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Blancos para rato

19/08/2011 Sin Comentarios

Lincoln Maiztegui, El Observador – 13.08.11

Esta semana el Partido Nacional cumplió 175 años de existencia; es, por lo tanto, uno de los más antiguos del mundo. Se me ocurre que existen dos tipos de partidos políticos: aquellos que, desde la denominación, están promoviendo una ideología (como el Partido Socialista, o el Partido Comunista, por ejemplo), y aquellos que, más allá de principios y definiciones generales, son estructuras históricas, en las que caben diversas concepciones y que pretenden constituir la continuidad de viejos ideales de vigencia universal.

A esta segunda categoría pertenecen, por ejemplo, los partidos tradicionales estadounidenses (el Republicano y el Demócrata) y, por supuesto, los partidos Colorado y Nacional de nuestra realidad política. Aquellas agrupaciones que tienen como objetivo expreso el constituirse en vehículo de una concepción ideológica pueden subsistir muchos años alejados del poder, tantos como conserve vigencia la ideología que promueven. Por ejemplo, hay muchos partidos socialistas, fundados en la primera década del siglo XX o aun antes, que nunca han ocupado el poder, y que sin embargo mantienen su vitalidad.

Los partidos del segundo género, es decir, aquellos que se han formado, como las nubes, al vaivén de los vientos de la historia, suelen ser mucho más efímeros; luego de un par de derrotas, desaparecen o cambian de nombre y de símbolos, porque los anteriores, evidentemente, no calaron en el medio social. Es el caso, dentro de la realidad uruguaya, del Partido Radical y el Partido Constitucional, que se formaron en cierta época y que contaron con dirigentes de primerísima línea, pese a lo cual se esfumaron muy rápidamente.

Todo esto viene a propósito de un hecho que, estoy seguro, no tiene parangón en la política mundial: el partido que esta semana ha cumplido 175 años de vida en Uruguay, el viejo Partido Blanco transformado luego en Partido Nacional, ha subsistido a lo largo de décadas y décadas de derrotas, al cabo de las cuales aparece más pujante y vital que nunca. Entre 1865 y 1959 los blancos estuvieron 94 años alejados del poder, derrotados en las urnas (por procedimientos correctos o incorrectos, no es el momento de discutir eso ahora) y en los campos de batalla y, como el ave Fénix, la organización que los nuclea renació siempre de sus propias cenizas.

Esta suerte de misterio histórico no es tal; la pervivencia del viejo partido de Oribe se debe a que, en las grandes crisis nacionales, apareció siempre como el defensor de causas justas, de esas capaces de enorgullecer a sus seguidores incluso en horas de derrota. Sin que lo que aquí se va a decir implique que en todos los casos tuvieran razón, los blancos surgieron defendiendo las leyes y las instituciones contra el caudillismo levantisco (lo reconoció nada menos que Juan Carlos Gómez, entre otros), se opusieron a la intervención de las grandes potencias europeas durante la guerra Grande, fueron paladines de la legalidad hollada en tiempos de Giró, Berro y Aguirre, llevaron el sacrificio hasta el martirio defendiendo la soberanía nacional en Paysandú, resistieron la inicua guerra del Paraguay, exigieron con mucha sangre de por medio un lugar en el panorama político del país en 1870, cuando estaban casi en la ilegalidad, volvieron a levantarse en armas contra la política fraudulenta llevada a cabo por un grupo áulico en 1897, lucharon por la representación de las minorías y el voto secreto, frustraron el propósito de poner bases militares estadounidenses en territorio nacional, fueron los más consecuentes denunciantes de los imperialismos y, durante la última dictadura, como partido y más allá de deserciones individuales, fueron los más abiertamente rebeldes a la prepotencia y al despotismo militar.

Repito que no se trata aquí de analizar si cada una de estas batallas significó que la razón estuviese del lado de los blancos; pero sí de concluir que la larguísima vitalidad de este partido de ideas y de fuerza reposa en la conciencia de sus militantes, que se sienten continuadores de una épica que los enorgullece. Gracias a Dios, en este país nuestro, hay blancos para rato.

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