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La democracia (II)

02/09/2011 Sin Comentarios

Ignacio de Posadas, diario El País – 28.08.11

El artículo anterior refirió a los problemas que tiene la Democracia en estos días, a la insatisfacción que siente la gente por ver frustradas sus expectativas, sus siempre crecientes expectativas (rápidamente mutadas en derechos) y cómo el Parlamento ha ido también 9 mutando, hasta transformarse en Poder Legislativo (aquel que tiene el poder de cambiar la realidad en mi beneficio, legislando).

Los problemas están bastante claros, pero ¿qué hay de las soluciones?

La gente cree que la culpa la tienen los políticos y vota en contra de los que gobiernan, pensando que así se arreglarán las cosas. Hasta que ninguno la conforma y entonces aparece aquello de: “que se vayan todos”.

En realidad, los políticos sí tienen culpa, sólo que no es fundamentalmente aquella que le endilgan. Cierto es que la política en Democracia atrae a muchos con poca capacidad y rechaza a muchas personas capaces, como también lo es que permite la sobrevivencia (cómoda) del mediocre, al tiempo de favorecer la frustración de quien ve las cosas con claridad y quiere hacer. Mucho influye en lo anterior el triunfo de una cultura política que preconiza la mimetización del dirigente político con la media del votante. No precisamente una buena fórmula para el liderazgo y el progreso.

Es allí, en esa cultura política, en que se encuentra la verdadera culpa del político por los problemas de la Democracia: no es la causa de todo, pero sí aquella parte atribuible a los políticos.

El pecado capital de los políticos, con escasas excepciones, es que no se animan a decirle a la gente que está equivocada.

Si son apenas lúcidos saben que ni el sistema democrático, ni el Estado uruguayo puede, en forma sostenida, satisfacer el cúmulo de expectativas que se ha ido instalando en nuestra sociedad. No sólo lo saben y no se animan a decirlo, sino que, en la búsqueda del poder compiten por prometer más y más y, lo que es peor, por confirmar la cultura política media de que todo el rosario de reclamos no es apenas una aspiración, sino una lista de derechos, a los que es sacrílego oponerse.

¿Qué político se anima a pararse arriba de un cajón de manzanas y decir, públicamente, que está dispuesto a hacer lo posible en materia de salud, pero que nadie crea tener un derecho a estar sano, que es humano querer vivienda propia, pero que no es realista suponer que le llegará a todos, o que, valorando el trabajo, no hay gobierno ni sistema que pueda asegurar el empleo? ¿Qué político se anima a decirle a la gente la verdad: que la Democracia es un sistema creado para procurar que el hombre pueda vivir protegido en ciertos derechos básicos, no un sistema para producir resultados económicos y sociales?

¿Qué político se anima a decir que el Estado uruguayo está trabado, bloqueado, por un cúmulo de factores, desde etarios hasta ideológicos y culturales, que lo hacen impermeable a todos los intentos redentores y reformistas? Como lo está experimentando el Frente en carne propia, (“preciso a los comunistas para reformar el Estado” dijo el candidato Mujica. A Lorier se le debe haber soltado un riñón, de la risa).

No hay soluciones mágicas para los problemas de nuestra Democracia. Requiere, como sostenía Sartori, de una fuerte dosis de ideal, requiere virtud y esfuerzo en sus integrantes. También realismo, verdad y resignación. Antiguamente, la gente sabía que tenía ciertos derechos y a la vez tenía esperanzas, no confundía una cosa con la otra y por ello no se equivocaba en esperar de otros lo que depende de cada uno.

Ahí está la raíz de la solución.

 

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