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Aunque duela – a la cárcel y a las urnas

04/03/2011 Sin Comentarios

Alejo Umpiérrez

El Uruguay y el mundo no son lo que hace 100 años. Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación han cambiado la faz del planeta y por ende la sociedad. Dentro de la sociedad los jóvenes ya no son los jóvenes de antes. A edades cada vez más tempranas interactúan en sociedad no solo estudiando y formándose, sino laborando y también en las antípodas delinquiendo y generando zozobras en una sociedad que se siente insegura y no sabe cómo abordar el tema.

No podemos seguirnos escondiendo ni retaceando derechos ni obligaciones. A esta altura no cabe discusión racional alguna sobre la responsabilidad penal de los menores de 18 años. La cuestión es donde está el límite inferior. Creemos que los 16 años es una edad prudente para ello. Los jóvenes de esa edad saben perfectamente que está bien y que está mal; que cosa es delito y que otra no. El resto es jugar a una dialéctica seudo-progresista que sólo ha quedada reservada a dirigentes hiperidologizados que no son siquiera acompañados por sus propios electores, los que a gritos claman  por un cambio en esta materia.

Por el otro lado parece una solución simplista y meramente represiva generar responsabilidades  y no reconocer su contrapartida de derechos. Los jóvenes de menos de 18 años podrían ir presos pero no elegir a quienes desde un Parlamento estructuran las normas que ello lo definen. Extrañamente en Uruguay pueden casarse las personas al alcanzar la edad de reproducción fijada en 14 años para el hombre y 12 para la mujer, como si ello no significara poca responsabilidad – nada menos que formar una familia -; pueden con menos de 18 años ejercer el comercio mediante la habilitación para ello – o sea pueden crear y dirigir una empresa – o puede trabajar para ayudar a su familia y a su propio sustento. Pueden pagar impuestos pero no pueden elegir a quienes definen los tributos que deberán pagar. Van a una educación y a centros educativos sobre la que opinan sus mayores pero ellos no tienen voz. Pueden ser contribuyentes pero siguen con su ciudadanía en suspenso.

¿Qué argumentos pueden militar hoy para negar el derecho al voto a los 16 años? Al igual que para su responsabilidad penal: ninguno. Acaso, ¿no estarían debidamente formados? O quizás, ¿no tienen madurez suficiente para decidir?; desde algunas visiones fósiles de la política se cree que esto favorecería automáticamente a sectores políticos determinados, más concretamente a la izquierda.

Las respuestas a estas interrogantes es sencilla. ¿Acaso ha hecho alguien una estadística de cuantos mayores de 18 años se hallan “formados” cívicamente para votar a conciencia? ¿Cuantos conocen de economía, educación, vivienda, etc. como para decidir concienzudamente el destino de un país?, ¿Acaso hay una prueba de ingreso al ejercicio de la ciudadanía?; ¿se revalida ella cada tanto?, ¿no sabemos que muchos votan por favores, por clientelismo o aún siendo analfabetos y sin que nadie pretenda conculcar sus legítimos derechos? Si esa es la línea de razonamiento para negar el derecho del voto a la masa de jóvenes iremos sin escalas al voto censitario, ya sea por estudios, ingresos, etc.

La pequeña visión política de que los jóvenes son de izquierda responde a la concepción sesentista de la acción política. Y todos los de esa generación – sean o no de izquierda – la creen a pie juntillas. La realidad es muy otra. Los jóvenes de hoy son desconformes y lo serán frente a un gobierno de izquierda o de derecha. Lo son porque su disconformidad es biológica y está bien que así lo sea. Son ellos la levadura de la sociedad para que ella mude. Lo son en la tecnología, en la cultura, en las artes y también en la política. Pero en este último aspecto no se casan con nadie sino con aquellos que puedan satisfacer sus expectativas y canalizar sus inquietudes. ¿Acaso los blancos no nos sentimos capaces de ellos?

Muy posiblemente tiene más que decir en la sociedad en cuanto a ella y su futuro un joven de 16 años que un hombre de 90 años. Casi sin duda tendrá más información a mano y estará más aggiornado con el mundo el primero que el último. Sin embargo este último tiene un derecho que el otro carece.

El derecho al voto no generará ni conciencia ni participación política por su solo otorgamiento; pero sí dará una herramienta de inclusión a los jóvenes para integrarse al proceso democrático, ese que domestica espíritus y canaliza rebeldías. Regenera el aporte vital a una sociedad envejecida.

¿Asumiremos los blancos la capacidad de renovarnos y levantar banderas nuevas, inclusivas, democratizadoras o esperaremos que otros las levanten para esperar ir detrás?, ¿esperaremos quedar con los dedos apretados en la puerta por iniciativas represivas – aunque compartibles como la que Bordaberry echa en marcha – sin generar alternativas?

Es un guante que respetuosamente  arrojamos a la dirigencia partidaria. Sabemos que hay gente joven – legisladores incluso – que comparten esta visión.

Es tiempo de acción.

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