalidad; además  de estar avivando un fuego que podrá tener consecuencias inimaginables.

Presas de su ideología, los dirigentes del Frente Amplio hacen participar a Uruguay como comparsa de estados que juegan intereses muy diferentes a los nuestros. Incluso,  nuestros vecinos del barrio, más allá de los tuteos, trenes, palabras cariñosas y  palmadas en la espalda, no dudan en exhibir decisión y firmeza para resguardar –como a ellos sus connacionales exigen- sus intereses nacionales.

El Gobierno debe proceder con urgencia a rectificar el rumbo,  para que los errores no se acumulen y  los daños se puedan ir reduciendo.

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