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Sincerarse

15/07/2011 Sin Comentarios

Francisco Faig, La Democracia – 24 .06. 2011

Cuando se escucha a los dirigentes del Partido del Interior, es común recibir comentarios del siguiente tipo: que los dirigentes nacionales están “alejados de la gente”, que “no representan” las preocupaciones ciudadanas, o que sus propuestas no están acordes al “sentir de la gente común”.

Es una de las razones que, se dice, explican que el Partido trabaje más en mayo que en octubre, del porqué perdemos lejos en muchos departamentos del Interior en las elecciones nacionales, y ganamos luego en las elecciones departamentales.

El razonamiento del dirigente sería algo así: yo me juego por lo que vale la pena, y dejo la batalla nacional, que siento perdida, porque con este discurso/candidato/propuesta no convenzo a mis votantes. Los dirigentes dan la batalla por los actores de cercanía, por los caudillos locales, por el poder real que ellos conocen y que es el que quieren ganar: el alcalde, la intendencia, el edilato, etc.

Para las batallas nacionales, las propuestas del partido, “alejadas de la gente”, impiden (un poco o bastante, según sea el caso) el convencimiento proselitista de su entorno inmediato.

Admitamos que la gente no es tonta, y menos los dirigentes políticos, y que algo de razón deben de tener en percibir la inclinación política de sus vecinos y votantes de esta forma. ¿Por qué la ciudadanía prefiere en octubre al Frente Amplio y en mayo al Partido Nacional?

Hay distintas causas, claro está. Aquí me interesa tratar una en particular para animar la reflexión partidaria: el hecho de que, en definitiva, muchos gobiernos departamentales blancos no son tan distintos, en las políticas públicas que llevan adelante, de lo que hace el gobierno nacional frenteamplista. En particular, la cultura común del clientelismo político debe ser analizada con más detenimiento.

Porque si efectivamente el voto del país, en peso importante, se termina decidiendo en función de prácticas de clientela política: ¿cómo no va a ser lejano del sentir de la gente que un partido como el Partido Nacional, a nivel nacional, critique las políticas asistencialistas – clientelistas del gobierno frenteamplista?

La gente quiere el cobijo del Estado y recurre a relaciones de patronazgo y clientela: el que esté en contra de eso, no será votado.

Si muchas intendencias son gobernadas por los blancos gracias a que se ganan elecciones desde la multiplicación de esas prácticas a nivel local: ¿cómo no va a ser poco representativo el discurso que se haga en lo nacional, anticlientelista, moderno y crítico del Estado gordo, ineficiente y pesado, si está tan divorciado de las realidades locales del Interior del país en las que el Partido Nacional es fuerte y hace clientelismo? La gente quiere el cobijo de la intendencia y, en lo cotidiano, el dirigente blanco que aquí analizamos, en realidad, no se identifica con un discurso nacional de su partido que no lo representa a él en su día a día del hacer política en su pueblo.

Si todas estas hipótesis son ciertas, lo más natural del mundo es que el ciudadano vote por el Frente Amplio en octubre, para seguir luego con una política similar en mayo, votando por el caudillo local que, en lo departamental, le otorgará privilegios y prebendas.

Si es así, entonces es claro que la preferencia de la gente es bastante coherente: vota más o menos lo mismo, representado en el Frente Amplio en lo nacional primero, y en el Partido Nacional en lo departamental unos meses más tarde.

Se trata, por ejemplo, de lo que pueda obtener del Mides; más una mejora de servicios sociales nacionales – asignaciones, jubilaciones etc. -, y otra mejora económica que tenga por un mejor trabajo: todo eso de lo nacional. Y de lo departamental, decenas de pequeñas prebendas que todos conocemos: desde el trabajo en la intendencia, hasta la ayuda al club social del barrio, la policlínica, los servicios a la escuela, el acceso a vivienda, la formación educativa en nuevas tareas, etc.

Todo esto, claro está, debe entenderse desde una realidad que debe ser bien valorada: estamos mejor económicamente, pero sigue habiendo una pobreza real que se arrastra desde hace décadas.

No es la que dicen las estadísticas, claro, que todos los años explican la baja de ese índice en el país: es pobre menos del 20% del total de la población en 2009, cuando era el 33% algunos años atrás. Pero sí es la que marca el sentido común: sin el apoyo del Estado, nacional o departamental, se hace difícil vivir dignamente para miles y miles de compatriotas que no son pobres, pero que integran una clase media empobrecida que pena por sobrevivir.

Baste un ejemplo de ilustración: para una pareja de diezmilpesistas (esa mayoría de uruguayos que cobran en el entorno de 10.000 pesos por mes) se hace muy difícil mantener con dignidad una familia con dos hijos y llegar a fin de mes.

No es entonces que el Partido Nacional en su discurso nacional esté alejado de la gente. Es que las prácticas que prefieren los uruguayos y que, seguramente de forma importante premian con su voto, responden a lógicas clientelísticas que se extienden en lo nacional y en lo departamental. Y el Partido Nacional, muchas veces, habla de una cosa en lo nacional, pero hace otra cosa en lo departamental. Porque sus dirigentes departamentales del Interior ceden al principio de realidad: quieren ganar las elecciones en sus circunscripciones y son por tanto clientelistas.

El problema entonces es más grave y más esencial. Si ganar implica que somos parecidos al Frente Amplio en su práctica de gobierno: ¿qué sentido tiene decir que somos diferentes al Frente Amplio? ¿Diferentes en el ejercicio concreto del poder? Fijémonos bien y veremos que no lo somos tanto cuando nos toca gobernar en los departamentos. ¿O me equivoco?

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